Università di Trento
Breve nota biográfica y teatral

Vi por primera vez a Jerónimo López Mozo un verano de hace veinte años, durante un curso de la UNED en Ávila, al que había acudido buscando ideas para mi tesis doctoral. Fue una ocasión especialmente afortunada, ya que no solo las encontré, sino que conocerle a él se convirtió en uno de sucesos más fructíferos de mi vida profesional y también personal. Las muchas charlas que tuve con Jerónimo en estos años, en varias cafeterías de Madrid, me han dado la posibilidad de tener una perspectiva desde dentro sobre el teatro español y de trabar amistad con una persona amable, sabia y modesta. Tengo el privilegio de haber escrito sobre sus obras un par de decenas de ensayos y cada uno de ellos ha representado un reto, ya que no es fácil entender y abarcar la profundidad de su escritura, ni imaginar la complejidad de las puestas en escena. Analizar sus obras abre un mondo de enlaces, técnicas, niveles expresivos, cruces entre lenguaje verbal y visual. Como dramaturgo, López Mozo ha atravesado la historia reciente del teatro español de manera constante, desde mediados de los años sesenta con su primera obra (Los novios o la teoría de los números combinatorios,1965) hasta ahora, con la última (Desde la valla), monólogo breve de 2022. Y lo ha hecho de una forma muy ecléctica y completa, abarcando un sinfín de temas, experimentando varios estilos y acogiendo innumerables influencias. Pero, además de ser autor de una de las producciones teatrales más extensas de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI, que casi alcanza las cien obras, Jerónimo es un hondo conocedor de la historia del teatro español contemporáneo, de sus movimientos, de las técnicas, de las tendencias, de las personas, de las relaciones entre ellas y de las dinámicas. Hablar con él permite tener una perspectiva viva del panorama escénico, editorial e incluso académico de los últimas décadas en España. Por eso, quiero empezar este rápido recorrido a través de su vida teatral, agradeciéndole la infinita paciencia y la generosidad que siempre ha tenido a la hora de proporcionarme datos, textos, documentos e informaciones, tanto sobre él como sobre el teatro español en general.
Jerónimo López Mozo nació en Girona en 1942, en una familia de ideales republicanos, pero vive en Madrid desde niño. En un artículo sumamente interesante, que publicó en 2012, “Hurgando en la memoria: un repaso a mi trayectoria teatral”, nos cuenta que fue justamente en la capital donde surgió su amor por la lectura y por el teatro, gracias a la biblioteca de su abuelo, quien había pertenecido a la Institución Libre de Enseñanza, y a la posibilidad de acudir con frecuencia, incluso entre bastidores, a representaciones de zarzuela y otros géneros escénicos. Por lo que se refiere a sus obras, ya desde sus primeras experiencias se alejó de las estéticas cercanas al realismo, muy en boga a mediados del siglo XX, prefiriendo las experimentaciones europeas y norteamericanas que a duras penan llegaban a España en aquello tiempos: el teatro del absurdo de Beckett, Arrabal e Ionesco, el teatro de la crueldad de Artaud, los happenings del Living Theatre, el teatro político y épico de Brecht. Adaptó temáticamente los recursos de estos autores al contexto español, como se nota en piezas como la ya citada Los novios (1965), que se estrenó con el Teatro Universitario de Sevilla en esa misma ciudad. A este grupo de obras tempranas, añadimos La renuncia (1966), Moncho y Mimí (1967), El retorno (1968), textos en los que predominan la incomunicación, la vejación, el malestar del hombre contemporáneo; los happenings Blanco en quince tiempos y Negro en quince tiempos (ambos de 1967), Guernica (1969) o Maniquí (1970), textos que se recogerán más tarde en el volumen Cuatro happenings (1986), publicado por la Universidad de Murcia, con introducción de Ricard Salvat.

