Marta Callava (traductora de El arado y las estrellas) y Enda Kenneally (coeditor de Ybernia)
Sean O’Casey (1880–1964) es una de las figuras clave del teatro irlandés del siglo XX y uno de los principales dramaturgos asociados al Abbey Theatre de Dublín. Nacido en el seno de una familia protestante muy humilde de la capital irlandesa, su producción literaria está profundamente enraizada en la vida de la clase trabajadora urbana y los grandes conflictos políticos de su tiempo, como el apogeo del nacionalismo irlandés y las tensiones derivadas de la lucha por la independencia.
Su célebre «trilogía de Dublín» —compuesta por Juno and the Paycock, The Shadow of a Gunman y The Plough and the Stars (El arado y las estrellas, la única obra traducida al español)— constituye uno de los retratos más incisivos y humanos de la vida en la ciudad a principios del siglo XX. La importancia de su teatro radica en su indudable valor histórico, en su innovadora combinación de realismo social, lirismo y humor, y en su capacidad para cuestionar la narrativa heroica desde una perspectiva puramente humana. Debido a esto, Sean O’Casey es un autor que no se deja atrapar fácilmente en categorías convencionales.
LA MUSICALIDAD DEL LENGUAJE Y EL CONTRASTE DE REGISTROS
Aunque la narrativa de su teatro se fundamenta en los acontecimientos históricos del Dublín de principios del siglo XX, su fuerza reside tanto en ese contexto como en la vida que infunde a sus personajes, la cual manifiesta con brillantez en su manera de hablar. Sus diálogos, además de reflejar magistralmente el habla popular dublinesa, poseen un ritmo y una cadencia muy particulares que oscilan entre lo esperpéntico y lo poético, en una especie de frenético «partido de ping-pong» jalonado de incisos en los que los hablantes se arrancan en monólogos dignos de tragedia griega. Esa musicalidad, ese ritmo que mezcla constantemente lo trascendente y lo prosaico, es uno de sus rasgos más distintivos.
Esta característica se percibe por ejemplo en Juno and the Paycock, donde el personaje del capitán Boyle alterna fanfarronadas grandilocuentes sobre sus hazañas con expresiones coloquiales llenas de humor y picaresca. Su manera de expresarse revela una psicología marcada por la evasión ante la precariedad y las vicisitudes. Por el contrario Juno, su esforzada esposa, emplea un registro mucho más firme y directo, mostrando una lucidez que se abre camino entre el caos que los rodea. Este juego y choque de registros conforma, de hecho, la propia estructura dramática de las obras del autor.
LA FRICCIÓN ENTRE LA HISTORIA Y LA VIDA COTIDIANA

En obras como El arado y las estrellas, el peculiar lenguaje de los personajes se entrelaza de forma inseparable con el momento histórico. Ambientada durante el Alzamiento de Semana Santa de 1916, la obra contrapone la retórica de los discursos nacionalistas, solemnes y muchas veces cruentos, con las voces de los habitantes de un edificio de tenements (lo que vendría a ser una corrala española de la época). Mientras que en el exterior se articula la épica de la revolución, en el interior de las viviendas emergen preocupaciones mucho más terrenales e inmediatas: el dinero, la familia, el hambre, la enfermedad y el instinto de supervivencia.
Estos personajes comparten con los chulapos del Madrid de principios del siglo XX su descaro y humor, además de similares ocupaciones. Como detalle, su vestimenta incluye una gorra plana similar a la parpusa madrileña. Ambos grupos vivían en viviendas precarias, apoyaban el teatro y las festividades locales, y participaban activamente en movimientos laborales y sociales. Ambos también han sido idealizados y estigmatizados en la cultura popular.
Esta fricción constante entre los acontecimientos que hacen historia y la vida cotidiana, salpicada de su característico humor negro, es uno de los grandes logros del teatro de O’Casey.
Quizá el realismo de esta fricción se refleja en la ambigüedad, por encima de todo, del personaje más complejo de la obra: Bessie Burgess, cuyo hijo lucha en la Primera Guerra Mundial. Bessie oscila entre la dureza y la bondad, especialmente en sus interacciones con Nora, la esposa del comandante Clitheroe. Se muestra cínica respecto a la rebelión, pero es posible que tras ello tan solo haya un miedo real a sufrir. Sus motivaciones son difíciles de comprender debido a su naturaleza contradictoria.
