Kushner. Viaje a Afganistán sin garantías de regreso
Texto y contexto para Homebody/Kabul
Encaramos ya el final de esta serie sobre la épica política desarrollada por Stoppard y Kushner en sus obras. Examinaremos en este escrito Homebody/Kabul, mientras que en el próximo (y último) abordaremos la obra de amplias dimensiones, acaso excesivas, titulada Angeles en América, y que es uno de los grandes éxitos del teatro mundial de finales del siglo XX hasta ahora.
Una vez más, le falto el respeto a la cronología, puesto que Homebody/Kabul es bastante posterior a Angeles en América. De la obra Eslavos ya tratábamos en una entrega anterior. Allí mostré mi aprecio y hasta admiración por esa obra que otros consideran formada por recortes y terminada sin especial sentido. Eslavos hace compañía a Angeles en América, es su colega desigual (desigual porque dura tres veces menos que las dos partes de Angeles), pero es retrato de una época. Está escrita con cierta ventaja, ya lo dije: ventaja de perspectiva. La Unión Soviética ha desaparecido en 1991 y Eslavos la escribió Kushner cinco años después. Y si a eso vamos, la perspectiva de Angeles es mayor: Kushner mira con amargura (con sentido crítico, sí, pero sobre todo con amargura) la década de Reagan, uno de esos presidentes de Estados Unidos de los que uno pensaba: no es posible ser más popular y al mismo tiempo ser más tonto, y ambas cosas van unidas1. El tiempo nos demostraría que en estupidez lo iba a superar un borracho renacido. Y en estupidez y maldad, el que será personificación de la América de la ruptura moral y democrática. Ahí quiero ver a Kushner (todos lo queremos, diría yo), cuando se refiera a esa América que vota Trump después de lavarse la cara con Obama. ¿Es la misma, o es ya otra más sucia y feroz, que la que votó Reagan tras lavarse la cara con Carter? ¿Bajan la guardia los votantes demócratas, pese a la deriva de los republicanos y dejan campo libre a quienes no tienen sus dudas éticas, o su pereza? Antes de Carter, recuerden, estuvo la administración Nixon-Agnew, buenos pájaros. El tiempo demostró que se podía llegar a presidente siendo un pájaro todavía peor, sin necesidad de tener el estado en la cabeza, como lo tenía Nixon (en España dicen que lo tenía Fraga). Se pasó a una época en la que mentir como Nixon ya no estaba castigado por los electores. El falso Salieri de aquella pieza teatral de medio-pelo llamada Amadeus (Scheffer, dramaturgo inteligente y muy pillo siempre, superficial como un sermón y, como él, fingidor de trascendencias) llamaba a los suyos a unirse, como ahora veremos; la pieza la transformó en brillantísima película Milos Forman (que no le curó del mal del medio-pelo pese a su espléndida puesta en escena). Aquel Salieri, digo, llamaba a los mediocres a unirse, o algo así recuerdo. Pasó el tiempo de los mediocres, ahora es el tiempo de lo que alguien que yo conozco llamó los inferiocres (hay quien dice que en nuestro país llegaron antes): es el tiempo de Trump, anuncio del hundimiento de un imperio que puede y debe arrastrarnos con él. Ahí quiero ver a Kushner, ahí quiero verlo preguntándose qué pasa y sacando personajes que se lo cuestionan, lo sufren y lo enfrentan. Tiene que ser él, o alguien de otro país que no sea España, aquí no se escriben obras así, y si se escriben, permanecen en el secreto del ninguneo.
En Angeles en America hay un pecado original (o anterior, si me reprochan que exagere), es el de la opulenta América. Como es sabido, en su abusiva utilización del término América ellos quieren decir Estados Unidos. Dios salve a América, esto es, a nosotros, que los mexicanos y allá para el sur no son americanos. Esa América opulenta es la que entra en crisis, la crisis del pacto de posguerra (todos nos enriquecemos, las empresas pagamos grandes impuestos ya que queremos la paz y prosperidad de todos porque es la nuestra), después de los enfrentamientos civiles por la insuperable cuestión de “la raza” (ah, estos negros, qué hacen aquí, quién los trajo), por la guerra de Vietnam, por los primeros signos de retroceso industrial y de otros sectores que, creían muchos, estaban ahí para siempre, porque siempre habría consumidores de aquí y, en especial, de otros países, para comprarte coches y otras chucherías. Ah, Detroit, Detroit, quién te ha visto y quién te ve. Lo de Hollywood se mantiene peor o mejor. Lo de la industria del armamento no hay quien lo conmueva… se diría. Lean un libro breve y espléndido de Philipp Blom (todos los suyos son espléndidos, pero no breves): Lo que está en juego (Anagrama). Sin llegar a la colapsología, tendencia que no hay que desdeñar ni mucho menos2, Blom plantea el sombrío futuro de la humanidad si no se actúa a tiempo. Hasta hace poco podíamos decir que el capitalismo es el infierno, pero que fuera de él no hay salvación. Ahora es el capitalismo el que va a destruirse a sí mismo. Y, de paso, todo lo demás. Sí, ya sé que no hay que exagerar: capitalismo es la tienda de la esquina (¿quedan tiendas en las esquinas?), capitalismo es el ahorrador (pequeño especulador domestico) que Merkel defendió frente a los pobres endeudados de Grecia, capitalismo es la producción de bienes y servicios que entran en mercado, pero también la especulación que no crea nada, que solo desvía recursos hacia el abuso legalmente admitido en todo el mundo.
En Homebody / Kabul Kushner no profetiza, pero ve con penetración y perspectiva, eso que se echa tanto a faltar casi siempre. El fin del mundo en tecnicolor, tituló con gracia Vázquez Montalbán su artículo sobre un film llamado Cabaret (¿recuerdan?). El título era muy preciso, y a los que leíamos con placer a Manolo V. nos bastó, porque hemos olvidado su análisis. Era del pasado, y podía acertar con ello. Siempre se equivocaba con el presente. Como casi todos los que formábamos parte de las (pongamos tres) generaciones que le leían.
