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Aún no se ve el puesto fronterizo, pero ya amanece y hay que esconderse. Cansados de recoger los muertos del suelo, como se coge la fruta caída de un árbol, Anna y Jan huyen de la guerra, sin más papeles que un cuaderno con poemas. Por el camino, habrán de ir liberándose de todo equipaje, porque, para saltar al abismo, no podrán cargar ni siquiera con el peso de los afectos. Pero no es fácil atravesar los límites de lo que llaman patria, que a veces es madre y a veces prisión; no es fácil hacer camino con pasos propios; no es fácil desobedecer indómitamente al destino.
Anna y Jan se verán forzados a unir sus fuerzas, moderar sus diferencias y acompasar sus emociones para bailar juntos en esta larga verbena.
Un drama sin fecha, en un escenario universal… Porque todas las guerras son la misma y solo el arte, idioma sin fronteras, es capaz de cruzar nuestras propias líneas divisorias. ¡Agárrate fuerte a la cuerda!
Dos hombres vestidos de pinguinos acuden a través de la oficina de desempleo a una convocatoria. No se conocen pero acabarán compartiendo algo más que la espera.
Diego Alonso Montoya Encólera, corsario español, aparece en escena mojado como una marsopa. Su barco, El Temido, ha sido hundido en pleno abordaje al galeón ingles Happy por otro barco con enseña negra, acabando ambos barcos piratas en el fondo del mar.
La capitana de El Felino de los Mares, Viviana Tormentas, también ha llegado a la costa con vida. Es nieta del último gobernador de Jamaica, a quien los ingleses arrebataron en 1655 la isla. Y esta decidida, a devolver el honor a su familia y la isla a la Corona española.
Ambos capitanes acarrean los restos de su barcos. Se encuentran… Y se reconocen. Montoya entra en cólera al descubrir que una mujer ha hundido su barco. Tormentas está furiosa porque se han frustrado sus planes…
Berberecho, el “perro fiel” del capitán Montoya, también ha sobrevivido. Nadie sabe si su apodo e viene dado por su disposición molusca a la lucha, o por su afición al ron añejo… O quizás por ambas aserciones.
O sea, que esto… ¡no ha hecho más que empezar!
Pese a que la vejez los iguala, Anselmo (90 años) y su hijo Federico (70 años) mantienen profundas diferencias. El padre, un rockero de los sesenta (estamos en el 2030), se empeña en que sus piernas siguen por ahí bailando; su hijo, un arquitecto jubilado, le soporta y le atiende, pese a sus extravagancias, ahora aumentadas con un toque senil.Y así, lejanos y distantes, ahí andan enredados en las adicciones, peleando por una tableta de chocolate, por más que su verdadera adicción sea la de vivir. A pesar de los deterioros, tan humillantes.La obra (una sola escena en clave de humor) trae del pasado temas como la droga (su otro hijo murió de sobredosis), el sexo, y cómo no, el rock and roll. Aquella generación que, como tantas otras, vivió su juventud esperanzada, comprende al fin que el futuro no es “la informática, los viajes espaciales, la ingeniería genética, las redes de comunicación..., sino la vejez y la muerte". La representación acaba tras la primera puesta de pañales del padre,
Espectáculo para dar a conocer de forma teatralizada al autor teatral navarro Patxi Larrainzar. Incluye fragmentos de sus obras más conocidas, como 'Navarra sola o con leche', 'Carlismo y música celestial', 'Utrimque roditur' o 'Pampilonia Circus'.
Como bien afirma Sabina, a veces no te quieren querer y el desamor es de lo que trata esta historia. Un triángulo amoroso con ángulo obtuso, una "obra de arte" indefinida y la problemática de compartir piso con alguien que no es afín a ti...o sí.
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