Las Puertas del Drama

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Las Puertas del Drama 61

Las Puertas del Drama
LAS VANGUARDIAS EN
EL TEATRO HOY
Nº 61

SUMARIO

Presentación

LAS VANGUARDIAS EN EL TEATRO HOY

Socio de honor

Infancia y juventud

Nuestra dramaturgia

Dramaturgia extranjera

Cuaderno de bitácora

Teatro Exprés

Reseñas

La vida escénica después de la Guerra Civil: la representación de Enrique IV de Luigi Pirandello en la escena valenciana de 1939

Dra. Francisca Ferrer Gimeno

Universitat de València

Todos los estudiosos de la obra de Luigi Pirandello consideran que Seis personajes en busca de un autor y Enrique IV son las obras que lo consagraron como dramaturgo. Ambas fueron estrenadas entre 1921 y 1922. A partir de ese hecho, su fama saltó las fronteras italianas y fue considerado el autor de teatro más moderno del momento.

A continuación, con la perspectiva que da un nuevo siglo, analizamos la repercusión que tuvo esta obra de Luigi Pirandello, en 1939, recién terminada la guerra civil española, en la ciudad de Valencia.

LUIGI PIRANDELLO: BIOGRAFÍA

Luigi Pirandello nació el 28 de junio de 1867 en la ciudad siciliana de Agrigentum en el seno de una familia acomodada. Realizó estudios en Palermo, pero pronto se trasladó a Roma y Bonn donde se especializó en lengua alemana. En 1894, regresó a Roma donde contrajo matrimonio con Antonietta Portulano. Esta unión fue un pacto entre las familias de ambos para mantener el negocio familiar de la explotación de las minas de azufre. A partir de ese momento, Pirandello, despreocupado de la economía familiar, comenzó a escribir. Al principio tuvo dificultades para publicar sus cuentos y novelas, pues no lograba encontrar editor. Cuando el negocio familiar quebró se vio obligado a buscar otros medios de sustento y Pirandello comenzó a trabajar como profesor de alemán en un instituto. Poco después, su mujer enfermó cosa que complicó más su situación económica lo que le obligó a profesionalizar su escritura para conseguir más ingresos.

En 1910 estrenó sus primeras piezas teatrales: La morsa y Lumìe di Sicilia. En 1914, estalló la Gran Guerra europea, su hijo mayor se alistó para combatir contra los alemanes, aunque pronto fue hecho prisionero. Mientras tanto, en Roma, Pirandello continuó escribiendo novelas, cuentos, dramas, etc., al mismo tiempo que daba clases en el instituto como catedrático de filología alemana. En 1918, al término de la guerra y con el regreso de su hijo, Pirandello internó a su esposa en un sanatorio y se dedicó de lleno a la escritura.

Luigi Pirandello (1897-1936)
Luigi Pirandello (1897-1936)

A principios de los años 20, su obra comenzó a tener éxito en los escenarios. En 1922, estrenó Enrique IV, una tragedia de corte shakesperiano y poco después, Seis personajes en busca de autor con la que rotundamente triunfó. En 1925, junto con su hijo Stefano y otros socios, fundó el llamado Teatro Odescalchi, más conocido por el nombre de El Teatro d’Arte, donde estrenaron los autores modernos, tanto italianos como extranjeros. En 1934, recibió el Premio Nobel. Falleció el 10 de diciembre de 1936 en Roma.

ENRIQUE IV O UN ELOGIO A LA MENTIRA QUE SE CONVIERTE EN VERDAD

Enrique IV probablemente sea la obra que mejor sintetice las experiencias dramáticas de su autor. En casi todas las historias de teatro del siglo pasado, la consideran una tragedia de corte shakespeariano dentro del marco de las entreguerras europeas. La obra comienza en un día de Carnaval cuando un grupo de amigos, todos ellos de la nobleza, llevan a cabo una mascarada. Belcredi, el protagonista, elige disfrazarse del rey Enrique IV de Alemania quien reinó en 1100. Dentro de los festejos se lleva a cabo una cabalgada y cuando el protagonista fustiga al caballo éste lo tira al suelo. El resultado del accidente es que recibe un fuerte golpe en la nuca. Después de un ligero desmayo se recupera, sin embargo, ha perdido la noción del tiempo y cree ser el personaje histórico del que se ha disfrazado. Ante la persistencia de su demencia, sus allegados deciden recluirlo en un castillo. Allí permanecerá rodeado de enfermeros disfrazados de cortesanos para que continúe viviendo su fantástica ficción. Transcurridos varios años, el protagonista recobra el juicio y se encuentra en la disyuntiva de saber si podrá reincorporarse a la vida real o no. Belcredi se da cuenta de que ha perdido parte de su vida y con ella la juventud mientras creía ser un personaje histórico. Tras este momento de lucidez se pregunta quién es más real él o su máscara. Cuando por fin decide tomar una decisión asume la mentira vivida con el convencimiento de que la vida real también es una ficción. Su propio fingimiento le mantiene en su supuesta locura a pesar de estar ya cuerdo.

