Soñé el Danubio, estuve en el Palacio de Invierno y me senté en el graderío del teatro de Delfos. Mojé mis pies en las aguas de Ítaca y alcé el vuelo desde las ruinas de Troya. Saludé a los cisnes de Stratford y subí a las pirámides de Tenochtitlán. Hice del presente una energía y una conciencia del misterio, sintiendo que el tiempo era el único bien efímero y consistente. Viví con las manos llenas y no hice la cuenta estrecha del mañana. Nunca he dormido en las salas de espera.
José Monleón. La Travesía
Decido empezar por el principio. Rescato el currículum de mi padre para escribir este artículo. Leo en sus primeras líneas: “Nacido en 1927 en Tavernes de la Valldigna (Valencia), obtuvo la licenciatura en Derecho en la Universidad de esta ciudad, abandonando el ejercicio de la abogacía para trasladarse a Madrid en 1955”.
Pero, y ¿antes? Antes fue la infancia y fue la guerra. Viajo a sus memorias:
Yo fui un niño de la guerra. En julio del 36 vivía en Valencia, y, con 9 años, respiré la crueldad y la muerte de una guerra civil, vi los coches de la FAI, con sus calaveras pintadas de blanco, conocí el pavor de los bombardeos y canté La Internacional en la escuela: “El día que el triunfo alcancemos – ni pobres ni ricos habrá – la tierra será el paraíso – la patria de la humanidad”. Luego, con ocasión de algún obligado viaje familiar, siempre a lugares cercanos, compartí la agonía de los controles de carretera mientras algún miliciano revisaba los rostros de los pasajeros, y una vez recuerdo que vi por la ventanilla varios cadáveres arrojados en las cunetas, entre ellos uno, con gesto sorprendido y las gafas rotas. Gracias a mi tío Emilio, que era Cónsul de la República en Marrakech, estuve luego un año en Marruecos y descubrí, siendo niño, que el mundo era mucho más grande y apasionante de lo que creían en mi país y en mi pueblo. A finales del 37 estaba, de nuevo, en España, esta vez en Llansá, un pueblecito cercano a Port Bou, donde mi padre, telegrafista, había sido destinado. Allí, a dos pasos de la frontera, viví, con once años, el exilio masivo de los republicanos, envuelto por la desesperación, el miedo y los bombardeos. Así que, cuando entraron los nacionales en Llansá y se proclamó el fin de la guerra, yo ya sabía, como todos los niños de mi edad, que los seres humanos son siempre peligrosos, por más que en sus cantos, desfiles, discursos, sermones y fiestas lo disimulen.
En alguna de las fotos que conservo de esos años, Pepe mira a la cámara muy serio, con el ceño fruncido, siempre el más alto cuando aparece en grupo, y el más flaco. Lo imagino buscando balas perdidas, olvidadas, su pólvora, un tesoro. O detrás de los neumáticos abandonados en las cunetas, luego fantásticas balsas para idear aventuras a orillas del Mediterráneo. O limando botones para que corrieran veloces por la mesa del comedor ya convertidos en jugadores de fútbol, que mi pobre abuela llevaba siempre los abrigos sin abrochar. Juegos de infancia que Pepe recordaba siempre con los ojos brillantes. “Eran tiempos terribles”, me decía. “Pero los niños éramos libres, los adultos estaban en otra cosa y era formidable que no nos hicieran ni caso”.
Me pregunto cuándo llegó el descubrimiento del teatro, al menos, el descubrimiento consciente. Vuelvo a la fuente:
Después de vivir, como niño, la Guerra Civil española, y, como adolescente, las represiones que siguieron a su desenlace, había llegado al convencimiento de que la información que recibíamos y la historia que nos contaban sólo eran una fabulación. Era, en Valencia, un joven estudiante de Derecho cuando tuve ese convencimiento. Vivía en una sociedad racionada y hambrienta, en la que se filtraban horribles noticias de la II Guerra Mundial, y pesaba el trauma de una sangrienta confrontación civil, a la vez que leía que pertenecíamos a un Imperio hacia Dios y éramos una “unidad de destino” en lo universal. Los libros de historia, por supuesto, aclaraban muy poco. Y uno buscaba en la ficción literaria ese punto de verdad encubierta, de fabulación aparente, para entender algo del mundo en que vivía. Fue entonces cuando descubrí el teatro y pensé que nunca volvería a sentirme sólo. Historia de una escalera y La muerte de un viajante nos situaron a una generación de españoles ante realidades reconocibles, sin banderas ni luceros, con personajes cercanos y escondidos por las crónicas.