En estos años que coinciden con el final de la dictadura, está muy presente también la denuncia social y política, en obras como Matadero solemne (1969), contra la pena de muerte, y varios textos que redactó en colaboración con otros autores (citemos, entre todos, a Luis Matilla) y el Teatro Universitario de Murcia, como El Fernando (1972), que presenta un paralelismo entre el reinado absolutista de Fernando VII y la dictadura franquista, a través de la deformación grotesca de los personajes; Parece cosa de brujas (1973), Los fabricantes de héroes se reúnen a comer (1975) o Como reses: memoria de un matadero (1979), todas ellas ambientadas en contextos que remiten a la difícil situación española de aquellos años y que se configuran como valiosos ejemplos de creación colectiva. Dediquemos ahora algunas líneas a Anarchia 36 (1970), una pieza sobre los conflictos internos al bando republicano durante la guerra civil española, entre anarquistas y comunistas, que causaron el trágico desenlace de la contienda a favor de los franquistas. Se trata de una obra sumamente compleja, con decenas de personajes y ambientaciones, que permitió al dramaturgo dar muestra de su destreza creadora, aunque no tuviera la posibilidad de estrenarla, ni siquiera una vez terminada la dictadura, por su argumento tan delicado desde el punto de vista político y doloroso desde el punto de vista emotivo. En esta temporada publicó también el volumen teórico Teatro de barrio, teatro campesino (1976), un volumen muy orientado ideológicamente, en el que cuajan sus ideas sobre un tipo de teatralidad que rompe con la tradición y que pretende renovar el arte dramático, alejándose del teatro comercial, para centrar su atención en un público marginado, geográfica y socialmente.
Como aludimos anteriormente, sus primeras experiencias como dramaturgo se desarrollaron durante la última década de la dictadura de Franco cuando no se permitía estrenar y publicar a autores considerados pocos convencionales. Por eso, en 1972, el investigador norteamericano George Wellwarth, incluyó a López Mozo en el capítulo 6 de su ensayo titulado Spanish Underground Theatre, traducido al español en 1978, que habla de una generación de autores silenciados por la censura franquista: además de nuestro dramaturgo, en el texto se citaba a José Ruibal, a Manuel Martínez Mediero y a Luis Matilla, entre otros. Desgraciadamente, una vez acabada la dictadura, no acabó el ostracismo, ya que la falta de subvenciones –que el mismo López Mozo definió “censura encubierta”– impidió su éxito comercial. A este propósito, Virtudes Serrano (2019: 16) habla de “una estructura teatral que censuró primero, ocultó después y cierra ahora los ojos ante una obra tan importante como la de quien nos ocupa”. A pesar de esta situación tan difícil, nuestro dramaturgo logró finalmente publicar casi todas sus obras y estrenar con frecuencia, si bien pocas veces en teatros nacionales o “oficiales”, prefiriendo los escenarios experimentales. Además, ganó tres decenas de premios, entre ellos recordamos el Premio Nacional de Literatura Dramática, en 1998, por la pieza Alhán, y la Medalla de la Asociación de Directores de Escena de España, en 2005. En 2006, le rindieron homenaje en la XIV Muestra de Teatro Español de Autores Contemporáneos de Alicante y también en el XIX Salón del Libro Teatral, en 2018. Desde ese mismo año, es Socio de honor de la AAT (Asociación de Autoras y Autores de Teatro). Y, por último, en 2022 recibió el “Premio a toda una vida dedicada a las artes escénicas”, otorgado por la Federación Española de Teatro Universitario en su VII Festival Nacional, por su determinante trayectoria dentro del teatro universitario.

Pero volvamos un momento a mediados de los años setenta, cuando la carrera de López Mozo estaba a punto de tomar una dirección clara, o mejor dos. Es en ese momento, de hecho, cuando su escritura se asienta en dos líneas principales “que divisamos a lo largo de toda su trayectoria: la primera, centrada en el compromiso político y civil, que abarca temas de la historia reciente o de la actualidad para llegar a una reflexión ideológica y ética sobre la sociedad, sin dejar a un lado, a menudo, una indagación sociológica sobre el papel del artista; la segunda, orientada hacia la investigación metateatral y metanarrativa en la creación del dramaturgo o del artista, decantándose por un más explícito juego formal. Estas dos vertientes, marcarán toda su producción posterior” (M. Fox, 2019: 148) y ahora vamos a analizarlas más detenidamente. Por cuestiones de espacio, vamos a citar solo algunas de las muchísimas obras de López Mozo. Quien tuviera interés en conocer la bibliografía completa del autor puede encontrarla en Serrano (2019: 83-96) y en Fox (2019: 169-184), dos ensayos bastante recientes que incluyen también una bibliografía de estudios sobre el dramaturgo y sus obras.