Las obras dramáticas de Pirandello, por regla general, se las considera las precursoras del llamado teatro del absurdo. Se ha dicho que era el primer autor del calificado antiteatro hasta el punto de que sus textos, eran clasificados como psicológicos y filosóficos. Pirandello usaba el suspense para captar la atención del espectador y, una vez que éste se encontraba inmerso en la trama, le invitaba a realizar una introspección particular de lo que se desarrollaba en la obra como algo tan próximo que podía llegar a ser propio.

En Enrique IV, al igual que hacían los dramaturgos expresionistas, Pirandello desarrolló la acción mediante monólogos del protagonista donde llevaba a cabo una reflexión melancólica muy semejante a la que mostraba el personaje de Hamlet en la obra de Shakespeare.

«Enrique IV: ¡Silencio! ¡Silencio! (A Bertoldo) ¿Tú no te ríes? ¿Estás aún ofendido? ¡No, hombre, no! No lo decía por ti, ¿sabes? A todos conviene, ¿comprendes?, a todos conviene hacer creer que algunos están locos, para tener la excusa de mantenerles encerrados. ¿Sabes por qué? Porque no resisten oírlos hablar. ¿Qué digo yo de esos que se han ido? Que ella es una ramera, el otro un sucio libertino y el otro un impostor… ¡No es verdad! ¡Nadie puede creerlo! Pero todos me escuchan, asustados. Bueno, quisiera saber por qué, si no es verdad. ¡No se puede creer lo que dicen los locos! Y, sin embargo, se les escucha así, con los ojos abiertos de miedo. ¿Por qué? Dime, dime tú, ¿por qué? Estoy tranquilo, ¿no lo ves?1

No cabe duda de que en Enrique IV se desarrollaba una tragedia reflexiva, puesto que la parte más sorprendente de la obra eran los apasionados monólogos en los que el protagonista mostraba, hasta el exceso, su mente indagadora. Su disgusto contra la raza humana tiene la misma forma que el de Hamlet ante la superficialidad de su madre, la reina Gertrudis. Por otra parte, el personaje también mostraba ribetes irónicos y humorísticos con tonos amargos que se desglosaban con ejemplos e historietas.

ENRIQUE IV: ¡Hay que perdonarles! Esto (se sacude el vestido que lleva), esto que para mí es la caricatura, evidente y voluntaria, de esa otra mascarada, continua, de cada minuto, de la que somos payasos, involuntarios (señala a Belcredi) cuando sin saberlo nos disfrazamos de lo que nos parece que somos, el vestido, su vestido, perdonadles, aún no lo ven como si fuera su misma persona. (Dirigiéndose de nuevo a Belcredi) ¿Sabes? Uno se acostumbra fácilmente. Y uno se pasea como si nada, así, de personaje trágico (hace lo que dice) ¡en un salón como éste!¡Mire, doctor! Recuerdo un sacerdote, que sin duda era irlandés, guapo, que dormía al sol, un día de noviembre, apoyado con el brazo en el respaldo de un banco, en un jardín público, sumido en la dorada delicia de aquella tibieza, que para él debía ser casi veraniega. Seguro que en aquel momento no sabía que era cura no dónde estaba. ¡Soñaba! ¡Y quién sabe lo que soñaba! Pasó un golfillo que había arrancado una flor con todo el tallo. Al pasar, le hizo cosquillas aquí, en el cuello. Le vi abrir los ojos, sonriente, y reírse con toda la boca de la alegre felicidad de su sueño, sin recuerdos; pero en seguida se puso tieso en sus hábitos de cura y volvió a sus ojos la misma seriedad que vosotros habéis visto en los míos, porque los curas irlandeses defienden la seriedad de su fe católica con el mismo celo que yo los sacrosantos derechos de la monarquía hereditaria. Estoy curado, señores, porque sé perfectamente que hago el loco, y lo hago tranquilo. Lo malo es para vosotros que vivís vuestra locura agitadamente, sin verla y sin saberla.2