En el fin del mundo puede que haya colores. En las explosiones, los colores se expanden, aunque no tanto como en el arco iris de Judy Garland. Expanden más cosas: la muerte, por ejemplo. Quién sabe, puede que el fin del mundo sea tan oscuro como las oscuras calles de Kabul en noches cerradas y aires polvorientos.
KUSHNER, GUIONISTA CINEMATOGRÁFICO
No me resisto a avanzar algo sobre Angeles en América (1992), que me servirá para modular hacia Homebody/Kabul. Angeles es una obra que son dos obras, y contiene varias historias privadas, de manera que, juntas, forman una propuesta teatral de carácter épico. En ella sufren, se agitan y se transforman judíos, antisemitas, homosexuales, un fantasma del pasado que atormenta a un monstruo humano y moribundo, enfermos de sida como este mismo monstruo, y también un ser que podría cambiar de sexo. Y un ángel, desde luego, que acaso se parezca al “ángel del señor que anunció a María”, pero que pronto se comprende que es muy otra cosa. Como se comprende que el monstruo, Roy Cohn, no es un monstruo, sino el diablo. Por esta doble pieza se pasea Nueva York o lo paseamos nosotros junto con los protagonistas. Es una obra hermosa que transcurre entre la realidad, la alucinación y lo irracional (prefiero no decir lo surreal, porque el surrealismo es otra cosa), consta de dos partes, y nos ocupará espacio más adelante; ambas partes, juntas, duran unas seis horas. Su puesta en escena inigualable es la breve serie de TV en seis episodios, dirigida por Mike Nichols. Se puede ver, al menos de momento, en HBO, y no pretendo hacer publicidad a una gran plataforma desde la humildad de esta página.
Veremos que estos personajes tienen relaciones importantes por parejas; quiero decir, entre dos de ellos al margen de los demás, aunque algunos sean parejas, casados dos de ellos, pareja homosexual otros. Eso será dentro de unos meses, porque hoy nos toca ir a Londres y a Kabul, no a Nueva York.
Esto es solo una esquemática introducción. Antes, quiero referirme mínimamente a la labor de Kushner, gran dramaturgo, al mundo del cine.
Si la aportación de Tony Kushner no se limita al teatro, sino también al cine, puede que su obra más notable para el cine sea precisamente su guion de Angeles en América, según su propia pieza teatral, dirigida por Mike Nichols hasta convertir el todo en una obra de arte. Habrá que referirse a este film o serie de seis capítulos de una hora, que responden de manera casi exacta a las dos piezas originales que componen Angeles en América.
Como guionista, destacan algunos guiones de gran importancia artística. Como el de Munich, (con Eric Roth), a partir del libro Venganza. El relato verídico de una misión contraterrorista israelí, de George Jonas (RBA, 2019). La película, dirigida por Spielberg, retrata la endiablada persecución de los responsables del sangriento atentado contra los atletas israelíes en aquella convocatoria olímpica de 1974. Hay que añadir al Kushner guionista el impresionante libreto para otra película de Spielberg, Lincoln, protagonizada de manera electrizante por Daniel Day-Lewis; y la reciente de West Side Story, también de Spielberg; en este hermoso remake tanto el director como el guionista y el elenco respetan el legendario filme de 1961, pero le adjudican un contexto que para el nivel de conciencia de comienzos de la década de los sesenta era ajeno, o incorrecto (hoy, es sabido, sufrimos la presión de otras incorrecciones). Kushner le da a la historia de antaño un contexto social, en especial el avance de eso que llamamos gentrificación, que significa solo que te echan de tu barrio sin necesidad de violencia explícita, solo a golpe de exclusión más dinero. La política, las relaciones sociales, los fantasmas de lo imaginado y sus travestismos desde el pasado que fue, pero que no fue del todo así, transitan por estas películas, del mismo modo que se pasean por las tres grandes obras de Kushner que revisamos ahora. Hay que añadir una película de este mismo año, la espléndida The Fabelman (2022), también dirigida por Spielberg, de la que todos los críticos dicen que es autobiográfica: es el descubrimiento del cine y de la vocación cinematográfica por parte de un joven en medio (o a partir de) de una tortuosa relación familiar.
HOMEBODY/KABUL
Hommebody y Kabul fueron en un principio dos obras distintas. O, acaso mejor dicho, Homebody fue una sola obra, el monólogo de la dama, Homebody. Homebody/Kabul es la obra completa, la que Kushner dedujo del monólogo. Para hacernos una idea, reproduzco lo que el propio Kushner anota en la edición de la obra completa. No son sino los inicios del recorrido de esta obra extraordinaria, que sufrió o gozó de cambios posteriores. Esas son las primeras representaciones.
“Homebody se representó por primera vez en una lectura dramatizada en el Chelsea Theatre Centre, Londres, diciembre de 1997. Dirección de Annie Caseldine. El papel de Homebody [la dama del monólogo] lo interpretó Kika Markham.”
“La primera producción de Homebody tuvo lugar en el Chelsea Theatre Centre en julio de 1999. Lo dirigió David Esbjornson, con figurines de Beth Clancy. El papel de Homebody corrió a cargo de Kika Marksham.”
“Homebody/Kabul se estrenó en el New York Theatre Workshop (James C. Nicola, director artístico; Lynn Moffat, director general, Nueva York 19 de diciembre de 2001). Lo dirigió Declan Donnellan, con escenografía y figurines de Nick Ormerod, luces de Brian MacDevitt, sonido de Dan Moses Schreier, direccion de movimientos de Barbara Karger, dramaturgia de Oscar Eustis y Mandy Mishell Hackett, coaching de los dialectos a cargo de Deborah Hecht and Gillian Lane-Plescia, consultor cultural y de lenguajes a cargo de Nisar Ahmad Zuri, y producción escénica de Martha Donaldson.”