Empezaba entonces un largo viaje. Son tantas cosas las que hizo desde entonces, las que impulsó, las que ideó y materializó. Destaco algunas: Catedrático de Sociología del Teatro de la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, hasta su jubilación en 1992; crítico teatral desde el año 57, primero en la revista Triunfo, y, desde el 82 al 91, en Diario 16, de Madrid; director del Festival de Teatro Clásico de Mérida (1984-1989) y del Teatro Medieval de Elche (1994). Presidió el Grupo de Teatro del Comité de Consultantes Culturales de la Comunidad Económica Europea, durante los años 88-90. Formó parte de la Delegación Española (Teatro) en el Foro Cultural de Budapest (1985). Conferenciante en prácticamente todas las capitales españolas y en numerosos países de América, Europa y Norte de África. Jurado de Premios nacionales e internacionales en España, Cuba, Estados Unidos, Grecia e Italia. Cofundador con Anastasio Alemán y José Antonio Valdés del Teatro Popular Español (1958-59), que alzó su carpa en Cuatro Caminos, Madrid. Fundador de diversos Centros de Animación e Investigación Teatral: Centro Dramático Número 1, de Madrid, Centro de Teatro para la Infancia y la Juventud (ambas actividades en los últimos años de la década de los sesenta), el Centro Español para las Relaciones con el Teatro de América Latina, CERTAL (79-82) y de las Asociaciones ECRIT y Cultura, Sociedad y Progreso. Miembro del Comité Ejecutivo de la Red Eurosur de Centros Culturales, auspiciada por la Comisión Europea (1993-94). Profesor visitante de la Cátedra Mediterránea de la Universidad de Valencia. Fundador, con José Ángel Ezcurra, de la revista Primer Acto, en 1957. Director de la colección “El teatro de papel”, publicación dedicada a los autores españoles, con inclusión de las distintas lenguas comunitarias Fundador, en 1990, y director del Instituto Internacional del Teatro del Mediterráneo. Asesor del copresidente del Grupo de Alto Nivel de la Alianza de Civilizaciones. Socio Fundador y vicepresidente 1º del Foro Teatral Ibérico. Miembro del Consejo Participativo de la Federación Española de Universidades Populares. Socio de Honor de la Asociación de Autores. Miembro del Consejo Asesor de “El correo de Euclides”, anuario científico de la Fundación Max Aub, vicepresidente 1º de la Fundación CIVIS. Miembro del Club Anibal España, de Túnez.
Mi amiga Itziar me ha enseñado la importancia de nombrar las cosas para que estas existan, de ahí que esta lista que sea mucho más que una enumeración.
De mi amiga Nieves he aprendido que las palabras se transparentan “y dejan su huella en el folio”, de ahí esta lista marcada por los pasos –las huellas– del caminar de José Monleón.
Y dé él aprendí a mirar el mundo.
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“Digamos que somos peregrinos”. Estamos en el aeropuerto de Tel-Aviv. Regresamos de un encuentro con creadores israelíes y palestinos. “Que hemos estado visitando los lugares santos”. El policía de aduana examina el pasaporte de aquel “peregrino”, sus páginas están repletas de sellos de entrada de muchos países, algunos árabes, como Túnez, sede entonces de la OLP. Nos separan para confrontar versiones. Algo no va bien. Vamos a perder el vuelo. De pronto, Pepe aparece sonriente, acompañado de un joven policía sefardí al que no sé si convencido o abducido de los motivos de nuestro viaje. O sumado a la causa (el diálogo, la paz). Pienso en lo que hoy sucede en la zona, en la masacre del pueblo palestino… Los tiempos del Instituto Internacional del Teatro del Mediterráneo quedan lejos y, sin embargo, cuánto se trabajó para construir una cultura de paz con la que responder a tanta barbarie, qué necesario sería recuperar esos espacios de acción y pensamiento frente a lo que, si no fuera tan terrible, parecería una de esas malas obras de teatro donde los malos invaden países para quedarse el petróleo, destruyen pueblos para construir resorts de lujo, persiguen a los que hablan o parecen distintos…
Suena y retumba el ruido de las máquinas de escribir. Las oficinas de Primer Acto están en el piso de abajo del domicilio familiar. Son unas Olivetti de color verde militar, metálicas, enormes, cuando intento escribir se me cuelan los dedos entre las teclas, ¡ay! Mi padre me lleva a menudo a la imprenta. Me fascina ver cómo se componen las páginas, línea a línea, palabra a palabra, letra a letra… Qué velocidad. Todo parece mágico. Desde muy niña, aprendo a teclear, paso a limpio los artículos que Pepe no para de escribir. Pienso que es algo así como tocar el piano, o las palabras.