Las obras comprometidas social y políticamente
Aparte de casi todas las piezas tempranas, que he citado anteriormente, al primer grupo de obras pertenece una más a la que merece la pena aludir. Se trata de Los sedientos, una obra de 1965. Este texto breve encara las miserables condiciones de vida de los campesinos y la lucha de clase, en un contexto social de falta de agua y de dominio de pocos privilegiados, presentadas con algunos recursos que constituirán el núcleo estilístico de su teatro de compromiso posterior: el personaje colectivo, los objetos metafóricos, la tendencia a lo épico. Hay que recordar también que esta obra pudo llegar al escenario, pero solo en condiciones de clandestinidad, en la provincia de Sevilla, gracias el Teatro Estudio Lebrijano, un grupo universitario, y ese montaje fue la primera y única ocasión en la que López Mozo estuvo a punto de ser detenido.
Cabe ahora dar un paso adelante y mencionar algunos textos escritos a partir de los años ochenta, textos que vierten sobre la memoria histórica en España y su lastre, un tema muy practicado por el dramaturgo. De hecho, Serrano (2019: 17) afirma que “López Mozo es uno de los autores de referencia obligada al hablar de la memoria histórica del teatro español desde la segunda mitad del siglo XX”. Uno de los elementos que hace de él un punto de referencia es la perspectiva que emplea para poner en escena el recuerdo. Analizando justamente una de estas obras, Bagaje de 1983, hablé en 2015 de “teatro metamnemónico”, un tipo de teatralidad que “no sólo pone en escena el pasado y es trámite de la memoria, alimentando de esta manera la rememoración por parte de los espectadores, sino que muestra en el escenario la memoria misma, la dramatiza y la convierte en un elemento estructural de la pieza, no simplemente en un eje temático. No es, pues, la mera memoria lo que se ve representado en el escenario, sino el «hacer memoria», y esto conlleva un doble filtro para los recuerdos: el de los espectadores y el de los personajes, ya que son éstos últimos los que ponen en marcha el recuerdo a través de su propia memoria de los hechos que proponen al público” (Fox 2015: 210). En Bagaje, a través de varios objetos empaquetados presentes en el escenario, una pareja de jóvenes, en un primer momento reticentes, llega a conocer el pasado de su país gracias a un anciano guarda que custodia el almacén y protege los recuerdos de quienes dejaron allí los bultos. El conflicto generacional y las distintas modalidades de encarar el pasado vuelven a aparecen en El arquitecto y el relojero (1999), recientemente traducida al italiano y estrenada en Roma. A esta misma línea de la memoria histórica de España pertenecen también El olvido está lleno de memoria (2002), sobre el exilio republicano y el difícil regreso a España, y Cúpula Fortuny (2011) que trata de la experiencia de Cipriano Rivas Cherif en la cárcel.

Otras obras de carácter rememorador que pertenecen a este apartado vierten sobre personajes femeninos de la historia española y latinoamericana. Yo, maldita india… (1988) tiene como protagonista a La Malinche, mujer indígena, amante de Hernán Cortés y madre de la cultura mestiza, e intenta reconstruir su controvertido papel en la conquista de América a través de las palabras de un anciano Bernal Diaz del Castillo. En Las raíces cortadas (Victoria Kent y Clara Campoamor: cinco encuentros apócrifos), de 2003, se pone en escena el debate sobre el sufragio femenino de 1931 entre las dos diputadas españolas que lo protagonizaron. En cambio, se centran en la actualidad una serie de piezas cuyos ejes temáticos son, por ejemplo, los marginados como Eloídes (1990), sobre los sin techo, y Alhán (1995, Premio Nacional de Literatura Dramática 1998), sobre la inmigración, dos de sus obras más logradas y que más éxito han tenido. En tiempos más recientes, López Mozo ha vuelto a plantearse las mismas cuestiones en El in(v/f)ierno de Khaled Massoud, actor (2019), y en su última pieza breve, Desde la valla (2022). También ha abarcado el problema del terrorismo, tanto nacional, en Puerta metálica con violín (2000) y en Hijos de Hybris (2001), como internacional en Extraños en el tren/Todos muertos (2004) y en Bajo los rascacielos (2004), sobre el 11M y el 11S respectivamente. El critico norteamericano John P. Gabriele dedicó en 2011 un volumen al análisis de las últimas tres de las obras que acabo de mencionar.
