
Lo niego, me niego, reniego para acabar a tiro limpio, de Jesús Campos
Madrid, VdB, 2025.
Una vez más, como suele ser usual en la trayectoria de Jesús Campos, el dramaturgo nos sorprende con esta comedia-sainete-cuasi tragedia que es Lo niego, me niego, reniego para acabar a tiro limpio, de título confuso pero que delata las contradicciones en que se debate el protagonista, Contreras, para más inri.
De Campos, transgresor paradigmático, esperamos casi cualquier cosa, y digo casi, porque nunca escribiría algo convencional y sujeto a las normas de buen uso y la corrección política: si escribe una tragedia sobre la Guerra Civil, las protagonistas son unas ratas y Santa Teresa; si escribe sobre el tradicional y clásico tema de D. Juan, desmitifica al personaje hasta dejarlo en un esperpento; tampoco duda, en A ciegas, en poner sobre un escenario en absoluta oscuridad a Dios padre y familia, o, en Cinco mil gallinas y un camello, de llenar la escena de jaulas llenas de estas aves. Pero todo esto no es gratuito, no son ocurrencias del autor-director-escenógrafo: todo contribuye a expresar verbal y plásticamente lo que Campos quiere transmitirnos, que, generalmente, bajo la levedad de su apariencia, contiene una enorme carga crítica. Campos “da la vuelta” a los géneros tradicionales, a los temas más candentes, a sus sentires más hondos, etc. para que la innovación estilística o temática revele una lacra de la sociedad o evidencie nuestros más arraigados convencionalismos. En fin, las obras de Campos, vistas o leídas, nunca nos dejan indiferentes.
En Lo niego, me niego, reniego para acabar a tiro limpio, Campos echa mano de la forma del sainete más tradicional, de su lenguaje, su humor conversacional, de sus personajes populares y situaciones de barrio, pero todo ello pasado por el tamiz de lo inverosímil de Ramón Gómez de la Serna y Enrique Jardiel Poncela, si bien desde supuestos ideológicos diferentes.
Los temas que este peculiar sainete pone al descubierto van desde la confusión mental, por decirlo con un eufemismo, que padecen algunos de nuestros conciudadanos en la actualidad, a la manipulación a que nos someten los medios de comunicación, al omnipresente poder de la banca y el capitalismo, a la inoperatividad de los poderes y las fuerzas del orden público, o a la morbosidad humana ante las tragedias. Pero estos temas tan “serios” , que otros dramaturgos menos transgresores abordarían desde el drama o la tragedia, Campos los presenta desde la inverosimilitud, con un humor desternillante, utilizando frases hechas en un sentido literal, con una acción trepidante que, en ocasiones recrea esa confusión que está en la mente del protagonista, y a ello nos son ajenas la presencia del Ángel de la Guarda, recordándonos que las oraciones de nuestra infancia tenían un sentido literal, o de la fallecida madre de Contreras, preocupada por la locura que va a hacer su hijo pero, a la vez, contenta porque pronto se reunirán. Y todo esto en la cornisa de una casa desde la pretende tirarse Contreras, eso sí, cuando lleguen los medios de comunicación, bomberos, ambulancias, etc., pero el final –no quiero ser spoiler– llega como adelanta el título, si bien, muy en su línea, Campos nos ofrece dos finales, finales que, en esencia es el mismo, pero que vienen determinados por la otras facetas de nuestro dramaturgo, las de director-escenógrafo: el final será uno u otro según sean las posibilidades técnicas del espacio en que se represente Lo niego, me niego, reniego.
Campos García suele publicar sus textos una vez ha realizado el estreno, momento en el que el autor tiene una visión completa del espectáculo. No es este el caso, pero aun así ofrece, en las acotaciones y en el propio texto, notas de dirección y escenografía. El montaje está muy claro en la mente del creador, hasta es posible que tenga ya la maqueta del espacio escénico. Solo falta un pequeño esfuerzo para que Lo niego, me niego, reniego, obra de enorme calado crítico y fiel reflejo de la confusión mental de nuestra sociedad pese a su comicidad y aparente frivolidad, pase del papel al escenario.
Además, el libro ofrece un lúcido e interesante epílogo, “Un sainete de vértigo”, de Javier Huerta que con su saber teatral no solo disecciona Lo niego, me niego, reniego emparentándolo con el sainete, con Ramón y Jardiel, e incluso con los Entremeses de Campos y su novela Mundo cruel, sino que ofrece unas agudas reflexiones sobre el teatro actual, sobre ese “arte benefactor” que pretende aleccionar e indicar cómo debemos pensar, sentir y expresarnos, y unos consejos para los “dramaturgos abducidos por el wokismo”.
Lo niego, me niego, reniego para acabar a tiro limpio es un eslabón más en la irreverente trayectoria de Campos García que, pese a su supuesta ligereza, entronca con nuestra tradición literaria más rica y gozosa.