Las Puertas del Drama

Las Puertas del Drama 60

Las Puertas del Drama
ESCRIBIR teatro HOY
Nº 60

SUMARIO

Presentación

ESCRIBIR TEATRO HOY

Socio de honor

Dramaturgia extranjera

Nuestra dramaturgia

Infancia y juventud

Cuaderno de bitácora

Teatro Exprés

Reseñas

En los tiempos del cibercafé

David Montero

David Montero en la entrega del XI Certamen Jesús Campos para Textos Teatrales en el 24 Salón Internacional del Libro Teatral. Foto: Sergio Reyes.
David Montero en la entrega del XI Certamen Jesús Campos para Textos Teatrales en el 24 Salón Internacional del Libro Teatral. Foto: Sergio Reyes.

La primera noticia sobre la entrevista de Elvis y Nixon la tuve en un cibercafé. Fue en enero del 2007, cuando todavía íbamos a esos lugares porque no teníamos internet en casa y, menos aún, en el móvil. Imagino que entré allí a mirar mis mails y el algoritmo de entonces me sugirió una noticia, firmada por Javier del Pino, en la que contaba que se acababan de desclasificar los documentos en torno a ese extraño encuentro entre el trigésimo séptimo presidente de los Estados Unidos y el rey del rock. Entonces, era rarísimo leer la prensa en una pantalla y no en papel. Pero, allí y así, leí que la entrevista ocurrió el 21 de diciembre de 1970 y que en ese momento “Richard Nixon y Elvis Presley compartían obsesiones políticas del mismo signo y estaban sumidos, por razones bien distintas, en un declive personal que debía ser turbador para temperamentos tan egocéntricos como los suyos. Nixon se enfrentaba en Vietnam a la posibilidad de ser, según su expresión, «el primer presidente de Estados Unidos que pierde una guerra», y Elvis trataba de entender todavía por qué su notoriedad había sido arrasada por cuatro ingleses mal vestidos y su dichosa beatlemanía”. Pensé que ahí había una obra.

Un año más tarde, en un taller de dramaturgia con Antonio Onetti y Rafael Cobos, me propuse escribir una pieza corta a partir de la anécdota real. Ambos profesores me advirtieron que ese material daba para más que una historia breve. Yo empecé y, efectivamente, me salió una pieza larga, muy bufonesca. Era consciente de que lo que había escrito no estaba a la altura de las posibilidades que brindaba, pero, por más vueltas y reescrituras que hice, la cosa no terminó de encajar.

Otro año más tarde, me fui a Barcelona con una beca. Por casualidades de la vida, la dramaturga Denise Despeyroux, que vivía entonces allí, se fue a Buenos Aires unos meses y, en su ausencia, me alojé en su casa. Allí, con tres meses por delante para trabajar en el proyecto, me puse a documentarme en serio sobre ambos personajes. Del presidente de los Estados Unidos me sirvieron especialmente “Nixon: La arrogancia del poder” de Anthony Summers, una biografía muy bien documentada, aunque quizá demasiado parcial en su punto de vista sobre el presidente (el propio título ya lo deja claro), y el film biográfico de Oliver Stone sobre el mismo personaje. Ambos relataban la oscuridad y los abusos de ese hombre poderoso. En el libro de Summmers encontré, además, la cita que dio título a la obra: “Yo lo llamo la teoría del loco, Bob. Quiero (…) que crean que he llegado a un punto en que haría cualquier cosa por detener la guerra. Simplemente, filtraremos la siguiente información: “¡Santo cielo! Nixon está muy obsesionado con los comunistas. No podemos pararle los pies cuando está enfadado y tiene un dedo sobre el botón nuclear.”(Richard Nixon a H.R. Haldemann en 1968. Cit. en “Richard Nixon: la arrogancia del poder” de Anthony Summers).Respecto a Elvis, me concentré en la exhaustiva biografía en dos tomos que le dedicó Peter Guralnick y otra, más breve, firmada por una periodista estadounidense de la que olvidé el nombre. De hecho, no he logrado localizar ese libro, por más búsquedas que he hecho.  

