
Dirrrty Boys
de Gerard Guix
Institut del Teatre y Galés Edicions, 2024
Una sociedad que prefiere el eufemismo y la distracción a un espejo de aumento. Unos protagonistas incapaces de comunicarse de manera sincera, porque es más fácil emplear la violencia para confrontar el vacío existencial. Reconfigurar una historia conocida y su percepción, replantear la información existente para alejarse de lo evidente.
Dirrrty Boys es una pieza de teatro documental de Gerard Guix (Vic, 1975) en la que la estructura dota de mayor potencia dramática al argumento, la historia de dos niños de diez años que matan a otro de tan solo dos, un hecho real sucedido en 1993 en el Reino Unido, porque la ficción se desarrolla bajo la dictadura de la realidad. Una obra sobre las segundas oportunidades, sobre la redención, sobre la necesidad de asumir nuestro propio devenir, que mantiene sin respuesta todas las preguntas que se escupen al lector, que utiliza la figura de los narradores para agilizar la transición entre escenas (la secuencia cronológica transcurre del presente al pasado a modo de interminable analepsis y transforma el detonante en el clímax argumental) y que emplea tanto diálogos precisos como emotivos monólogos certeros sin dar voz a la víctima ni a sus familiares. Una pieza que angustia y, en su final, golpea sin paliativos la boca de nuestro estómago. Guix nos ofrece una manera de hacer ver, nos ubica como lectores donde no estábamos para que no podamos no ver, pero sin carácter de consolación, sino de conversación entre conciencias.
Los dos protagonistas, rehenes de sí mismo, no dejan de ser también víctimas y pretenden aferrarse a una libertad que se desvanece entre los dedos. Sórdida cicatriz. El efecto prolongado de la violencia irracional. Para que sea posible mirar hacia adelante, los protagonistas deberían dejar de mirar al pasado, porque solo así lograrán reducir la brecha que le separa de los otros, tan insondable.
La enhebrada disposición cronológica de las escenas incuba una profundización en la incómoda superficie del yo, ya que la dislocación temporal permite confrontar el presente con el pasado de una manera más dramática, por lo que entronca con lo que Virginia Woolf denomina tunnelling process (reconstrucción del pasado a fragmentos), esas piedras necesarias para ser lanzadas contra los espejos del orden para que no nos sumerjan en el río sin retorno de la desesperación.
Estamos ante un texto teatral duro, que noquea y desborda, inclemente entre la carencia y la imposibilidad de imaginar un futuro para unos protagonistas de los que desconocemos (pero intuimos) la hondura de sus motivaciones y de los que esperamos ese luminoso momento que le sirva a ambos de redención, de escapatoria definitiva, de aliviada solución, porque los protagonistas transitan un campo de batalla que estalla sin contención ni disculpa en estas páginas.
El autor no nos cuenta el mundo de los protagonistas, sino que nos muestra su mirada, así como nos hace preguntarnos por los inviernos que nunca acaban, por los mares que no ofrecen consuelo, por el lugar del aire en sus vidas. A los protagonistas, el pasado les late en su interior como un segundo corazón y el presente es un deseo de cobijo y redención, de madriguera para resguardarse de la indiferente mirada del sol.
Este texto teatral es como un despertador de conciencias que agudiza la visión individual de la realidad y provoca una honda interrogación. Guix llega al nudo gorgiano de la soledad del individuo hasta el punto de hacernos capaces de acariciar el mar (de las emociones).