Otra temática a la que López Mozo se ha dedicado es la violencia de género, en obras como Ella se va (2001), también recientemente traducida al italiano, u Orden de alejamiento (2017). La primera de estas dos es sumamente interesante porque observa el problema desde el aspecto psicológico y emotivo de la violencia, el más difícil de demostrar, dejando a un lado la agresión física. En 2013, escribió José Barbacana que tiene como telón de fondo el movimiento del 15M, también conocido como “los indignados”; en esta obra pone en escena los efectos sociales de la burbuja inmobiliaria, de los desahucios y de la corrupción política. Para concluir, incluimos en este apartado también algunas obras piezas escritas durante el confinamiento por el Covid en el año 2020, agrupadas bajo el título “Desde mi celda” y en su mayoría inéditas.
Este conjunto de textos comprometidos, muy vinculados con el periodo histórico en el que se escribieron, tiene como propósito explotar las potencialidades políticas del teatro, informar al público y empujarlo hacia la toma de conciencia. Para hacer eso, López Mozo vincula contenido y forma, experimentado varias técnicas que cuajan en un estilo original y en un sabio uso del medio teatral: los diálogos densos, el uso evocativo de los objetos, la intermedialidad a través del uso, por ejemplo, de pantallas y grabaciones, recursos metateatrales, la intertextualidad. Estos últimos dos elementos serán los protagonistas también de las obras que trataremos en el siguiente apartado.
Las obras metatextuales e intertextuales
Al segundo grupo de obras en que he querido dividir la producción de López Mozo, pertenecen piezas que reinterpretan textos o personajes clásicos, no solo teatrales, sino también de otras expresiones artísticas, tanto literarias como plásticas. Se puede tratar de una reescritura, más o menos libre, o bien de una inspiración; incluso la fuente de inspiración puede ser muy explícita o simplemente aludida. Sin embargo, la reescritura en el caso de López Mozo nunca es un mero ejercicio de estilo: los aspectos metateatrales, la intertextualidad y la intermedialidad permiten ampliar el alcance de las piezas, gracias al hábil juego de ecos y resonancias, y volver a interpretar textos antiguos a la luz de circunstancias actuales. Esta nueva vertiente creativa la inauguró con Comedia de la olla romana en que cuece su arte la Lozana (1977), basada en el texto de Delicado. Se habían planeado varias representaciones nada más escribirse, pero, aunque ya supuestamente no hubiese censura, la gira tuvo que suspenderse por el escándalo que se montó a raíz de la escena del encuentro amoroso entre la Lozana y el papa. Este texto se quedó en el cajón hasta que la profesora italiana Silvia Monti lo publicara en 2007.
Entre las muchas piezas de López Mozo que toman como referencia otras obras, recordemos, por ejemplo, D.J. (1986), basada en la historia de un don Juan homosexual; La misma historia poco después (1992), una continuación de la obra de Edward Albee, La historia del zoo (1952); o Tartufo (1994), versión libre de la tragicomedia de Molière. Una obra icónica en este sentido es Los personajes del drama (1987) en la que salen al escenario varios personajes de textos teatrales que influyeron considerablemente en la formación de López Mozo, escritos por autores como Ionesco, Beckett, Alfred Jarry, García Lorca, Gómez de la Serna y Valle-Inclán, entre otros. Se trata de dramaturgos –tanto españoles como internacionales– que no tuvieron vida fácil en los escenarios españoles de los años sesenta y setenta, cuando López Mozo empezó su trayectoria teatral y que, justamente por eso, lo apasionaron y a los que quiso rendir homenaje. Es un texto que tiene un fuerte carácter metateatral, ya que, al fondo del escenario, hay otro escenario en el que cobrarán vida los personajes de las distintas obras que se citan.