Añadamos: el estreno en Nueva York tuvo lugar justo después de los atentados terroristas del 11 de septiembre. Pero la obra estaba escrita antes, y la producción estaba en marcha también antes de esa espantosa fecha. Y, en consecuencia, es anterior a la invasión de Afganistán inmediatamente después de los atentados. Kushner no podía prever nada parecido, como nadie podía prever que, casi veinte años después, en el verano de 2021, los Estados Unidos abandonarían Afganistán ante la evidencia de que nadie en el país estaba dispuesto a luchar por cosas extranjeras y ajenas como la democracia. Como escribe Robert D. Kaplan en un libro recientísimo, y también breve: “La retirada de Afganistán ordenada por la administración Biden en el verano de 2021, pese a la incompetencia con que se planificó y se ejecutó, desnudó una cruda realidad que veinte años de postureo de la élite política e intelectual en nuestro país no han podido ocultar: el Estado afgano y sus fuerzas armadas eran una ficción. No se pudo contar con su existencia cuando de verdad importó” (La mentalidad trágica. RBA Libros, 2023, traducción de Albino Santos Mosquera). En realidad, a Estados Unidos no le convenía Afganistán. Primero fue un episodio de la guerra fría (contra la URSS y, de paso, contra el pueblo afgano que se benefició de bastantes progresos con los soviéticos), y en 2021 fue una respuesta por los del 11 S, aunque los espantosos talibán no tuviesen nada que ver con los atentados.
ANALÍTICA DE UNA PERIPEDIA HEROICA SIN HÉROES CONOCIDOS
En casa
Esto es un análisis, no un relato en secuencia. No oculta finales, no respeta prudencias ante el spoiler.
De acuerdo con el propio autor, “la acción tiene lugar en Londres, Inglaterra, y en Kabul, Afganistán, exactamente antes y exactamente después del bombardeo estadounidense de los supuestos campos de entrenamiento terrorista en Khost, Afganistán, agosto de 1998. La escena final, Periplum, tiene lugar en Londres, primavera de 1999”3.
En casa, antes de Kabul. En el principio fue un monólogo, y quien monologaba era ella.
El monólogo del ama de casa (Homebody, que si traducimos como ama de casa no hacemos justicia al término, viene a ser somebody at home, alguien en casa, una persona que vive sobre todo en su casa; ahora veremos) tiene una dimensión política no del todo explícita. El personaje no es en modo alguno una caricatura, una filistea que se regodee en su comodidad de ciudadana británica e ignore la tragedia de, por ejemplo, Afganistán. Habla de manera refinada; demasiado, es redicha, y ella misma se lo reprocha en algún momento, ¿es que no puedo hablar con sencillez? Lee mucho, ha leído mucho, es persona que está en casa, ya decíamos. Se informa, sabe, se preocupa. Lee una antigua guía sobre Afganistán, de los años 60, de cuando acaso se podía hacer turismo allá. Ella es turista y es, al menos en proyecto, viajera. Aunque lee esa guía sobre el país, hacia el final de su monólogo deja claro que nadie querría viajar allá. Pese a lo que vamos a saber poco después. Lo primero, tendría que ponerme un burka, someterme a la sharía, perecer acaso bajo una lluvia de piedras. ¿Culpa colectiva, responsabilidad individual? No traza Kushner una filistea para dejarla en ridículo y refutarla4. Es una mujer normal, en la cuarentena, con un matrimonio que se deshace (podemos deducir, lo dice poco menos que explícitamente), con una hija poco prometedora, ese tipo de vástago que se diría que le sale mal a las familias bien instaladas de clase media. Veremos más tarde que la niña vive una transformación. Y la madre acude a un bazar afgano en busca de sombreritos típicos, y tanto los sombreritos como el bazar, lo mismo que el vendedor con tres dedos de una mano seccionados (alguien los cortó, y ella en su fantasía monologa en nombre del sombrerero: fueron los míos, fueron los rusos, fue mi familia por ladrón…), todo ello pone en marcha la fantasía, el deseo de saber, la sombra de la responsabilidad. No es tampoco, ni mucho menos, una activista con compromiso. La tragedia de Kabul, que fue una hermosa ciudad milenaria, le golpea.

Poco después, cuando esta mujer, Homebody, se convierta en un personaje ausente, desaparecido, buscado por su familia, sabremos que Priscilla Ceilling es su hija y que Milton Ceilling es su marido. Será, sobre todo, en la parte titulada Kabul.
Recordamos a Vicky Peña, inolvidable en la puesta en escena de Mario Gas (Teatro Español, 2007). Podemos haber olvidado lo que dice, evoca, cuenta, siente su personaje, de lo que se conduele, de sus miserias familiares, de su turismo y también de su curiosidad atormentada. Pero el tiempo no nos permite olvidar la impresión que recibimos, como espectadores, cuando vimos a Vicky Peña recitar durante algo más de una hora aquella introspección que no siempre lo era. Una hora, ella sola, y no se movía nadie, no se oía una tos ni a nadie le ganaba el nerviosismo. Una artista, no ya una actriz.
Pero el acto (la pieza) no concluye con el largo monólogo. Hay una segunda escena, escrita a posteriori por Kushner, que dará comienzo a la parte de Kabul. Al parecer, la dama ha viajado a Kabul, y allí ha sido asesinada; precisamente, según sus temores, expresados en el monólogo. O no ha muerto, según alguien que ahora veremos. Lo cierto es que, en adelante, la dama cuya abrumadora presencia dominó la primera escena (el monólogo), se convierte en el personaje ausente. Aunque acaso sea cierto lo que cuenta el loco vendedor de sombreros, que no ha muerto la dama, que se ha casado con un afgano, el cual, a su vez parece que pretende que se lleven a Kabul a su otra esposa, antigua bibliotecaria, loca, porque las mujeres enloquecen en Kabul, puesto que les han quitado todo. Veremos a esa mujer. De momento, van en busca de la dama, de Homebody, tanto Milton Ceiling, técnico informático; como su hija, la joven y adicta Priscilla (adrift: esto es, una chica sin rumbo, a la deriva), que ha ocultado su aborto y llevará burka muy pronto por propia voluntad, para la búsqueda que emprende sin gran ayuda de su padre.

En Kabul
Ahora bien, en Kabul fallan la seguridad y el orden. Esto es, no hay libertad de ningún tipo.
