Drama 63

Las Puertas del Drama
TEATRO ESPAÑOL ENTRE 1975
Y 2025 (50 AÑOS DE DEMOCRACIA)
Nº 63

SUMARIO

Presentación

EL TEATRO EN 1975 Y EN 2025

Nuestra dramaturgia

Socio de honor

Cuaderno de bitácora

Infancia y juventud

Teatro Exprés

Reseñas

De lo invisible: el teatro de Nieves Rodríguez Rodríguez

Lola Fernández de Sevilla

Asistimos últimamente a las polémicas suscitadas por la coincidencia de diferentes sucesos culturales que parecen haber puesto sobre la mesa la cuestión de la fe o lo espiritual, y su pertinencia en nuestros días. El estreno de la película Los domingos (Alauda Ruiz de Azúa, 2025), y el de Lux, el último disco de la cantante Rosalía, nos tienen dándole vueltas a todo esto que nos parecía tan antiguo y ¡ay! resulta que ahí sigue. Leo críticas musicales y de cine que intentan explicar, entender tal vez, por qué de pronto otra vez. Escucho por otra parte diversas conversaciones sobre si tal técnica de psicoterapia es o no científica; como si la apelación a hormonas y neurotrasmisores pudiera tranquilizarnos en algún sentido, justificar al menos nuestros malestares. Vivimos en sociedades seculares, que se creen laicas, y de repente, ahí nos vuelve a estallar, entre las manos, lo invisible.           

¿Cuánto malestar es capaz de generar la historia de una chica de diecisiete años que quiere ordenarse en un convento de clausura? ¿Y la confesión de celibato, por parte de Rosalía, en una entrevista en la televisión pública? ¿Tiene todo esto que ver con la connivencia tácita con el auge de la ideología de extrema derecha, o es otra cosa?

Desde la dramaturgia y el teatro, vengo a reflexionar en estas páginas acerca de la obra de Nieves Rodríguez Rodríguez (Madrid, 1983). Y si empiezo con Los domingos y con Rosalía no es como un recurso de marketing editorial, ni por lanzar captatio benevolentiae alguna. Es que, en el teatro, pienso, lidiamos desde tiempos inmemoriales con aquello que no se ve. Y quizá el caso de la dramaturga que nos ocupa nos pueda iluminar, de forma especial, al respecto.

Nieves Rodríguez Rodríguez se gradúa en Dramaturgia en la Real Escuela Superior de Arte Dramático (2013), y posteriormente se doctora en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid (2022). Es especialista en la obra de la filósofa y escritora María Zambrano, pensadora con la que Rodríguez Rodríguez traba una relación que va más allá del estudio académico. Una buena parte de su labor docente e investigadora se vierte en publicaciones como Primer Acto y Las Puertas del Drama. Y, sobre todo, en el desarrollo constante de una carrera sólida y consistente como dramaturga; quizá una de las principales en nuestro contexto hispanohablante, cuya obra nadie debería dejar de leer. La misma es, además, como digo, muy pertinente en relación con esta cuestión de lo invisible.

Dolor, compromiso y memoria

Simone Weil, figura fugaz en la filosofía de la primera mitad del siglo XX y con quien sé que Nieves Rodríguez siente gran afinidad, nos habla de un mundo (el de los años de la Guerra Civil española en la que participa durante tres meses, y de la Segunda Guerra Mundial) tristemente gobernado por la gravedad: la fuerza del ojo por ojo, del abuso del poderoso sobre el débil que, consecuentemente, será cada vez más débil. A esta fuerza ciega y embriagadora, responsable de tantos conflictos e injusticias grandes y pequeñas, Weil contrapone la esperanza de la gracia, una ley que no puede ser de este mundo (de ahí su giro místico) y que se concreta en una atención creadora, consistente en prestar ojos y oídos a la humanidad del otro o la otra: un acto de compasión pura porque “el amor ve lo invisible”.

El teatro de Nieves Rodríguez está lleno, desde sus comienzos, de atención hacia el lado menos poderoso del mundo. En su ‘Trilogía del delirio’, formada por las obras La araña del cerebro (V Premio de Textos Teatrales Jesús Domínguez), Una cerilla mi cabeza (Finalista del Premio Ediciones Invasoras 2018) y Cráneo rojo sobre fondo sueño, su teatro se perfila como una indagación en los fantasmas que acechan en las relaciones familiares, desde la violencia al desahucio.

Son obras dolorosas, donde la dramaturgia se despliega como vía de iluminación de realidades muy oscuras. El acto de atención pura que reivindica Weil. Y es que lo injusto, lo que nos hace temblar, no siempre se encuentra donde pensamos; a veces es necesario un acto de recuerdo, de traer al presente aquello que pensamos ya olvidado.