Una de las piezas más estudiadas de López Mozo entra en este apartado. Se trata de La infanta de Velázquez (1999) en la que la pequeña Infanta Margarita Teresa de Austria sale del lienzo pintado por Velázquez para empezar un viaje de trescientos años entre batallas y guerras, hasta encontrar, en su estudio de Cracovia, al autor, director y artista plástico polaco Tadeusz Kantor. La estudiosa norteamericana Eileen Doll, en un volumen de 2008, estudió detenidamente cómo en varias obras –pero sobre todo en esta– el dramaturgo juega con los niveles temporales, confundiéndolos y mezclándolos, y cómo incorpora al sistema teatral una variedad de signos que pertenecen a otras formas artísticas: pintura, escultura, cine…
Continuando en este ámbito, recordamos también: El escritor y su biógrafo (2004), inspirada en el escritor y periodista Francisco Umbral, quien proporcionó a su biógrafo, datos en los que vida y literatura se mezclan; El engaño a los ojos (1997), En aquel lugar de la Mancha (2005) y Pedro de Urdemalas (2015), sobre Cervantes y sus obras; Los Macbeth (2007), una recreación de la tragedia de Shakespeare; Puerta del sol. Un episodio nacional (2008), basado en los textos de Pérez Galdós, que tuvo en 2008 un espectacular montaje gracias al director Carlos Pérez de la Fuente, en el Teatro Albéniz de Madrid, organizado por la Comunidad de Madrid y la Fundación Dos de Mayo, con ocasión del bicentenario de 1808. Por último, quiero recordar La bella durmiente (2010), una de las piezas más oscuras y eróticas del autor, basada en las perversiones que pueblan los cuentos de hadas. Es un texto inquietante y perturbador, que ahonda en los leyendas tradicionales para mostrar sus lados más perversos, los aspectos más truculentos y ambiguos, revelando una clave de lectura más orientada a un público maduro que infantil, ya que subraya los aspectos que vierten sobre la iniciación a la vida adulta.

La metatextualidad y la intertextualidad son recursos muy usados en el teatro postmoderno, que permiten romper con la representación mimética y superar discursos y sistemas anteriores. Las obras de López Mozo específicamente dedicadas al diálogo con textos de otros autores y que incluso pertenecen a otras artes, son muchos, como hemos visto. Pero el juego metatextual e intertextual está presente también en sus piezas comprometidas, pensemos por ejemplo en Ella se va, donde el hilo narrativo de la violencia emotiva en el seno de una pareja se entrelaza con escenas de Casa de muñeca de Ibsen o con alusiones a Don Juan y a la película Casablanca. Como afirma John Gabriele (2006: 211), leer o ver los textos de este autor es “leer o ver varios textos, interiores y exteriores, pasados, presentes y futuros, inmediatos y lejanos, prueba última del refinado sentido de composición que posee López Mozo y la complejidad estética e intelectual de su dramaturgia”.
Los años más recientes
Aunque es evidente que su trayecto creativo no ha tenido nunca momentos de baja desde los años sesenta, no se puede dejar de notar que es a partir del nuevo siglo que las obras de López Mozo ganan la merecida atención, con numerosos estrenos y ediciones, incluso de textos más antiguos: pensemos, por ejemplo, en Los personajes del drama, obra de 1987 de la que hemos hablado antes, publicada en 2019 por la revista Acotaciones, o en Muerte apócrifa de Antonio Machado según Luis Buñuel, escrita en 1979 y publicada posteriormente en 2020, con el título Aquellos viejos antifascistas. Por lo que se refiere a las puestas en escena, en 2010, se montó el monologo La diva, escrito en 1982, gracias a la actriz Ana Asensio: en él, la protagonista recuerda su carrera y echa en cara su desprecio a personajes ausentes de su pasado. En los últimos años se ha multiplicado también las traducciones, sobre todo al italiano (Ella se va/Lei se ne va, El arquitecto y el relojero/L’architetto e l’orologiaio) y al francés (Las raíces cortadas/Les racines coupés, La bella durmiente/La belle (au bois) dormant), solo para citar algunas.