Hay temas, tramas, secuencias vitales que se desarrollan a lo largo de la acción. Y que no son tanto acciones del héroe o heroína como dolorosa iniciación y dolorosa epifanía. Señalaré algunos, pero no es posible ahora sino eso, señalar algunos y desarrollar otros.
A lo largo de la segunda escena del primer acto se pone en marcha el importante aprendizaje de la joven Priscilla en aquel medio cuyo exotismo desaparece ante la aplastante realidad. Priscilla tendrá que ir acompañada por al menos un hombre y llevar burka. Y tiene especial importancia, también, la elaboración del duelo por Milton, el esposo de la dama del monólogo. No es lo mismo el duelo por alguien a quien amas con fuego que el que se elabora a partir de las cenizas frías de lo que queda. El duelo de Milton está cargado de reproches a sí mismo, mas también a ella, la ausente que desapareció, que acaso murió, quién sabe si está oculta. Pero el duelo se elabora por los muertos, nuestros muertos. Milton Ceiling pasará la mayor parte del tiempo en su cuarto, a veces acompañado por Quango, que es como su guía en el infierno. Si Priscilla tendrá como guía a Kwaja en su deambular por Kabul, Milton lo tiene en el extraño, cínico personaje de Quango Twistleton.
Quango Twistleton, el medio diplomático, de poco más de treinta años, experimenta una profunda fascinación por Kabul. “Me quedo aquí porque Afganistán me ha roto el corazón. Soy una especie de persona molesta […] Es como una enfermedad este lugar”. Kabul es la droga, en el sentido estricto. Quango trae opio de la mejor calidad y se la ofrece a Milton, que le pregunta si es un drogadicto. Quango lo niega sin énfasis. “Pero no es más que la tradición, ya sabes, Coleridge, DeQuincey, Crabbe, Keats, Southey, Shelley, Byron (Breve pausa.) De acuerdo, también heroína. Soy un yonki. Sí. ¿Qué otra cosa puedes ser en Afganistán? Afganistán le suplica al mundo. Así que yo viene para hacer el bien, galletas y vendajes, mantas de lana. La heroína fue una sorpresa enorme”. “Así que –dice Milton-… Así que la embajada en Islamabad, si no entiendo mal, nos ha entregado a mi hija y a mí al cuidado de un adicto a la heroína”. Quango no pierde nunca el control, esto es, el cinismo cargado de ironía: “Espero que eso no me rebaje ante usted en mis esperanzas como posible futuro yerno”. Insistirá en esta broma, la de pretender casarse con la bella Priscilla, de cuyos rasgos de carácter le advierte su padre, aunque en realidad se lo está advirtiendo a él mismo en tanto que padre.
Ahora bien, Quango, a solas en la habitación del hotel del Milton, le dice a Milton desde el principioi: “Aquí, muere uno de cada seis recién nacido. Uno de cada seis. Alrededor de la mitad de los niños afganos que quedan mueren antes de los cinco años. Y el treinta y cinco por cierto de esos que apenas sobreviven están atrozmente malnutridos. Quiero decir, son pequeños esqueletos barrigudos, hambrientos que avanzan poco a poco hacia la muerte. En el ranking del Índice de desarrollo humano este país ocupa el lugar 169 de 174 países, y en realidad no es en absoluto un estado, es un desastre con población. La única razón de que no se considere el peor para las mujeres es porque los afganos no practican la mutilación genital. Más de la tierra cultivable es una tierra llena de minas”.
Y la droga es la insistencia misma de la fascinación, por otros medios. Como los enamorados de la India, desde Mircea Eliade a Dominique Lapierre. Es una seducción que va más allá de lo sentimental, y que tiene mucho que ver con el enigma erótico de un pueblo cargado de misterios y hasta valores desconocidos para ti, que pueden encarnarse en un mujer cuyo amor encarna tanto el misterio, al que hay que iniciarse, como el enigma, que no se puede descifrar pero que te golpea y te habita. Milton recibe información, que son lecciones, de este cínico y desengañado personaje, que le habla de un posible Pastunistán, esto es, un país dominado por la etnia pastún. Milton cree que no lo admitiría Pakistán. “Pues que se joda Pakistán”, exclama Quango. Mas su análisis de la situación, entre los países de la región y las matanzas entre suníes y chiitas, lo complica todo, pese a que Pakistán quisiera ese territorio para ser casi tan grande como su odiada India. Hay numerosa documentación sobre la población tan disímil de eso que llamamos Afganistán, compuesto por etnias, religiones, lenguas cuyos portadores se matan entre sí. Recordemos que son los árabes suníes y los chiítas los que se matan, unos a otros. En especial, los primeros no pueden consentir que existan los segundos. Lo mismo pasa en Afganistán, donde no son árabes, sino muchas otras cosas5.
Fijémonos en uno de los personajes que parecen secundarios, y que tendrán una trascendencia esencial en la acción. Sí, habría que detallar el infierno que vive el guía de Priscilla, Khwaja Aziz Mondanabosch, que lo ha perdido todo. Es tayiko, no pastún. En consecuencia, es un blanco a abatir por cualquiera de las otras etnias o confesiones. Insiste en que Priscilla lleve los poemas que él ha escrito a determinada dirección en Londres; esos poemas están escritos en esperanto. Su insistencia parece la propia de quien ha escrito cosas que considera bellas y que anhela que sean conocidas allí donde pueden conocerse. ¿Qué le queda, si no? Le queda lo que cuenta Mahala a Priscilla en la escena final de la obra, que se trata de información secreta para la Alianza del norte.
Hay otros personajes. Podríamos detenernos en la recuperación de la música por parte del actor que vende sombreros. Que es quien comunica que la madre de Priscilla no ha muerto, sino que se ha convertido al Islam y se ha casado con un afgano. Esta noticia, temprana en la acción, enreda aún más la búsqueda de la madre ausente por parte de Priscilla, y por parte de Milton, que saldrá de Afganistán convertido en un drogadicto, aunque Kushner no insista en ello, y la última escena en la que actúa este personaje lo eleve a una dignidad que le desconocíamos. ¿Qué función cumple este vendedor, que no solo vende sombreros, sino información o mentiras, sabedor de las credulidades de quienes buscan algo tan trascendente en tierra tan ajena?
