
El Intruso, de Antonio Cremades.
La Máquina de Nubes.
Murcia, 2025.
El alicantino Antonio Cremades atesora una dilatada trayectoria, espoleada por numerosos premios literarios, que comienza en 1998 con Topos (Premio Antonio Buero Vallejo y Calderón de la Barca) y que llega por ahora hasta El intruso (La Máquina de Nubes, 2025), su última pieza publicada. Hablamos de un dramaturgo fogueado en los talleres de dramaturgia de la Muestra de Teatro Español de Autores Contemporáneos, más editado que estrenado y buen conocedor de los mecanismos de la carpintería teatral.
Dos personajes (Damián y María Luisa), una habitación, la siembra de unos interrogantes, una presencia enigmática fuera de escena. El intruso. El cuarto (1957), la primera obra de Pinter, admirado por Cremades, transcurre en un cuarto cerrado con pocos personajes, una constante en su teatro. En El intruso se nos ubica en un dormitorio, el último refugio donde habitan las corrosivas preguntas que nadie puede responder, en lo que es una caída sin red de un protagonista, que abre su azorado interior para hacer más turbia el agua y así evidenciar que el pozo es más profundo de lo que parece.
Antonio Cremades escamotea información argumental y pone en cuestión las certezas preconcebidas del lector en relación a los acontecimientos, hasta el punto de que el lector no sabe muy bien qué está pasando, pero sabe que está pasando algo; igual sucede con los dos personajes, los cuales tienen un comportamiento un tanto indescifrable y un pasado desconocido, pero un discurso coherente. En cada pausa se agazapa el significado de la obra, porque lo que no se dice puede ser más interesante que lo que se dice. El lector no solo va acumulando información, sino también expectativas, lo que provoca una constante incertidumbre en relación al cumplimiento de esas expectativas.
El dramaturgo alicantino no muestra interés por la construcción del universo íntimo de los protagonistas, sino por la interacción de estos con su entorno, y crea una brecha entre lo que ocurre y la posibilidad de su alternativa argumental, con lo que queda abierto un hueco para la reflexión del lector. Cremades entronca con Aristóteles, para quien lo trascendental no es que un episodio ocurriera realmente o que pudiera ocurrir, sino que se perciba como si en verdad pudiese ocurrir (primacía de lo verosímil sobre lo verdadero), porque lo que parece ser es más importante que lo que es hasta el punto de que la interpretación de la realidad es más importante que la realidad misma. El autor de Después de la señal (Premio Castelló a Escena) y El mar de la tranquilidad (Premio Juan de Timoneda) despliega una confrontación entre realidad e irrealidad, que se vuelve opresiva y angustiante: que Damián reinterprete la realidad no expresa la realidad misma, sino al personaje que la contempla, la desconfianza que le conduce hacia el temor al otro. El dramaturgo tiene el acierto de detenerse en el desconcierto y nos muestra la incoherencia sin asideros de Damián, que se fortalece en la única certeza que posee, la duda, puesto que los soportes de la coherencia están dinamitados.
La capacidad de decisión y actuación de Damián se ve drásticamente limitada por un agente externo desconocido, que le condiciona y constriñe hasta el punto de ser incapaz de resolver sus paradojas y contradicciones porque la solución no está solo en sus manos. Los hechos dramatizados son focalizados desde la perspectiva deficiente de Damián, que los distorsiona al intentar explicarlos desde su propia subjetividad, en algún momento desquiciada. Un protagonista envuelto por la inmensidad de las horas oscuras, como la antorcha a las mariposas de la noche, y obcecado por una visión oblicua de lo que acontece, sinuosa.
Cremades juega con la posibilidad de alumbrar una zona tenebrosa, escurridiza, con la inminencia de una revelación que no se produce, la ilusión de mundo que parece paralelo, con disonancias, inquietante e incluso excitante. Una presencia misteriosa saca a relucir que solo el temor es lo verdadero hasta el punto de que todo queda sumergido en ese pavor. El temor está a la vuelta de la esquina, agazapado. Oscuro al tiempo que incandescente, el autor de Pasatiempos (Premio Domingo Pérez Minik) despliega en los diálogos una forma de habitar el misterio sin respuesta. Cremades no ofrece al lector una resolución del conflicto concluyente, como no lo hace Pinter en obras como Old times (1971) y Family voices (1981), pero sí trastoca y mantiene vacilantes las perspectivas desde la incierta lucidez de la monotonía de las palabras cuando están moteadas por unos breves silencios, una monotonía que genera el vértigo de no tener un punto de llegada. Esta espléndida pieza, que posee trazas de David Mamet y de Beckett, interpela a cualquier generación, a cualquier lector, porque su mensaje es perdurable y renovable, polisémico y poliédrico, una carta abierta al futuro que contiene a su vez el pasado y el presente, porque logra transmitir al lenguaje la incertidumbre de lo que está por venir. Los rastros del futuro están en el pasado.
Esta acertada y brillante pieza es un ejemplo de la literatura dramática como representación, no como mera reproducción, porque Cremades nos ayuda a navegar en el pantano de la nada, a superar el naufragio verbal de cada día.