“En un huerto, el adulto puede descubrir que no sabe más que el niño al que hay que explicarle todo, hasta las cosas más obvias, como regar o cavar un surco en el que depositar las semillas”, dice la escritora Pia Pera al final de uno de sus preciosos volúmenes destinados a la huerta como verdadero jardín planetario1 Y de ahí, deriva su propuesta de los huertos como escuela de ciudadanía.
Comienzo esta reflexión a partir de algo aparentemente ajeno al hecho teatral, como es el cultivo de lo que comemos. La frase me llama la atención de manera poderosa, y lo hace porque esconde una verdad que tal vez podríamos hacer extensiva a muchas de las actividades que ocupan nuestro tiempo. ¿No son, pues, el teatro, la escritura, en fin la cultura, actividades igualmente nutricias? ¿Y no esconde esta idea de la simetría entre mundo adulto y mundo infantil una pepita de razón, sobre la que tal vez podríamos asentar cualquier intento de formular los principios para un teatro y una dramaturgia de la infancia y la juventud del siglo XXI?
Puede parecer que he comenzado la casa por el tejado. En cierto modo sí, y quizá Pia Pera nos brinde en el fondo la solución a todo esto que me dispongo a plantear. He anulado la dramaturgia de mi propio artículo, pues, revelando parte del desenlace. Aunque, si se me permite, creo que lo más interesante no es nunca la solución, sino los caminos que recorremos para llegar a ella. ¿Me siguen?
La dramaturgia es eso que hacemos para organizar un sentido en aquello que vamos a contar. Quizá, si lo que vamos a contar es el mundo, no sea descabellado considerar que la dramaturgia es un intento de organizar un sentido para este mundo. Necesitamos contárnoslo porque, ay, es un mundo que nos desafía demasiadas veces y de mil maneras distintas; y no todas para bien. Entiéndaseme. Cuando digo mundo, pienso también en quienes lo habitamos y, por tanto, aunque sea en una medida parcial, lo hacemos. El hecho entonces es que hacemos dramaturgia, también, como una forma de entendernos a nosotros y nosotras mismas, con todo nuestro universo de creencias, autoengaños y contradicciones. De lo anterior ya resulta deducible el hecho de que ese sentido que buscamos en la escritura no es unívoco, es decir, cada cual encuentra, con suerte, el suyo, y además no ha de esperar que le valga más que por un tiempo. Tampoco hemos de entender la palabra ‘sentido’ como sinónimo de orden; la dramaturgia contemporánea está llena de ejemplos de lo contrario. La fantasía del mundo como lugar ordenado (cosmos) ha dado paso, definitivamente, a la del mundo como lugar inteligible o incluso meramente cognoscible. Existen ejemplos, en este último sentido, de escepticismo extremo: el mundo es un lugar que ni siquiera podemos aspirar a conocer, y mucho menos a entender. Pero incluso en estos casos, resulta tierno comprobar cómo los intentos no cejan: el panorama está lleno de escritores y escritoras nihilistas que, no obstante, siguen escribiendo.
Si pienso en los que para mí son grandes ejemplos de la dramaturgia contemporánea dirigida a la infancia y la juventud, lo que sobre todo observo son preguntas. Y digo grandes con intención. La escritura que se dirige a jóvenes públicos tiende a escamotear el conflicto, a presentar el mundo como un espacio aséptico, carente de problemas o donde estos tienen un recorrido muy breve. Obsesión por la pedagogía ha habido en todas las épocas, desde que la infancia es infancia; lo cual tampoco es tanto, ya que se trata de un concepto bastante moderno. Y se manifiesta con especial virulencia en nuestro tiempo, con todos esos empeños más o menos bienintencionados –no siempre tienen la apariencia de lo que son: conservadurismo moral–, léase obsesión por los valores.
Pero digo bien, porque pienso en grandes ejemplos. En ese teatro del que una sale pensando, con la incertidumbre de las dudas no resueltas. Esa dramaturgia que nos ilumina parcelas del mundo que hasta ese momento no habíamos contemplado. Si doy nombres, siempre habrá ofensas. Aun así, voy a aventurarme, de forma subjetiva, por la dramaturgia que a mí me transforma. Pienso en los espectáculos de La Rous, siempre; en los de Marie de Jongh, La Baldufa, Ultramarinos de Lucas, El Patio Teatro… No es la intención, en lo que sigue, hacer un catálogo exhaustivo. Una de las cosas que más me ilusionan es que percibo sendas que van abriéndose, cruzándose e influyéndose unas en las otras: aprendemos sin duda del trabajo de los y las compañeras, aprendemos a formular nuestros propios interrogantes.