Resulta especialmente conmovedora la decisión de O’Casey de otorgar el papel principal a quienes normalmente quedan al margen de la historia: las mujeres, los pobres y los trabajadores, a quienes observa con una mirada profundamente humana.
LA COMBINACIÓN DE LO UNIVERSAL Y LO LOCAL
Las esperanzas y pequeñas disputas de los personajes centrales resultan cercanas, divertidas y trágicas. Esto se refleja incluso en la estructura de El arado y las estrellas. La obrase divide en cuatro actos, cada uno tan redondo que bien podrían ser cuatro obras independientes de un acto cada una. De hecho, el Acto II originalmente lo fue, antes de que O’Casey decidiera integrarlo en una historia más amplia. Transcurre en un pub, mientras que el resto de la obra se desarrolla en los apartamentos de los Clitheroe y de Bessie Burgess, hogar de sus allegados, tanto familiares como conocidos. Cada persona, espacio y acto constituye un mundo en sí mismo. Unidos, convierten al conjunto de El arado y las estrellas es testimonio de los vertiginosos avatares de la vida y de la manera en que los acontecimientos trascienden a las personas y las unen.
Otro forma de comunicar esta dualidad entre lo universal y lo local son las acotaciones escénicas, fundamentales para crear la atmósfera y la intensidad de cada escena. Al fin y al cabo, las obras de teatro están hechas para representarse, no para leerse. Sin embargo, sus descripciones al comienzo de cada acto van más allá de la mera practicidad, casi conformando literatura en sí mismas, en un conato cuasirenacentista. Así, los lectores somos doblemente afortunados al apreciar la habilidad de O’Casey como escritor y dramaturgo. A través de él percibimos con claridad la miseria y la desesperación de los personajes, e imaginamos lo que se sentiría al presenciar la silueta de Padraig Pearse, uno de los líderes de 1916, su apasionada habla enmarcada por la ventana de un pub y acompañada por los comentarios mordaces de la gente en el interior. Tan sensible es la descripción al comienzo del Acto IV, que nos traslada a un apartamento destartalado mientras el amanecer ilumina el cielo y se impone la victoria británica sobre los rebeldes.
Dada su capacidad para el realismo, no sorprende que su obra despertara pasiones entre el público y provocara disturbios en su estreno en el Abbey Theatre de Dublín.
LOS ECOS DE LA HISTORIA HOY
La realidad es que la obra de O’Casey no está exenta de contradicciones, en particular en cuanto al Alzamiento de Pascua de 1916, sobre el que a menudo termina reafirmando algunas de las cosas que supuestamente critica. El arado y las estrellas ha tenido especial resonancia para los irlandeses en determinados momentos, conforme a su particular psicología. La edición prologada por el poeta y Premio Nobel Seamus Heaney en 1998, por ejemplo, se vio influida por el reciente fin del conflicto norirlandés. Podría decirse que en aquel entonces Irlanda del Norte enturbió el debate nacional y condujo a conclusiones demasiado cínicas sobre las intenciones de la obra. No en pocas ocasiones la caótica intransigencia del conflicto dejó a los irlandeses inseguros sobre cómo expresar su identidad irlandesa, algo que persiste incluso hoy en día; las interpretaciones de la obra de O’Casey no fueron ajenas a este dilema.
En cualquier caso, el enigma de la identidad irlandesa se expresa de manera consciente en El arado y las estrellas. Incluso cuando se lleva la bandera tricolor al pub, o cuando personajes como Fluther están más preocupados por jugar a las cartas o arreglar una puerta, la amarga duda da paso a una afirmación de la identidad, un sentimiento de pertenencia a una nación que se cristaliza cada vez que se da a conocer el rostro de la ocupación británica, como sucede en el desenlace de la obra.