Haciendo la maleta para ir a Bruselas. Todos los países cuentan en su delegación con, al menos, una docena de miembros. Por nuestro país, va Pepe solo, representando al Ministerio de Cultura de entonces. Se hace fotos con unos y con otros, él es “el español”. Siempre se reía cuando contaba su perplejidad al verse rodeado de sillas vacías, representando a España. Claro, eran tiempos en los que ser europeo no se acababa de comprender. Se me cruza otro recuerdo, cuando Nuria Espert me contó el día que se dio cuenta de que Monleón era alguien importante fuera de España. Estamos en los años sesenta. Grotowsky presenta su espectáculo en el Festival de Nancy, no recibe a nadie, no quiere hablar con la prensa, recluido con su grupo en la sala donde va a presentar su trabajo. La expectación es máxima, “Grotowsky era dios”, me dice Nuria. “Y, de repente, el maestro, el inalcanzable, va y pregunta si ha venido su amigo Monleón. Fue increíble”.
“Llama a Bergamín y dile que voy a llegar con retraso”. Marco el teléfono y transmito el recado, soy una niña y no le llamo de usted. Bergamín me cuelga enfadado, no sé si por el anuncio de la tardanza o por el uso del “tú” … No entendí su reacción hasta mucho más tarde. No era enfado contra nadie, era un estado de decepción, de tristeza. Fueron muchas las veces que escuché en mi casa hablar del exilio español del 39, de las heridas de los que regresaban esperando, de algún modo, encontrarse con el mismo país que abandonaron. En un fragmento de sus memorias en el que reproduce un encuentro con Max, Pepe escribe “¿Recordar? ¿Se recuerda lo vivido o lo que se quiso vivir? ¿La República que quisimos o la que tuvimos? El recuerdo olvida las sombras y construye y transita los caminos que no fueron y son los verdaderos. ¿Será recordar rescatar lo que no fue?”. Max Aub, siempre presente. Como lo estuvo Rafael Alberti, primer presidente del Instituto Internacional del Teatro del Mediterráneo.
En Caracas, dos ministros de Cultura (¡hay fotos!), el que abandonaba el cargo y el recién nombrado, condecoran a Pepe con una hermosa medalla en un acto auspiciado por la comunidad teatral venezolana. Viajamos luego al Festival Internacional de Bogotá, donde le espera un apretado programa de cursos y conferencias. Y es feliz. Siempre lo fue en América Latina, se contagiaba de su luz, de su vitalidad. “En Europa, a veces parecemos muertos, Ángela, me pregunto de qué estaremos tan cansados”. Y se va “a la Córdoba argentina, a ver el primer festival de teatro tras la caída de la dictadura; hay fiesta y yo estoy en ella. Y está La Fura dels Baus y el recuerdo del maestro Falla, que pasó muy cerca de aquí varios años de su exilio. Y luego, Buenos Aires, donde descubro quizá el teatro mejor hecho en lengua castellana, y donde no ha muerto el espíritu de los teatros independientes. Todavía unos días en Montevideo, donde el nombre de Margarita Xirgu sigue mezclándose con la vida teatral de cada día y, antes de regresar, Santiago de Chile. Acabó la dictadura de Pinochet, que, sin embargo, ocupa un puesto relevante en los órganos de poder. Jorge Díaz, que estuvo exiliado en España, ha vuelto y es, otra vez, un autor plenamente chileno. Se avanza despacio, quizá porque pesa en el ánimo la memoria de la reciente violencia. ¿Cómo es posible que en la Suiza latinoamericana pasaran tales cosas? Y uno se detiene en el Palacio de la Moneda y recupera las imágenes de Allende y de sus agresores. O se sienta en las gradas del estadio, y el verde se llena de cuerpos condenados, de canciones nunca escritas de Víctor Jara. ¡Cómo cuesta pasar, con el aire de un turista, por debajo de las gradas, entre los cementos que fueron paredes de tortura! Y América Latina estalla como una granada en la memoria”.