Centrándonos más concretamente en la creación dramatúrgica, a partir de comienzos del siglo XXI, López Mozo se dedica especialmente al teatro breve y, a menudo, a la escritura por encargo, originada por propuestas u ocasiones concretas de publicación o de puesta en escena. A pesar del cambio formal, no cambian los temas, ni las ganas de buscar vías innovadoras: el compromiso, la atención hacia sucesos actuales, la memoria histórica, la metateatralidad, la experimentación, junto a una acentuada reflexión sobre el rol del artista y del arte en la sociedad contemporánea marcan los textos de esta última etapa creativa. El hecho de que haya elegido dedicarse al teatro breve en los últimos años no es casual, sino consecuencia de la época en la que vivimos. La brevedad, la síntesis, la rapidez, la fragmentariedad, la sugerencia son marcas específicas de la contemporaneidad y de una estética postmodernista.
Una fuente esencial de información sobre su carrera (sobre todo de los años en los que aún no había alcanzado su merecido reconocimiento) es el volumen Las manos en el cajón (Papeles sueltos), publicado en 2020, pero escrito a lo largo de las décadas anteriores. Se trata de una antología de reflexiones sobre la escritura, de análisis sobre el papel del escritor en la sociedad, de capítulos de novelas sin concluir, de textos teatrales inéditos hasta aquel momento e incluso de dos guiones. En fin, una obra imprescindible para conocer en su totalidad la labor de nuestro dramaturgo. Para terminar este recorrido a lo largo de la trayectoria creativa de Jerónimo López Mozo, recordamos que es también autor de una novela inédita, El happening de Madrid (1978), de varios cuentos, algunos de ellos galardonados, y de un libro de viajes sobre Almería, escrito en los años sesenta.
Concluimos recordando que Jerónimo ha sido muy frecuentemente objeto de investigaciones de carácter académico, destacando en este ámbito el papel de las universidades norteamericanas (recordemos a John P. Gabriele y Eileen Doll, entre otros), además de las europeas (Virtudes Serrano es editora de tres obras suyas para la prestigiosa colección “Letras Hispánicas” de Cátedra, en 2019: Yo, maldita india…, La Infanta de Velázquez y Ella se va). Tampoco hay que olvidar que López Mozo ha sido y es crítico y periodista teatral en revistas especializadas (Pipirijaina, Reseña, El Público Yorick, Teatro), secretario de asociaciones de teatro, miembro de jurados, ponente en congresos y seminarios, profesor de talleres, actividades que van formando una figura de hombre de teatro total, comprometido en todos sus aspectos.
Si bien es evidente que López Mozo no ha recibido a lo largo de su trayectoria la atención merecida, debido a las circunstancias históricas y políticas en las que se fraguó su actividad creadora, también es cierto que el valiosísimo conjunto de obras que nos ha ofrecido en los últimos cincuenta años constituye un tesoro que paulatinamente está siendo llevado a la luz, gracias al interés de varios críticos y de editores. Pero el teatro llega a una realización completa en las tablas, no solo en las páginas. Así que quiero terminar este muy breve recorrido, expresando la esperanza que pronto puedan cobrar vida en los escenarios que nuestro autor merece, todas sus obras que aún quedan en el cajón.
Bibliografía citada
Doll, E. (2008). El papel del artista en la dramaturgia de Jerónimo López Mozo. Juegos temporales e intermediales. Iberoamericana/Vervuert.
Fox M. (2015). “Un ejemplo de teatro metamnemónico: el recuerdo de la dictadura en Bagaje (1982), de Jerónimo López Mozo”. M. T. Ibáñez Ehrlich, La memoria que no cesa. Perspectivas sobre la Literatura de la Memoria. Editorial Académica Española: 206-220.
Fox M. (2019). “Jerónimo López Mozo: compromiso y metateatralidad”, Acotaciones 42: 147-184.
Gabriele J. P. (2006). “Intertextualidad e intratextualidad en Combate de ciegos de Jerónimo López Mozo”. Siglo XXI, literatura y cultura españolas: revista de la Cátedra Miguel Delibes 4: 201-212.
Gabriele J. P. (2011). El terrorismo en las tablas: tres obras de Jerónimo López Mozo. Fundamentos.
López Mozo J. (2012). “Hurgando en la memoria: un repaso a mi trayectoria teatral”, Anagnórisis 6: 1-17.
Serrano V. (2019). “Introducción”. J. López Mozo, Yo, maldita india… La infanta de Velázquez. Ella se va. Cátedra: 9-118.
Wellwarth G. (1972). Spanish Underground Drama. The Pennsylvania State University.