Quince minutos.
Quince asistentes.
Quince metros cuadrados
EduLogic Producciones tiene doce años de vida, tres socios, cuatro profesionales como plantilla más o menos fija (todo lo fija que el sector permite), unos seis o siete más que forman parte de elencos frecuentes e innumerables compañeros de las tablas que, en uno u otro puesto, han formado, forman y formarán parte de esas locuras que, por eso de disimular y no asustar, llamamos montajes o proyectos.

De esos doce años de existencia, los ocho últimos han estado íntimamente ligados al microteatro, que ha convivido con montajes de largo formato, proyectos a medida, dinamizaciones patrimoniales, campañas educativas y todas esas formas y formatos teatrales que, por eso de la cabezonería e insensatez de querer vivir de esto, tocamos, acariciamos, sobamos y achuchamos en la mayoría de ocasiones con gusto y ganas.
Una mirada al suelo.
Cuatro respiraciones contenidas.
Dos estornudos inoportunos.
No creo que nadie se sorprenda al leer que una de las cosas que más nos gusta de este formato es la cercanía con el público. Con ese público novel que acude por primera vez a un pase de microteatro sin saber muy bien dónde se mete y con ese otro que ya te conoce y que viene ansioso porque le sorprendas, le incomodes, le abraces, le emociones o le provoques carcajadas una vez más.

Esta ausencia de distancia física te permite conectar con el espectador de una forma mucho más intensa y te regala la posibilidad de ponerle cara, de ser partícipe directo de sus reacciones de forma inmediata y de compartir, con algo de suerte, esa atmósfera y tensión teatral que en un montaje de largo formato llega, sin duda, al que ocupa la butaca de una manera muy diferente.
Una conexión que, por supuesto, tiene sus ventajas y sus inconvenientes…
Una alarma de móvil asesina.
Dos pases con dos personas.
Un grito en la sala de al lado.
También me parece importante destacar el proceso creativo al que te obliga formar parte de un proyecto más o menos fijo de microteatro, con una programación mensual que debe ser variada y original, adaptada a los diferentes formatos que se ofrecen (sesiones de tarde, golfas, infantiles o familiares…) y enfocada a un público que, si disfruta, repite. El público de una ciudad
universitaria y cultural, dispuesto a que le sorprendan, pero, sin duda, mucho menor en número que en esa capital en la que se inició todo esto y que cuenta con más población y por tanto, con más espectadores potenciales.
Son menos sí, pero con ganas… y con muchos menos problemas a la hora de desplazarse, hacerse hueco y dejarse llevar por la experiencia. Como decía antes, todo tiene sus ventajas.
Ocho folios.
Dos personajes.
Un mando para el apagón final.
Los textos que, desde EduLogic Producciones, hemos «puesto en pie» para los diferentes montajes de microteatro que hemos llevado a cabo (salvo en dos o tres ocasiones contadas en las que un autor nos ha contactado pidiendo que produjéramos o interpretáramos un guión concreto) han sido textos de creación propia. Textos originales de principio a fin o adaptaciones libres de obras de la literatura universal a los que hemos dado un giro importante.

Si tenemos en cuenta que durante más de seis años hemos estado dentro de la programación habitual de microteatro de un espacio escénico concreto (y que hemos exportado algunos de esos montajes a otros espacios y formatos), contando algunos meses con dos, tres, cuatro montajes diferentes dentro del mismo, sin duda, han sido muchos los guiones creados, los textos interpretados, los montajes producidos.
En definitiva, durante estos años, el nivel de creación de la compañía ha sido vertiginoso, lo que hace que, en estos momentos, contemos con más de cincuenta montajes de microteatro en activo para poder representar en función de las necesidades o gustos de quien nos contrata o para conformar paquetes «temáticos» como el mes dedicado a la mujer, las celebraciones por el día del libro, San Valentín o los clásicos de la literatura universal. Y eso sin olvidar aquellos que, por haber sido creados para un espacio concreto, para un momento concreto o que requieren un tiempo de adaptación del que, afortunadamente, ahora no disponemos, se han quedado ahí… en nuestro purgatorio particular, pero que laten a la espera de volver a ver la luz en cuanto tengamos la posibilidad de dedicarles un ratito para actualizarlos y ponerlos guapos para el respetable.
Una risa tonta.
Tres manos levantadas.
Cinco preguntas en el tintero.
Y en esta montaña rusa creativa en la que vivimos, en este ir y venir de facturas, impuestos, guiones a memorizar, gastos de producción, reutilización imaginativa del material escenográfico y labores administrativas que, como teatreros, nos gustan poco, pero sabemos indispensables, toca, una vez más, reinventarse.

Toca reinventarse porque el espacio cierra y te deja una cantidad nada desdeñable a deber, porque te encierran durante meses y tu cabeza da todas las vueltas que no pueden dar tus pies y porque esa ventana que dicen que se abre cuando una puerta se cierra sólo te sirve ahora para dar un par de bocanadas del aire fresco que se te niega y para aplaudir a otros que lo necesitan más que tú.
Y es ahí cuando el microteatro te sorprende de nuevo. Te dice ¡eh! Que sigo aquí, que vamos a poder con esto y que me cuelo por huecos que se hacen demasiado complicados para mis «hermanos mayores». Y llegaron, cuando nos dejaron, las jornadas de microteatro y debate. Tematizadas, especializadas, y dando la posibilidad al público de charlar después con los actores, los directores, los autores de esas historias de apenas 15 minutos que antes veían con una cerveza en la mano y ahora disfrutan en las diferentes salas de la biblioteca, del instituto, de lugares poco convencionales.

Gracias a este formato, los responsables de las bibliotecas consiguen que los usuarios en potencia de las mismas acudan por fin a visitarles y conozcan los espacios que tienen a su disposición, los profesores muestran a sus alumnos que quizá la Celestina es más interesante de lo que a simple vista parece cuando te obligan a leer algo y encima está en castellano antiguo, o que el Segismundo de Calderón de la Barca bien podría ser en la actualidad un boxeador retirado que da charlas de coaching y superación y que trata de vender su libro, sobre la vida y sus sueños. Gracias a este formato, tenemos la oportunidad de charlar tras unas jornadas sobre la violencia con quienes la soportan o trabajan para erradicarla o simplemente solventar las dudas que nuestro trabajo genera a quien se sienta en un taburete a escasos centímetros y tiene la generosidad de entrar en la historia que queremos contarle.
Y eso llena. Llena porque te das cuenta de que no solo transmites un mensaje, sino que estás contribuyendo a crear un nuevo espectador, del micro o del macro, pero del teatro, al fin y al cabo.
Y el abrazo de después.
El aplauso espontáneo.
La frase agradecida.
Eso no forma parte de ninguna estadística. Y, curiosamente, es la cifra que más te marca… y la que hace que sigas adelante.