Sin duda, las banderas tienen un papel fundamental en la historia. El título de la obra proviene del estandarte del Ejército Ciudadano Irlandés, un movimiento con inclinaciones socialistas, a pesar de que Covey, un comunista acérrimo en los cuatro actos, considere que sus ideales no son lo suficientemente radicales. Bajo esta bandera, la silueta de la ventana del pub en el Acto II pronuncia un apasionado discurso sobre el sacrificio de la sangre y, fuera de escena, en el Acto IV, lee la Proclamación de la Independencia de Irlanda. En el mundo de estos personajes, las nobles ideas de esta proclamación no resultan muy útiles. De hecho, la Sra. Grogan y Bessie Burgess solo se benefician del pillaje de las tiendas durante el revuelo, una actividad lucrativa pero innoble. La gran ironía reside en que el sacrificio de hombres como Pearse sí contribuyó a la libertad de Irlanda. Su ejecución a manos de los británicos impulsó el movimiento independentista, un hecho que se ve irónicamente reflejado en las palabras de la enfermiza joven Mollser: al estallar la lucha, pregunta si los rebeldes tienen algún sentido común.
Es una pregunta fascinante que no encontrará respuesta hasta muchas décadas después de los acontecimientos narrados en la obra. Podemos intuirla desde una perspectiva moderna: la nueva presidenta de Irlanda, Catherine Connolly, citó a Pearse durante su toma de posesión como ejemplo de cómo las personas que han conocido la colonización pueden ser una fuerza positiva en el mundo, ser la voz de los débiles: sentimientos que también se expresan en la Proclamación.

LA CRÍTICA Y EL PASO DEL TIEMPO
Sin lugar a dudas, que el estreno de una obra provoque disturbios deja entrever la explosiva autenticidad de su mensaje central, y los ejemplos no son pocos. La temporada de1927 de Drácula causó gran escándaloen el West End, por ejemplo. No es cosa de un pasado lejano: Romans in Britain provocó una controversia similar en la década de 1980. Las protestas que siguieron al estreno de El arado y las estrellas ni siquiera fueron las primeras que se vieron en Irlanda. Playboy of the Western World, de J.M. Synge,escandalizó al público en 1907 con su enfoque liberal del lenguaje, las relaciones y la sexualidad, todo lo cual no hizo sino disfrutar de la notoriedad al dramaturgo.
Casi veinte años después, O’Casey enfureció a todos aquellos que interpretaron El arado y las estrellas como una crítica a los revolucionarios irlandeses, perspectiva un tanto injusta si tenemos en cuenta que, en última instancia, la obra subraya la tragedia de los irlandeses y el dominio despreocupado de los británicos. Al famoso poeta irlandés W.B. Yeats le causó gran consternación la reacción. En misivas a sus amigos, reprende a los alborotadores que interrumpieron la cuarta función. Había presenciado el oprobio que sufrió Synge y veía con malos ojos que este episodio de la historia del teatro se repitiera.
Tan terrible como pueda ser la censura o la represión del arte, nada existe en el vacío. Dado que solo habían transcurrido unos pocos años desde el fallido alzamiento, es fácil comprender la sensibilidad de los alborotadores. Tanto más si tenemos en cuenta el papel de las viudas de los rebeldes caídos en el episodio, que aporta una gran intensidad emocional de la situación. De hecho, la pérdida de un ser querido y el temor a perder al esposo son algunos de los hilos conductores de toda la obra. Si bien O’Casey intentó razonar con la indisciplinada multitud aquella noche fatídica, es posible que a la vez comprendiera que, para muchos, las heridas aún estaban abiertas.
Un siglo después del estreno de El arado y las estrellas, O’Casey ostenta un lugar privilegiado en el panteón de los grandes autores irlandeses. La «Trilogía de Dublín», que culmina en El arado y las estrellas, se venera dentro y fuera de Irlanda. Hasta la fecha, se ha representado 56 veces en el Abbey Theatre. La verdad en las palabras de O’Casey se reafirma y se consagra cada vez que se lee o se representa la obra. Y en ese sentido, cualquier nueva traducción celebra el valor de un dramaturgo que no solo refleja la sociedad, sino que le plantea algunas preguntas difíciles: la vocación de cualquier genio literario. Pero aquí no hay respuestas fáciles.
Teniendo en cuenta la labor y relevancia de O’Casey, parecía un descuido imperdonable que su obra no estuviera disponible en español. Lejos de quedar relegado únicamente al canon del teatro irlandés, el teatro de Sean O’Casey ocupa un lugar fundamental en la literatura universal por tratar temas y personajes atemporales que convierten la palabra en una experiencia compartida. Sus personajes, llenos de contradicciones, humor y dolor, siguen hablándonos a día de hoy con una claridad sorprendente.