Al volver de Barcelona a mi ciudad natal, Sevilla, di por terminada la obra, aunque algo dentro de mí seguía sin estar contento.

Richard Nixon dándole la mano a Elvis Presley en la Oficina Oval de la Casa Blanca. Fuente: bbc.com
Richard Nixon dándole la mano a Elvis Presley en la Oficina Oval de la Casa Blanca. Fuente: bbc.com

Pasaron los años, los cibercafés cerraron, lo raro dejó de ser leer la prensa en pantalla y empezó serlo leerla en papel. Me mudé muchas veces y fui vendiendo o regalando libros. Entre ellos, todos los que había acumulado en torno a los dos protagonistas de La teoría del loco (por eso perdí la referencia del libro de la periodista estadounidense). De vez en cuando, releía la pieza y confirmaba que no estaba terminada, pero no sabía qué era lo que le faltaba. Le pasé la obra a dos amigos dramaturgos, Antonio Álamo y Javier Berger, que me dieron sabrosos consejos. También la leyeron Belén Maya y Elena Contioso-Fleming, buenas amigas y lectoras inteligentes. Cogí todo lo que me habían dicho esos cuatro primeros lectores y me dispuse a reescribir la obra. Pero la versión que salió, tantos años después de la escritura original, estaba huérfana de esa necesidad de contar la historia, del enamoramiento por los personajes y lo que les pasa que tanta falta (me) hacen en la escritura. Me rendí. Otra obra al cajón.

De repente, el ascenso de Donald Trump al poder y su actitud como presidente de los Estados Unidos, el resurgimiento de las tensiones nucleares y la política de bloques, me reconectaron con La teoría del loco. Había vuelto el nervio y las ganas de contar esa historia. Emprendí una reescritura profunda, prometiéndome a mí mismo que era la última vez: más de una década después de la primera escritura ya podía ser pura cabezonería. Hice cambios sustanciales. Uno de los principales fue darle a al tercer personaje, H. R. Haldeman, Jefe de Gabinete de Richard Nixon, un papel protagónico en la trama y colocarlo, además, de intermediario entre la historia de Elvis y Nixon y el público. Pero, sobre todo, entendí mejor la soledad de ambos hombres y la paradoja de la situación que se les plantea: Nixon sabe que el pueblo lo teme y lo respeta, pero no lo ama; por eso, envidia a Elvis, dueño del amor de Estados Unidos. Elvis envidia a Nixon porque tiene el respeto del país y sabe que a él lo desprecian. Esos dos hombres asomados al abismo, llevan su pelea hasta las últimas consecuencias. Vuelvo ahora al artículo de diciembre de 2007 y leo: “Había (…) una gran diferencia entre ellos: Nixon era el más habilidoso de los maquinadores, un animal político depredador e inmisericorde; Elvis, en cambio, carecía de los sentidos del tacto y la mesura, confiaba en cualquier individuo y se movía en la dirección que le marcaban sus propios impulsos. Era, en definitiva, simple y caprichoso.” Es curioso, ahí estaba todo, pero no lo veía. Necesité todos esos años y reescrituras para volver al origen, a la pureza de lo que me golpeó y me impelió a contar la historia de dos poderosos solitarios y los fantasmas que los rodearon esa mañana de diciembre de 1970 (el único personaje que aparece en persona es el citado Haldemann, pero también están las voces de John Edgar Hoover, director del FBI, y la de Rose Woods, secretaria del presidente).

Creo que una constante temática en mis obras es dibujar personajes que se destrozan a sí mismos en la persecución de sus sueños. Quizá, en La teoría del loco llevo esa constante más lejos que nunca.

Bibliografía citada:

Del Pino, Javier (15 de enero de 2007) “Deme una placa de agente federal”. El País.

Guranlik, Peter (2008). La biografía definitiva de Elvis Presley.  Elvis: La construcción del mito. (Vol. 1). Editorial Global Rhythm Press.

Guralnik, Peter (2008). La biografía definitiva de Elvis Presley. Último tren a Memphis (Vol. 2). Editorial Global Rhythm Press.  

Summers, Anthony (2003). NIXON: La arrogancia del poder. Editorial Península.