Porque la trama que define a Kabul es la búsqueda del personaje ausente, la esposa, esté viva o sea un cadáver que recuperar. Y la realidad de Kabul se impone a los personajes que llegan de fuera, Milton y Priscilla. Es que entre las miserias de este país paupérrimo, con altas tasas de mortalidad infantil y altísima corrupción, con luchas civiles, con asesinatos y, en especial, maltrato a mujeres a las que matan por cualquier cosa… un cadáver es imposible de recuperar; hay demasiados, quién sabe dónde está, hay un exceso de tumbas. Por ejemplo, según leyenda y según ilusión acaso vaga de alguno de los personajes, es en Kabul donde está la tumba de Caín.

Mahala y el suplicio de las mujeres
Ya en el segundo acto de Kabul, leemos la escena segunda, la protesta de Mahala, su desesperación, su reproche… Leer esto en cualquier momento es estremecedor. Pero leerlo cuando lo hago, en el verano de 2021, días después de la retirada occidental, días después del triunfal regreso de los talibán, días después de recibir las noticias del avance imparable de los talibán, porque el ejército afgano no quiso luchar (no es que no pudiera, es que no quiso, y entregó todo el armamento al enemigo), tiene una especial resonancia, muy dolorosa. En realidad, toda esta obra de Kushner resuena y resuena cuando pasa el tiempo, porque no adoptó el papel de profeta; puso la realidad a hablar, y la realidad suele conservar su verdad al cabo del tiempo. Pero también recuerdo la terrible protesta de Mahala en la interpretación jadeante, palpitante de Gloria Muñoz, en pastún, en francés, en español… Es algo más que estremecedor. Una mujer que era bibliotecaria, a la que ha abandonado su marido… es presa de los talibán, es presa de ese saco de odios que se hace pasar por religión.
Se ha comparado la apresurada marcha de Estados Unidos y sus aliados con la retirada de Vietnam. No es así, en Vietnam el pueblo acogió al ejército de Giap como liberación (el régimen comunista fracasó más tarde, y supo fracasar rectificando, un poco como los chinos, pero en absoluto como los soviéticos); en Afganistán, la élite ha entregado un pueblo a un régimen de terror, como el de Camboya. La denuncia que grita Mahala, en un texto escrito dos o tres años antes del 11 de septiembre, de la invasión de semanas después; el que denuncia Yasmina Khadra, musulmán, cuando describe el Kabul de antes de esa intervención: eso resuena hoy y me temo que seguirá resonando. Kabul, en buena parte, es un texto escrito en 2002, meses después de la invasión. Kushner y Mahala, Khadra y Zunaira lo saben, lo viven; esto es, las mujeres de allí lo mueren6.
Mahala también lo ha perdido todo. Tenía familia, tenía un oficio en una biblioteca. Nada de eso permanece ahora en su vida. Se lo han arrebatado. Sus compatriotas, los talibán, que para ella son los auténticos ocupantes del país, al que sojuzgan y colonizan. Mahala protesta, grita: comercian con drogas, matan mujeres y niños. Como oí una vez a una señora progresista, para regocijo de cualquier derechón sin escrúpulos (¿pleonasmo?): “demonización del talibán, te veo muy preparado para la próxima cruzada”. No puede esta señora comprender por lo que suplica Mahala a la joven Priscilla, cuando incluso se arrodilla ante ella. Le sugieren a Priscilla que esa señora se ha vuelto loca, pero la joven lo comprende bien. Mahala quiere irse, dejar Kabul, dejar su país. Y lo logrará, pese a dificultades. Pese a que se considerará que los poemas que por fin accedió Priscilla a llevar, son información, puro espionaje. No sabremos si es así, como no sabremos si la dama murió, aunque esto sea lo más probable. Tampoco sabremos si el guía ha sido realmente ejecutado, como anuncia el Mulah en la penúltima escena. Abierto, todo queda abierto. Para que permanezca, al menos, la inquietud.
En la escena final, Periplum, Mahala ha tomado el lugar de la dama del monólogo, la madre de Priscilla, la que fue esposa no muy amada de Milton. Él está ausente, están a solas Priscilla y ella. Mahala no comprende cómo viven allí (allí) los que fueron a Kabul en un turismo mortal, en una búsqueda de lo que el amontonamiento impide hallar, el ruido impide oír. “Qué hermoso es esto. ¡Estoy en un jardín! A una mujer kabulí ¿cómo podría yo expresarle lo que significan estos jardines ingleses? Tu madre es una mujer rara; descuidar un jardín. Un jardín nos enseña lo que debe de esperarnos en el Paraíso. […] En el jardín de ahí fuera he plantado a todos mis muertos”. Son las palabras finales, y las pronuncia Mahala frente a Priscilla. Esta obra, este espectáculo es, como toda obra de arte auténtica, un viaje hacia lo que acabo de decir, eso que llamamos un final abierto.
Adelantaré unas palabras de James Reston Jr. que, de uno u otro modo, han pronunciado tantos y tantos ciudadanos de Estados Unidos: “Durante todo el otoño, los periódicos y las revistas de noticias estaban atónitos ante la ira árabe. ¿Por qué nos odian tanto? La pregunta resonaba desde los tejados de los edificios”7.