Porque qué tenemos aquí, sino preguntas. ¿De dónde venimos? ¿Qué es el universo y dónde está? Es decir, ¿qué hay más allá de este mundo? ¿Y qué hacemos en este planeta? ¿Existen otros similares al nuestro? ¿Podemos comunicarnos con ellos? ¿Podemos comunicarnos aquí, entre nosotras y nosotros? ¿Cómo sabemos que hablamos siempre el mismo lenguaje? ¿Y qué es el dolor; lo sentimos todas y todos de la misma forma? ¿Seguro; cómo podemos saber esto? ¿Qué sucede cuando nos morimos? Sí, sí… ¿Pero QUÉ es en realidad la muerte? ¿Cómo sé que yo soy yo, y que seguiré siendo la misma yo, aunque crezca, me salgan canas y arrugas? Mmm… Y entonces si pierdo mis recuerdos, ¿seguiré también siendo yo?…
Preguntas, por otro lado, no resueltas; como grandes que son, ¿nos creeríamos cualquier respuesta? Y, de hecho, si hubiera respuestas con las que conformarse, ¿seguiríamos haciéndonos las preguntas? ¿Seguiríamos, en realidad, escribiendo?
No pretendo continuar mi reflexión a base de preguntas encadenadas. Pero tampoco quiero mentir, ni ofrecer un retrato simplista de la cuestión. Y esta cuestión es el mundo, y es una cuestión bien compleja. Si pienso en la dramaturgia de este siglo XXI, constato preguntas: el mundo como lugar no resuelto.
Y menos mal. Si lo pensamos, no son, intuitivamente, demasiado diferentes de las que han debido de impulsar la escritura en otras épocas. Si nos fijamos en las preguntas, la materia esencial de lo que creamos, no hemos resuelto gran cosa a lo largo de la historia. No estoy diciendo que la infancia y la juventud del este siglo vivan en un mundo igual que el de hace doscientos o trescientos años. Ni tampoco que nuestra relación con ellas –infancia y juventud– sea la misma. Solo que, a un nivel profundo, las preguntas esenciales sí lo son: ¿quiénes somos? ¿dónde estamos? ¿qué pasará después? ¿y mientras?
Todas las especies, dice Stefano Mancuso, botánico experto en neurobiología vegetal, son inteligentes, en la medida en que desarrollan estrategias destinadas a la supervivencia. Las plantas lo hacen, de hecho, sin moverse del sitio. Comparativamente, los seres humanos somos bastante estúpidos, dice el mismo autor. Frente a los cinco millones de años de media que una especie dura sobre la faz de la Tierra, todo parece indicar que la humanidad no superará los 350.000 años2. Y lo malo, más allá de nuestra propia extinción, es que a nuestro paso nos hemos encargado de empeorar la vida general sobre el planeta. Hemos creado grandes ciudades como forma de vida: ecosistemas deficitarios donde generamos más basura de la que somos capaces de gestionar. Hemos arrasado los recursos fósiles de este mundo, hasta el punto de que nos planteamos viajar en busca de los que haya en otros. Hemos consumido de forma compulsiva, sin pararnos a pensar en la huella que esto generaba en el lugar que habitábamos, y que precisamente por culpa de ello ahora es cada vez más difícil de habitar.
Hemos sofisticado las formas de hacernos daño, también, por medio de armas cada vez más letales que invitan a imaginar una última guerra, la guerra final en la que solo pulsando un botón cualquier vestigio de vida desaparecerá de una vez y para siempre. Nos mostramos intolerantes, racistas y ejercemos violencia contra quien piensa o actúa distinto. Seguimos erigiendo nuestra identidad en función del rechazo de lo otro. Arrastramos una fractura entre norte y sur, o entre países que se mueren de hambre y países capaces de derrochar recursos; y no parecemos más que tendentes a poner parches a un problema que hunde sus raíces en las guerras y los conflictos coloniales históricos.
Además, en los países derrochadores, la omnipresencia de la tecnología en la forma de comunicarnos está provocando un verdadero colapso de la atención, una de nuestras capacidades fundamentales a la hora de relacionarnos con el resto así como con nosotras y nosotros mismos. Vivimos en medio de un ruido molesto y constante en el que apenas conseguimos escuchamos, y cuando lo hacemos no somos capaces de retener la información.
¿Desolador?