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Podría seguir y seguir. Fueron muchos los momentos de vida y trabajo compartidos. Me paro. Trago saliva. Vuelvo al currículum, mi faro en este recorrido en el que no quiero naufragar. Reviso y hay varios apartados en relación con la escritura: autor de una veintena de libros de ensayo (de teatro y de pensamiento), de un centenar de prólogos (de todo orden), de incontables colaboraciones en libros colectivos (imposible resumirlos en unas líneas) y de, creo, cerca de mil de artículos y críticas (que son historia del teatro, de todo el teatro, desde Grecia hasta nuestros días). Qué pertinente sería publicar todo ese material en unas Obras Completas, recoger todo ese corpus, testimonio y guía a un tiempo para la investigación social y teatral.
Llego al apartado de autoría dramática. Pepe tuvo también el tiempo para ser autor de varias obras dramáticas, todas ellas estrenadas y publicadas, dos de ellas, Proceso a Kafka (Primer Acto, diciembre 1971) y La gallina ciega (Primer Acto, febrero 1984) basadas respectivamente en textos de Franz Kafka y Max Aub; otras dos, Paraíso Roto (Primer Acto, octubre 1992), Sefarad (Primer Acto, febrero 1993), centradas en la historia de Al-Ándalus, Historias del transtierro (estrenada con el título de Transterrados en el Teatro Rialto de Valencia, mayo del 2003, dirección de María Ruiz; editada por Teatres de la Generalitat Valenciana, en la misma fecha) y Quien ha sido, estrenada en Aranjuez, en el Festival Madrid Sur del 2004, con la colaboración de Olga Rodríguez y Carlos Hernández, una obra de teatro-reportaje, dedicada a lo sucedido en España entre el 11 y el 14 de marzo del 2004.
Parémonos aquí. Recuerdo muy bien el estreno de Proceso a Kafka en el Instituto Alemán de Madrid, encarnado por un joven y deslumbrante José Luis Gómez, recién llegado de aquel país. Mucho mejor el de La gallina ciega, en el María Guerrero, un semimontado, dirigido por José Carlos Plaza, en el que participaron José Luis López Vázquez, Ana Belén, Juan Ribó, Enriqueta Carballeira, José Luis Pellicena, Fernando Delgado, José Sacristán, Nuria Espert, Ángel Picazo y Julia Gutiérrez Caba. Qué emocionado estaba Pepe. Por fin, su amigo Max era escuchado en democracia. Se reivindicaba así la memoria de aquellos que la dictadura intentó borrar, convertir en fantasmas, hacer desaparecer. De ese mismo río, beben sus Historias del transtierro, unviaje por la obra y la vida de Aub, en definitiva, por nuestra historia reciente.

En la dialéctica entre política, sociedad y teatro que Monleón siempre defendió, se sitúa ¿Quién ha sido? La guerra de Irak, el uso de la propaganda (y de la mentira) y el papel de los medios de comunicación son protagonistas de lo que él mismo llamo teatro-reportaje. Se trataba, en la línea del teatro documento, de enfrentar lo que realmente sucedió frente a lo que se contaba que sucedía. Tema, diría yo, de rabiosa actualidad.
En su trayectoria como dramaturgo, también fue autor de una versión de Dos en la ciudad, de Osvaldo Dragún, con el título de ¡Un maldito domingo! (Editorial Taurus, 1968), de la adaptación española de Rebelión en Asturias, de Albert Camus (Cuadernos Ayalga/Testimonio, 1978) y coautor –con Armando Moreno– de la de La persona buena de Sezuan, de Brecht (Ed. Alfil, Madrid, 1963), que, además, dirigió en el Teatro Grec de Barcelona para la Compañía de Nuria Espert (1966). Responsable también del collage Amics i coneguts, sobre textos de Salvador Espriu, Joan Oliver, María Aurelia Capmany y Jaime Vidal Alcover, que dirigió para la misma compañía en el Teatro Poliorama de la capital catalana (1969). Nuria dice siempre que, a pesar de que el espectáculo no tuviera éxito, “era fantástico. El problema fue que nos adelantamos a nuestro tiempo. Una vez más”. No hace mucho descubrí en un viejo álbum una foto de la compañía, posando delante de una furgoneta, junto a Espert, entre otros, están, jovencísimos, Ovidi Montllor y Guillermina Mota.