El mulá, la voz de los Talibán
Pero nos falta un personaje importante, que puede parecer secundario por su escasa presencia frente a la de los occidentales y sus amigos. Leemos a James Reston Jr.: “Los personajes más originales y elocuentes de Homebody/Kabul, al menos desde nuestra perspectiva tras el 11 de septiembre, son dos personajes afganos, el mulá talibán y la mujer, Mahala. Tanto el mulá como Mahala parecen cometidos secundarios, pero hablan con mayor claridad de la situación que Estados Unidos enfrenta ahora en Asia central”8. Desde la obra de Kushner y el escrito de Reston han pasado muchas cosas. Entre ellas, la retirada de 2021, con la conciencia del absurdo de la permanencia de Estados Unidos en Afganistán tras la intervención primera de 2022. ¿Qué podía hacer Estados Unidos, potencia imperialista, potencia que ha fomentado dictaduras, potencia que enviaba a soldados que sabían mejor que sus mandos lo que estaba sucediendo, lo que podía ser y lo que no podían conseguir en modo alguno, intervención que mezclaba las buenas intenciones de quienes iban a ayudar (como Quando, acaso) con la brutalidad y la incomprensión del terreno hollado? ¿Se podía salvar a las mujeres, auténticas víctimas de los talibán, en contra del sentir de los hombres del país, que consideran sagrada la sujeción de la mujer? “No sois hombres”, le espeta Muhala a su compatriota, el traductor, “En Kabul las mujeres sí somos valientes, no como vosotros”. En esa misma escena final le dice a Priscilla que los afganos son los suyos, los suyos son los talibán, que no debería detestarlos, pero que los detesta. No se nos olvidarán las imágenes de la población angustiada, la que trataba de salir de Afganistán ante la llegada triunfal de los talibán, permitida por el ejército afgano, soportada por Estados Unidos y sus dos décadas de estancia. Esos talibán, esos defensores de la libertad a los que armó Estados Unidos frente a la moribunda Unión Soviética. Es decir, sin Estados Unidos y sin Guerra fría no habría habido talibán. La Némesis no es restauración de lo anterior ni castigo por el pecado; tampoco es venganza. Es un reequilibrio, que suele adoptar la forma de terremotos en los que ningún nuevo equilibrio está garantizado.
Ahora bien, el mulá tiene sus buenas razones. Pueden horrorizarnos, pero son las razones de la tierra, no en el sentido de costumbres, sino en el estricto, lo telúrico, que apela a Dios, y Dios no está necesariamente en el cielo, sino, quién sabe, acaso en cuevas profundas.
Como escribe Reston: “El mulá Al Aftar Durranni aparece brevemente en escena. Al empezar el acto II parece el portavoz de lo que se diría una indecente mentira: que Homebody no solo está muerta, sino que literalmente ha sido descuartizada por los «muchachos brutales» de Kabul, que la han atrapado, mal vestida y sin burka, y en posesión de música occidental libertina. Frank Sinatra corrompe. Hemos de temer a Frank Sinatra, y tiene que ser objeto de represión. Con maravillosa amenaza, el mulá dice: ‘La música impía es una afrenta al Islam: vestirse así y además la música, eso es inadmisible’». El mulá recuerda que Kabul no es una ciudad adecuada para que mujeres occidentales hagan turismo. Existe el peligro de llevar a escena las palabras del mulá con énfasis de malvado. Sería un error. Defiende sus creencias, las de esas gentes que se consideran santas después de asesinar y torturar a sus enemigos y sus mujeres. No enfaticen, no le quiten la razón mediante histrionismos exagerados. ¿No es acaso suficiente? Kushner ve, antes de 2002, lo que vencerá en 2021. Hasta hoy, porque la historia espantosa del cercano Oriente y Asia central no están escritas. Repitamos la paradoja: todo es difícil de prever, en especial el futuro. Perro, como añade el mulá: “Afganistán es talibán, y lo seguirá siendo” […] Todos conspiran contra el Islam. Irán conspira contra Islam. Durante cuatro mil años nadie ha protegido al pueblo de Alfganistán. Nadie más que Alá puede salvarlo. Y nosotros somos servidores de Alá”. Ante personajes así, que no son personas, sino tendencias abrumadoras, ¿qué puede esperar la mujer? La mujer no puede perder su condición servil sin un grupo importante de hombres que se identifique con su opción, su anhelo liberador. Afganistán no puede liberarse ni mucho menos aspirar a la democracia (espécimen extranjero, odioso) sin un grupo importante de afganos. Lo único que queda es tratar de escapar. Como Mahala. Hay que advertir que esto lo dice el mulá en la tensa penúltima escena, en la que están a punto de ejecutar, de asesinar a Mahala, que es una mujer que ha huido de su marido (el que se casó con la difunta Homebody, se supone). No la matará, la mandará al infierno, pero con una exclamación encolerizada tan solo, no se ocupa él de ese menester. En cambio, anuncia que Khwaja Aziz Mondanabosch ha sido ejecutado por traicionar las leyes de la República Islámica de Afganistán; es decir, han sabido que es un espía.
Kushner ha retratado bien el avispero afgano, sin necesidad de incluir personajes políticos de primer orden, tan solo mediante una familia que se cuela en esa trampa, que tiene para ello sus razones y sus penas. Y esa familia es trasunto de la intervención. El 11 S dio mucho de sí. Hoy sabemos que tanto Afganistán como, sobre todo, Irak, fueron algo mucho más terrorífico que un fracaso, por mucho que los Rumsfeld o los Cheney, con sus sucios negocios y el idiota de la Casa Blanca, enviaran a los chicos al peligro9 y condenaran a la región entera al caos y al surgimiento del Estado islámico, el ISIS, el Califato. Ese cisne negro. Que nos llevaría a otra historia10.
NOTA FINAL SOBRE CONTEXTOS Y DOCUMENTACIÓN
Corremos el riesgo de darle a Homebody/Kabul un contexto que no existía en el momento de su estreno y de su redacción final. Tenemos obras amplias y muy documentadas, como algunas de las mencionadas a lo largo del texto. O como un libro de 2005, oficial, del ejército estadounidense, Another kind of war (lo tienen en la red, y no se limita a la propaganda, también contiene información muy interesante). Está publicado cuando no se sabe que en unos años van a salir corriendo de allí, esto es, es muy anterior al derrumbamiento de 2021. Understanging War in Afghanistan, de Joseph J. Collins, es una publicación reciente, 2021, también del Departamento de defensa de Estados Unidos, y también accesible en la red.