En la ‘Trilogía del mañana’, dedicada a temas de recuperación de la memoria, las obras Libro de la utopía, Eres niña y eres cuervo y tienes cien años y Palimpsesto (Cuaderno de Dinamarca) trazan una suerte de viaje por la historia de los oprimidos. Me detengo en este último título, que en 2024 ha sido merecedor del Premio Lope de Vega que concede el Ayuntamiento de Madrid. La obra explora la memoria de las niñas y los niños exiliados en 1937 a Dinamarca, a través de un viaje intergeneracional entre dos tiempos: el de la guerra y el nuestro, el de quienes recordamos.

Por toda la hermosura (cartografía textual para un jueves), de Nieves Rodríguez Rodriguez. Dirección de Manu Báñez. Teatro Valle Inclán, CDN, 2017. Foto:MarcosGPunto.
Por toda la hermosura (cartografía textual para un jueves), de Nieves Rodríguez Rodriguez. Dirección de Manu Báñez. Teatro Valle Inclán, CDN, 2017. Foto:MarcosGPunto.

Junto con la preocupación por la memoria (o la desmemoria, más bien), Nieves articula muchas de sus dramaturgias en torno a quienes, antes y ahora, deben marcharse de manera forzosa de su tierra para poder sobrevivir. La realidad migratoria actual se sitúa en el centro de un texto como Aquí duermen ciervos, que fue II Premio Ana Diosdado de la Fundación SGAE en 2020, y que recrea la tragedia de las vidas cercenadas en el transcurso de las travesías marítimas a bordo de pateras. “Escuchar el grito de los heridos”, como proponía el filósofo pragmatista William James; indagar en las historias minúsculas, pequeñas, para que la Historia mayúscula no se siga repitiendo. Ese mismo grito, y esa misma escucha, presentes también en su obra Por toda la hermosura (cartografía textual para un jueves), estrenada por el Centro Dramático Nacional en 2017, y más recientemente, en Mi sueño de invierno, a través de la Guerra de Ucrania y del éxodo de personas refugiadas a Suecia. Volveremos sobre esta última, pues dedicaré un apartado final a analizar de forma más pormenorizada los textos que se dirigen a la infancia y la juventud.

Y debemos hablar también de las obras que, sin constituir trilogía ni por tanto mantener unidad intencionada entre sí, Nieves Rodríguez Rodríguez dedica o entrelaza a la figura o la obra de María Zambrano. Tal y como he mencionado antes, el vínculo de la dramaturga con Zambrano es profundo, y no se limita al estudio o la recuperación de sus ideas. Obras como La tumba de María Zambrano –pieza poética en un sueño–, estrenada por el Centro Dramático Nacional en 2018, la versión de La tumba de Antígona (obra de Zambrano del año 1967) que en 2023 realiza para la Compañía Karlik Danza Teatro y el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, o su propia tesis doctoral, dan cuenta de un proceso de escritura-como-mediación en el que lo que se establece es más bien un puente, una suerte de comunicación directa, todo un despliegue de razón poética transecular y compartida entre ambas autoras. Es difícil explicar esto con palabras, aunque basta escuchar las de Rodríguez Rodríguez cuando invoca a María.

La tumba de María Zambrano (pieza poética en un sueño), de Nieves Rodríguez Rodríguez. Dirección: Jana Pacheco. Teatro Valle Inclán, CDN, 2018. Foto: MarcosGPunto.
La tumba de María Zambrano (pieza poética en un sueño), de Nieves Rodríguez Rodríguez. Dirección: Jana Pacheco. Teatro Valle Inclán, CDN, 2018. Foto: MarcosGPunto.

La palabra poética

Y es que la dramaturgia de Nieves Rodríguez Rodríguez es una escritura esencialmente poética, como si la poesía y no otra fuera la herramienta, el único arma dialéctica y expresiva capaz de consumar ese acto de atención creadora del que habla Weil en sus textos.

Desde la complejidad de sus primeros trabajos, yo diría que esta palabra se ha ido despojando de retórica; que la dramaturga ya no se sirve de artificio alguno, sino que nos la sirve de manera directa, buscando siempre la metáfora y el simbolismo, y la belleza, eso sí. Quién sabe si en este proceso paulatino de dar con el lenguaje más puro no ha jugado su dramaturgia dirigida a la infancia una pieza clave. Lo veremos en el siguiente apartado, con el que me gustaría cerrar toda esta reflexión.

Las palabras, de Nieves Rodríguez Rodríguez

Pero antes, quisiera traer aquí el último título publicado, fruto de las Residencias Dramáticas del CDN de este año 2025, y que es tan elocuente como Las palabras. En esta historia, con ecos de thriller negro, la protagonista es una lingüista forense empeñada en escarbar en las circunstancias precisas que han llevado al apuñalamiento de un menor en un centro educativo. El propio lenguaje como indagación, por tanto, se erige en el tema central de la historia. La necesidad de bucear en las palabras, de arañarlas, para conseguir que lleguen más allá de sí mismas y nos atraviesen: razón poética.