Y más hermosos líos. El mundo del flamenco fue otro de los espacios que Pepe habitó. Encontró en las raíces del flamenco esa verdad popular que el teatro a veces olvidaba “perdido en los escenarios de salones con mesa, juegos de té servido en tazas de porcelana y lamparita de flecos. Desconfía siempre”, me decía, “de las obras que comiencen con un sofá y dos butacas. ¿Teatro? Puede ser, pero está más cerca de una tienda de muebles que de otra cosa”. En una de las paredes de mi casa, todavía puede verse el cartel de Antología dramática del flamenco, dramaturgia y dirección de mi padre, para la Compañía de Manuela Vargas, estrenada en el Teatro de las Naciones de París, en 1963, y de Lorca y el flamenco, estrenada en el Eliseo de Roma en el 65. Enrique Morente, gran amigo, hablaba siempre de estos espectáculos como de “leyendas”. “Tu padre se ganó el respeto de los flamencos. Fue el primero que nos sacó del tablao y nos subió a un escenario de teatro”. Años después colaboraría con Salvador Távora en la concepción del espectáculo Los palos (1975), de La Cuadra de Sevilla. Una relación y una amistad que perduraría durante la vida de ambos.

Juntarse con otros fue otro motor de escritura. Así fue miembro de los colectivos de dramaturgia de Guardo la llave, espectáculo del Madrid Sur dedicado –una vez más– a evocar el exilio español del 39 (edición de Teatros del Astillero, 2005), de Argonautas 2000, un texto sobre la convivencia de la diversidad, en ocho lenguas, presentado en seis países (Primer Acto, número 286, 2000) y de La noche de Casandra (2001), sobre la realidad de los Derechos Humanos, con la participación de autores, directores, músico y escenógrafo, de 5 países.(Primer Acto, número 288, 2001). Autor de la concepción y dramaturgia de El clavel y la espada sobre el diálogo de las culturas mediterráneas, con la colaboración de dramaturgos y músicos de Marruecos, Israel, Francia, Bélgica y España; espectáculo realizado con el apoyo de la Comisión Europea y presentado, en el otoño del 2002, en varias ciudades de España, Bélgica y Francia. (Primer Acto, número 296, 2002). La búsqueda de lo que nos une, pilar para la construcción de una cultura de paz, está en todos estos textos y en el ADN de ese niño de guerra que fue mi padre.
Ahora, dos piezas de teatro breve: el monólogo De mi tiempo incluido en el volumen “Teatro contra la guerra” (Asociación de Autores de Teatro, 2003) y El muro, leída en el Salón del Libro de dicha Asociación y publicada en el número 304 de Primer Acto.
Ya en 1973, todavía en dictadura, escribió la biografía García Lorca (Aymá, S.A. Editora, Barcelona 1973). Federico siempre lo acompañó. El libro con más marcadores asomando entre sus hojas -de la inmensa librería teatral de Pepe- son las Obras Completas del poeta publicadas por Aguilar. Años más tarde, a propuesta de Paco Ortuño, sería autor de la dramaturgia de Federico, un espectáculo sobre el teatro utópico de Lorca, producido por el CAT y dirección del propio Ortuño, estrenado el 31 de enero de 2006. Ese día mi padre cumplía 79 años y me consta que aquel estreno fue un buen regalo de cumpleaños.
Todavía una obra más, la que entregó a Juan Peña El Lebrijano, Cantata flamenca. Del temor, del amor y la libertad (inédito), concebida a partir de las voces de poetas de las dos orillas. ¡Ah, perdón! Y otro inédito, que guardo en mi ordenador, El gran debate, un cuaderno de pensamientos que aborda cuestiones de orden teatral y político, desde el inicio de los tiempos hasta 2016. Ahí es nada.
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No sé si lo escrito responde a lo que se esperaba. El encargo no era fácil. Voy a cerrar los ojos y a regresar a una noche de marzo, no sé de qué año, qué importa. El calor quema las caras y el humo hace llorar (los ojos). Todo arde en esa falla enorme en la que el mundo parece haberse convertido… Pero no hay miedo, en su lugar, impaciencia. Una mano grande, aprieta con fuerza la mía, la tuya. Tanto por hacer, ¿verdad, Pepe? Tanto que escribir. Definitivamente, tu viaje es infinito. Gracias.