Ahora bien, para conseguir contexto a Homebody/Kabul habría que buscar documentación sobre el Afganistán posterior a la salida soviética (1989) y anterior a la invasión de 2001, esto es, cuando los talibán consiguieron el poder y se nutrieron de las armas entregadas por Estados Unidos a los luchadores por la libertad (no se rían, esto es muy serio). Me fijo en unos estudios del general de brigada Leopoldo García García, uno de ellos en dos entregas y titulado El polvorín afgano. El general sabía lo que era aquello antes de la invasión de 2001. También está en la red. La Agencia de asilo de la Unión Europea acaba de publicar, de nuevo con acceso libre en la red, una puesta al día de su amplio informe Country Guidance: Afghanistan 2023.) Tienen especial interés los informes y diatribas de Noam Chomsky y otras plumas y voces que no aceptan la versión autocomplaciente oficial; como el libro citado más arriba, La retirada.
Estados Unidos entró en Afganistán por afirmar su poderío cuanto antes después del 11 S, pero no tenía especial interés en el país. Sí lo tenía en Irak, menos de dos años después, porque en Irak hay mucho petróleo, y está a ras del suelo, así que cuesta poco obtenerlo. Las armas de destrucción masiva fueron un pretexto tomado por los pelos. La codicia de Cheney y Rumsfeld, con la anuencia del idiota y la complicidad de varios idiotas aliados o bien oportunistas, llevó allá a las tropas imperiales por un motivo imperial económico: la energía. Lo de Afganistán tuvo otro motivo imperial no económico: la hegemonía. Es decir, después de la caída de la URSS y ante lo que nos han hecho en Nueva York, ¿quién manda aquí? Así que veinte años han sido demasiados años para aguantar las luchas entre etnias, clanes, tribus, grupos lingüísticos, diferencias religiosas dentro del Islam, todo eso en medio de la incomprensión e ignorancia de la élite de Washington y del propio mando. Si ustedes no quieren modernidad, y además los financian varias potencias enemigas entre sí, yo me marcho. Y se marcharon. Al principio, en 2001-2002, se dijo que las tropas defendían a las mujeres, esclavizadas en Afganistán. No sé si se lo creyó alguien, pero ahí las dejaron al final, en manos de los talibán reforzados: las victorias refuerzan mucho, en especial si las administras bien y hay otros puntos bélicos que tu enemigo tiene que atender (Ucrania, el Pacífico). La mujer tenía derecho a la educación en tiempos de la invasión soviética, y lo perdió cuando los aliados locales, señores de la guerra y comerciantes de opio (gran producto nacional), aprovecharon la ausencia de los soviéticos, expulsados con decisiva ayuda americana. Hay que fijarse en ese momento, el momento en que todavía no ha intervenido directamente Estados Unidos ni ha tenido lugar el 11 S. Es el momento de la acción de Homebody/Kabul.
Permítanme una última y no muy breve cita (se la pueden saltar, no es imprescindible). La cuestión geopolítica, económica e imperial la destaca Vijay Prashad en el citado libro La retirada. Lo dice alguien de posturas anti-imperialistas, que señala lo que ha perdido la potencia imperial por no saber conservar Afganistán:
“Si Estados Unidos hubiera podido ocupar Afganistán y convertirlo en un Estado satélite, podría haber disfrutado de tres ventajas. En primer lugar, en 2010 un informe militar estadounidense calculó que en Afganistán había metales preciosos por valor de un billón de dólares tirando bajo. Más tarde, aquel mismo año, el ministro de Minas afgano, Wahidullah Shahrani, declaró que la cifra real podría ser el triple. No hay necesidad de colonizar directamente un país para explotar sus riquezas, como podemos ver en otras partes del mundo; pero aun así es importante ponerlo sobre la mesa. En segundo término, si Estados Unidos hubiera podido controlar Afganistán, podría haber impedido el pleno desarrollo de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, liderada por China, que se propone construir infraestructuras en toda Asia Central, incluido Afganistán. Hillary Clinton esperaba utilizar a Afganistán para construir una Nueva Ruta de la Seda —como la denominó en un discurso pronunciado en 2011 en la ciudad india de Madrás—, que iría desde la India hasta los Estados de Asia Central, destinada a socavar tanto el desarrollo comercial chino de este a oeste como los vínculos históricos de Rusia con los Estados de Asia Central. En tercer lugar, el acceso a bases militares en un Afganistán clientelar podría haber dado a Estados Unidos la oportunidad de hacer de las suyas tanto en la Región Autónoma Uigur de Xinjiang, en China, como en las provincias orientales de Irán. Es cierto que la retirada no tuvo ningún efecto sobre el poder estadounidense, pero si Estados Unidos hubiera podido crear un Estado satélite, podría haber incrementado su poder en Asia, en particular para su acrecentada pugna con China y Rusia”11.
Notas
- Leo en una entrevista a Kushner realizada por Joanen Cunyant: “Ronald Reagan y sus favoritos hicieron mucho daño a la inteligencia política, no sólo en los Estados Unidos, sino por todo el mundo. Crearon y vendieron a todo el mundo una ideología basada en el egoísmo y la falta de preocupación por los demás. También hizo lo mismo con la idea de que una economía de libre mercado sin restricciones industriales era el camino al paraíso, o de que no había otro camino; también eso es liderazgo”. Reagan, Thatcher, el papa polaco… Esto es, la reacción, apoteosis de los ochenta. Y, por favor, no adjudiquen el hundimiento del bloque comunista a ese papa; fueron otros, en especial el propio bloque, no vamos a dar detalles, acaso haya que dar algunos más adelante. Tampoco fue cosa de los Estados Unidos, la CIA, la DEA; al contrario, la administración Bush (padre) trató de evitar el hundimiento de la URSS; así, como suena, pero no pudo impedir la jactancia propagandística inmediatamente posterior a los hechos de diciembre de 1991.
- No perdamos de vista ensayos como Devant l’effondrement. Essai de collapsologie, de Yves Crochet (Les liens qui libèrent, 2019). Este libro, publicado a finales de 2019, sorprende leído a finales de 2020, el año del COVID 19. O, en la misma editorial, Erik Conway y Naomi Oreskes, L’effondrement de la civilisation occidentale. Un texte venu du futur (2014). En fin, de manera más ligera pero sin concesiones, la serie de diez capítulos (solo unos 25 minutos cada uno) titulada El colapso, precisamente; es ficción, es visionaria, quién sabe si solo quimérica.
