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Un drama antiguo. Adolfo visita de madrugada a Irene. Le gusta. Acaba de enterrar a su marido. Espera su resurrección. Se olvidan de sus papeles. El apuntador tiene que hablar por los dos. Lo echan de su concha; se va con ella. El teatro debe ser una comunicación directa de los personajes y que llegue al público. Apuntador, ahora Benigno, habla con ellos que visten modernos. Van a una librería. Quieren buscar la auténtica obra. Bajan tres libros grandes y cada uno se mete en su tomo. Vuelan páginas de ellos. Tienen el texto y lo interpretan. Irene envenenó a su marido, ahora Benigno. Le pasaron los efectos y volvió a la vida. Ella anda con Adolfo y Benigno la mata. Adolfo mata Benigno y se suicida. Van a la librería. Bajan los libros. Buscan la obra y están ellos en lugar de los personajes. Pasa el tiempo. Los tres son ancianos. La interpretan ahora en silla de ruedas, muletas, bastón. Están reprentándola; quedan con sus bocas abiertas. Mueren. De lo alto, caen muchos libros normales.
Pieza breve que trata, en clave de comedia, la naturaleza de dos Españas que conviven en nuestros días. Una historia para un actor y dos actrices, que dan voz a una cofradía durante un caótico paso de Semana Santa en Chipiona, con el grito de “¡Al cielo con ella!” como referencia a la Virgen que llevan sobre sus hombros.
El capataz de una cofradía se encierra en la capilla con el trono de la virgen la víspera de la procesión para ensayar. La virgen, no muy conforme, se rebela. El capataz sufre alucinaciones. Será el incienso que «coloca».
Abadesa y Monja octogenarias. De rodillas y rezando el rosario frente al lateral izquierdo. Toda la vida orando para alcanzar el cielo. Sus rodillas sufren. Señora octogenaria de mantilla española. Católica y de derechas de toda la vida. Desearía su distinguida vida a alternar con Dios. Cardenal octogenario, que sustituiría al Papa que nunca muere, preferiría canonizarlo. Misionero octogenario era aplaudido en el púlpito. Los hombres le tiraban cigarros puros y las mujeres prendas íntimas. Puso un estanco y un comercio de lencería. Como milagro, se libró de ser misionero a la cazuela. Pobre octogenario en huelga de hambre. Sueña en majares en el paraíso. Arrodillados, avanzan. ¿Será el camino? Indicado: Al cielo, 3 km. Felices. Siguen. Se ve el mar, árboles, flores, césped verde. Llegan. Un muro. Megáfono. No contesta. Desaparecen mar, árboles, flores, césped. Oprimidos por grandes piedras y guijarros. Luchan angustiados. Caen al suelo. Cierran los ojos. Silencio al morir la esperanza.
La cata de venenos no es lo que se dice una profesión vocacional. De ahí que cuando alguien se enfrenta a un comestible que genera dudas prefiera evitar su ingesta.
Ese es el conflicto entre la catadora de venenos y la jefa de seguridad. Ésta vela por la salud de los señores, quienes no pueden comer ningún alimento no testado. Sin embargo, la catadora se niega a hacerlo con uno en concreto: la manzana de la discordia.
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