Como contrapartida, hemos tomado conciencia de muchas de las cosas anteriores; cosas que antes nos parecían inevitables. Ahora consideramos que la educación es una vía para la esperanza: que en el peor de los escenarios sigue siendo posible aprender, enmendar, mejorar. Que es también necesario avanzar en la democratización de muchos más espacios de nuestras sociedades. Mucha gente rechaza conductas y creencias intolerantes y violentas. Tenemos la convicción de que la libertad es un valor deseable, y que ha de ser una realidad no solo para unos pocos seres humanos: para ello, es imprescindible que venga acompañada por una igualdad real. En muchos lugares del mundo se plantan árboles, jardines y huertas, de manera individual o colectiva, en un intento por revertir el estado de nuestras ciudades. Hemos tomado conciencia también de la fuerza de lo común, con todas sus dificultades –qué complicado es gestionar los acuerdos, lograr consensos que no ahoguen las diferencias–; de la importancia de pensar juntas y juntos las soluciones que queramos darnos. Con todos los conflictos y problemas, los cuidados se revelan como la clave en el sostenimiento de la vida, más allá del modelo de productivismo compulsivo que nos ha traído hasta donde estamos.
¿Hay todavía esperanza?
El retrato de nuestro siglo, el siglo en el que viven los niños, niñas y jóvenes de ahora, es complejo, desigual y paradójico. Y no hay forma de ahondar en él que no deje parcelas y realidades de injusticia fuera de la imagen. A quienes habitamos países derrochadores nos es demasiado fácil olvidar otras latitudes.
Con todo, este sería un posible relato. Uno, que trata de organizar sentido, también. Como la dramaturgia, cuando se ve en la tarea de contarle este mundo a la infancia y la juventud. Esas preguntas, las preguntas fundamentales, primarias, a las que nos referíamos más arriba, no pierden de vista el estado concreto del mundo en el que vivimos. Saber quiénes somos, cómo nos relacionamos con quienes tenemos cerca o lejos, cómo de comunicable –y escuchable– es nuestro sufrimiento, o cómo será el mundo que leguemos a quienes vengan después… son cuestiones que atraviesan esa dramaturgia para la infancia y la juventud de nuestro siglo, la dramaturgia de las grandes preguntas.
Una de las paradojas fundamentales que, como creadores y creadoras nos acompaña, es la de estar construyendo relatos para la infancia desde nuestra atalaya de la edad adulta. Esa contraposición entre las dos edades –las tres, si añadimos la juventud– es una obsesión para la mayor parte de dramaturgas y dramaturgos. ¿Cómo generar sentido para niños, niñas y jóvenes, desde nuestra mirada adulta? Y por mucho que en ocasiones hagamos brindis por nuestra parte niña, la que –decimos– nos permite jugar, imaginar, inventar historias, se trata de una preocupación real. ¿Cómo evitar las recetas? ¿Cómo no hacer adultosplaining desde el púlpito de nuestra escritura?
De nuevo, volvamos la vista a esa dramaturgia de las grandes preguntas. Las preguntas sin responder. ¿No podría ser la falta de respuestas el punto en común entre la infancia, la juventud y el mundo adulto; lo que nos hace humanos y humanas? ¿El reconocimiento de cosas como la ignorancia, la impotencia, la vulnerabilidad y la tristeza? ¿Esa incertidumbre con la que salimos del teatro? Ya hemos hecho alusión antes a lo que nos pasa a las adultas y los adultos con el miedo: tendemos a cercenar los relatos, a buscar la imagen fácil y edulcorada, que no asuste. Pero, ¿quién tiene más miedo, nosotras o ellos?
¿Y si la clave de todo fuera la escucha atenta de la propia infancia y la propia juventud? Como parte que formamos de este mundo lleno de ruido, no es fácil. Y con todo, la escritura y el arte no constituyen sino modos de mirar el mundo y de contarlo. ¿Cómo hacer esto sin la escucha?
Y aquí, volvemos a las esperanzadoras palabras de Pia Pera con las que comenzábamos. El adulto y la adulta pueden descubrir que no lo saben todo; que también dudan, se asustan, se hacen preguntas para las que no tienen soluciones. El adulto y la adulta, en realidad, ya lo saben.
Una dramaturgia para la infancia y la juventud del siglo XXI busca sentido a través de las preguntas, del reconocimiento de lo que está mal, de lo que es un problema. ¿Qué pasaría si nos permitiéramos pensar el problema entre todos y todas? Quizá, como proponía Pia Pera en relación a los huertos escolares, la dramaturgia para la infancia y la juventud pueda ser, sobre esa base, un verdadero proyecto de ciudadanía.