- De los periódicos, tres o cuatro años después, tras los atentados de Nueva York y Washington: Según comunicaba a sus aliados, Estados Unidos bombardeaba con misiles, el 20 de agosto de 1998, «siete campos de entrenamiento instalados por los terroristas en la frontera entre Pakistán y Afganistán y sobre una fábrica de productos químicos en Sudán». Estados Unidos no desplazó tropas para ello, ya las tenía en la región. Eran unos 25.000 soldados, 175 aviones y 25 buques de guerra. Los ataques partieron de la flota y se iniciaron simultáneamente a unos 4.000 kilómetros de distancia gracias a unos misiles Tomahawk dirigidos por satélite. Eran las 22.00 en Kabul cuando varios proyectiles cayeron en los supuestos campos de entrenamiento militar cerca de Khost, al sur de Kabul. El ataque causó veinte muertes. Dos horas antes, Bin Laden había abandonado el lugar.”
- Recordemos algo que repitió a menudo Ortega: “es el eterno vicio de los predicadores: inventar un maniqueo estúpido a fin de gozarse en refutar al maniqueo”. Tan sabio aforismo ha hecho escuela entre nosotros; se dice, se evoca, se invoca, se repite… lo que no obsta para que sigamos practicando ese turbio deporte con nuestros adversarios. Ahora bien, si a Kushner se le hubiera ocurrido una “hazaña”, un “gesto” como el de cierta influencer (cuyo nombre no quiero recordar) que se hizo fotos con burka por aquello de lo hermosa que es la diversidad, y como si un burka fuera una prenda cualquiera… caramba, la que se le habría venido encima. Además, ese gesto, que fue real y muy comentado por lo banal y al mismo tiempo vil, es inverosímil. Sí, real e inverosímil. La dama de Kushner tiene otro nivel, me reconocerán.
- En la edición final (acaso haya otras posteriores, no sé), Kushner incluye el siguiente texto, entre oros, tras la relación de personajes: “Afganistán se halla en la encrucijada de Asia Meridional y Central; sus llanuras del norte son una extensión de las estepas hacia Turkmenistán, las montañas del Hindu Kush son un aledaño del Himalaya, sus desiertos del sur son un preludio del golfo Pérsico. Lingüística, cultural y étnicamente, los uzbekos, turcomanos y tayikos del norte de Afganistán miran hacia el norte, hacia Asia Central, los hazaras ubicados en el centro miran hacia el oeste, hacia Irán, y los pastunes y baluch del sur y el este encuentran más resonancia en el este de Pakistán. Aunque distintos de ellos, cada grupo y región tiene más en común con sus vecinos fronterizos que entre sí”. (Chris Bowers, ‘A brief history of Afghanistan’, del libro colectivo Essential field Guide to Afghanistan). Los grupos, etnias y otros compatriotas enemigos reciben financiación de vecinos y amigos, además del producto del contrabando de droga. Como diría un moralista: cada vez que te chutas y cada vez que llenas el depósito está matando a alguien.
- Una novela muy clarificadora, Las golondrinas de Kabul, de Yasmina Khadra (Alianza, 2002, traducción de María Teresa Gallego Urrutia), y otra de sobrecogedora autenticidad escrita por Atiq Rahimi, La piedra de la paciencia (Sangue sabur) (Siruela, 2009, traducción de Elena García Aranda). Hay versiones cinematográficas de ambas, la realizada en dibujos animados por Zabou Bretiman y Eléa Gobbé-Mévellac, Les hirondelles de Kaboul, 2019; y la segunda dirigida por el propio novelista, con guión suyo y de Jean-Claude Carrière, Afganistán, 2012, ambas de gran interés, sobre todo La piedra de la paciencia.
- Dice Noam Chomsky: Tras el 11-S, el presidente George Bush hijo suspiró con aire lastimero: «¿Por qué nos odian? ¡Se supone que somos tan nobles y tan maravillosos…! Así que ¿por qué nos odian?». El Gobierno puso en marcha una investigación del Pentágono para responder a la pregunta de Bush. La respuesta fue: «Nos odian por lo que les hemos hecho». (Noam Chomsky en La retirada. Irak, Libia, Afganistán y la fragilidad del poder en Estados Unidos, diálogos entre Chomsky y Vijay Prashad. Traducción de Francisco J. Ramos Mena. Capitán Swing, 2022.) Chomsky añade que ya en 1958 había hecho Eisenhower una pregunta semejante, y obtuvo una respuesta idéntica.
- A Prophet on his time. Premonition and Reality in Tony Kushner’s Homebody/Kabul. En Tony Kushner, Blom’s Modern Critical Views, edición e introducción de Harold Bloom. Chelsea House, 2005.
- Leemos en un reportaje de Frank Gardner para la BBC de 30 de abril de 2021 (es decir, cuatro meses antes de la retirada del verano): “Más de 2.500 soldados de EE.UU. han muerto y más de 20.000 resultaron heridos, además de 450 bajas británicas y cientos más de otras nacionalidades. / Pero son los afganos los que se han llevado la peor parte de las bajas, con más de 60.000 miembros de sus fuerzas de seguridad muertas y casi el doble de víctimas civiles. / Se estima que el costo financiero para el contribuyente estadounidense llega casi a la impresionante cifra de US$1.000.000.000.000 (un billón de dólares). / Así que la complicada pregunta que hay que hacer es: ¿valió la pena?” Las negritas son del propio reportaje.
- Ahora bien, para los que sientan interés, curiosidad, inquietud por la desastrosa evolución de las cosas en aquella región, recomiendo vivamente un libro: Gilles Kepel: Salir del caos. La crisis en el Mediterráneo y en Oriente medio. Traducción de Elena M. Cano & Iñigo Sánchez Paños. Alianza Editorial, 2020.
- La retirada. Irak, Libia, Afganistán y la fragilidad del poder en Estados Unidos, diálogos entre Chomsky y Vijay Prashad. Traducción de Francisco J. Ramos Mena. Capitán Swing, 2022. Op. cit.