El lenguaje poético de Nieves Rodríguez Rodríguez se articula entonces como una vía de mediación. Con la memoria, con Zambrano… con lo invisible. Porque en teatro ¡ay! nos vemos obligadas y obligados a trabajar con lo que no se ve, ya desde la misma escritura. Quizá pocas veces sea menos cierto que 1 más 1 es igual a 2, que al escribir teatro. (Y esto, con permiso de la autora, que en ocasiones realiza auténtica geometría poética). A veces son 3, o 4, o… Quienes escribimos sabemos que el proceso creativo siempre conlleva hallazgos: hay que estar preparada para abrir los brazos a lo imprevisto.

Las infancias

He querido dejar para el final la reflexión en torno al trabajo que Nieves Rodríguez ha realizado para la infancia y la juventud, porque entiendo que el mismo no es, como tantas veces se considera, menor ni periférico. La infancia no es anecdótica en la obra de esta dramaturga, que titula ‘Trilogía de la amistad’ a la tríada de textos conformada por Semillas bajo las uñas, Lo que vuelve a casa (y otros árboles) y La siembra de los números.

En todos estos textos tenemos la presencia de tres parejas de niñas protagonistas, choque de caracteres mediante. En el primer caso con el trasfondo del terremoto de Haití de 2010; en el segundo (Premio SGAE de Teatro Infantil 2017 y que tuve la suerte de dirigir el año siguiente en formato de lectura dramatizada en la Sala Berlanga de Madrid), recreando un encuentro imaginario con las niñas nigerianas del secuestro de Boko Haram; en el tercero (XXIX Premio de textos teatrales dirigidos a público infantil de la Escuela Navarra de Teatro), en los campos de algodón de Lambayeque (Perú). La amistad, por cierto, un término también muy weiliano.

Y señalar de nuevo la existencia de estos dos textos recientes, Las palabras y Mi sueño de invierno, que, aunque ya hemos mencionado, no queremos dejar de destacar como proyectos específicamente dirigidos a la juventud; un público además olvidado demasiadas veces.

Mi sueño de invierno, de Nieves Rodríguez Rodríguez. Dirección: Ramón Verdugo. Teatro Las Tablas, México, 2023.
Mi sueño de invierno, de Nieves Rodríguez Rodríguez. Dirección: Ramón Verdugo. Teatro Las Tablas, México, 2023.

Las obras de Nieves Rodríguez que se dirigen a la infancia y la juventud dialogan en clara continuidad con las que se dirigen a públicos adultos, en el sentido de los temas y problemáticas que aborda, nada ingenuos. El mundo es un lugar complejo, a veces muy doloroso, no mintamos a la infancia en esto; parece querer decirnos. Sin embargo, es quizá esta última parte de su corpus teatral la que permite hablar más y mejor del papel de la esperanza en la obra de esta dramaturga; aunque (por fortuna) no todas estas historias sigan el esquema clásico de final feliz, en todas hay una proyección de esperanza hacia el futuro… nos lleve este donde nos lleve.

Como decía más arriba, mi sensación es que son estos textos los que hacen de la obra rodrigueziana un corpus completo, con una poética personal y propia que se va volviendo inconfundible. Es la infancia, siempre, como dijo Ana María Matute (cuyos ecos también se dejan oír, y mucho, en la obra de Rodríguez Rodríguez), más larga que la vida, lo que quizá cuaja esta dramaturgia de estrellas de luz, aquí y allá; también, creo, lo que contribuye de manera decisiva a ese proceso de depuración lingüística y poética, que ha hecho del teatro de esta autora aquello que es en la actualidad… y que nos invita a imaginar, que es siempre un ejercicio muy bonito, lo que podrá ser, claro, de aquí a unos años.

He tenido la suerte de ser testigo de todo esto, como lectora (no sé si primera, pero de las primeras, eso seguro) de todas estas obras. Las he visto surgir, crecer, proyectarse hacia el infinito… volar. De hecho, me gusta imaginarlas por ahí arriba, planeando sobre nuestras cabezas… para arreglarnos, tal vez, el final de un mal día. Sabemos que cuando el teatro no toca lo invisible se queda en drama realista, que con todos mis respetos… no es por fortuna lo que nos trae hasta aquí. ¿No es el amor invisible? ¿No lo es la amistad, como forma primera de ese amor? ¿A qué viene, entonces, tanto escándalo? Si, reconozcámoslo, lo que queremos siempre, ya dentro ya fuera del teatro, no es otra cosa que volar…