A lo largo de toda la obra, el autor mantenía la duda de si realmente el protagonista continuaba enajenado o lo fingía dentro de una supuesta cordura. Cuando el protagonista confesaba que estaba interpretando, no sólo sorprendía a los personajes que le rodeaban, sino que lograba desconcertar al público que dudaba de la veracidad de esa cordura que, durante el primer acto y parte del segundo, mantenía como una auténtica locura. Pirandello siguió las pautas del teatro ibseniano de manera que redujo los límites de la obra y dejó la historia general expuesta con una evocación retrospectiva de la misma. A continuación, el autor volvía a sorprender al espectador al poner en boca del personaje la idea de que nunca estuvo loco y que todo había sido una estratagema. La sombra de la duda facilitaba que el desconcierto en la imaginación del público.

ENRIQUE IV, LA APUESTA ARRIESGADA DE LA COMPAÑÍA DE ENRIQUE RAMBAL

Según Walter Starkie, estudioso de la obra pirandelliana, en las obras del autor siciliano el peso de la trama recaía sobre los actores, por lo que se requería una profesionalidad tal que hacía que sólo se pudiese alcanzar el éxito debido a la interpretación de los actores que la representaban.

«El moderno actor de las comedias de Pirandello no debe ser actor por instinto o por impulso, sino que tiene que estar siempre dispuesto a analizar fríamente sus propios sentimientos; tiene que estar dispuesto a ver en todo momento “desde fuera” al personaje que está representando, como si lo viera en un espejo. En las obras teatrales de Pirandello hay fluidez, y el trabajo del actor debe ser plástico. […]

Pirandello comprendió toda la importancia que tenía la formación de una nueva escuela de actores, y por ello fundó un teatro de Arte en Roma.»3

Ante tal afirmación tan categórica, no nos atrevemos a dudar de que un actor como Enrique Rambal tomó este texto pirandelliano para demostrar su capacidad de interpretación en un momento tan difícil como fue después de la entrada de las tropas franquistas en la ciudad de Valencia. Después de haber estudiado y analizado la carrera profesional de Rambal como actor, director y productor, tampoco nos sorprende su audacia de llevar esta obra a los escenarios en un momento tan difícil.

ENRIQUE RAMBAL: BIOGRAFÍA ABREVIADA

Enrique Rambal

Enrique Rambal nació en Utiel en 1884 y falleció en Valencia en 1956. En 1907 entró a formar parte de la compañía creada por el actor valenciano Manuel Llorens en cuya formación estuvo hasta 1910. Comenzó su carrera solitaria como primer actor y director de la llamada Compañía dramática de obras policíacas, norteamericanas y de gran espectáculo de Rambal, curioso nombre en el que se hacía referencia al repertorio que solía representar. Durante 1917-1919, Rambal se convirtió en el actor de referencia dentro del género policíaco.

En los primeros años de la década de los veinte su popularidad como actor y director fue en aumento hasta el punto de que su carrera profesional llegó a ser conocida y asociada sólo con los grandes espectáculos. Llevó a cabo varias campañas en América que le repercutieron en grandes beneficios económicos. En 1934, tras un periodo de decadencia personal, retomó su carrera teatral e, incluso, realizó una incursión en el cine como protagonista de la película El desaparecido (1935) dirigida por Antonio Graciani, aunque ésta resultó un auténtico fracaso. A partir de ese momento, Rambal volvió a centrarse en los grandes espectáculos con los que consiguió numerosísimos éxitos.

En junio de 1936, tras su campaña por el norte de España, Rambal regresó a Valencia, presumiblemente, para realizar su descanso veraniego donde le sorprendió el inicio de la Guerra Civil española. Desde el principio estuvo a favor del gobierno legítimo de la República. Ayudó a la promoción del movimiento sindicalista y a la reordenación de los espectáculos bajo el control del CEEP (Comité Ejecutivo de Espectáculos Públicos) por lo que fue nombrado responsable de las compañías que actuaban en el teatro de la Libertad4 y, posteriormente se encargó del teatro Principal. Rambal permaneció en Valencia durante toda la guerra. Finalizada ésta retomó su anterior compañía y con ella su tradicional repertorio compuesto de melodramas policíacos y dramas de aventuras que procedían de las adaptaciones de novelas clásicas.

En junio de 1939 regresó al popular teatro Ruzafa de Valencia (1868-1973) que se encontraba ubicado en el barrio de pescadores de la ciudad y que estaba especializado en el género de variedades. El 22 de junio de 1939, la Compañía Rambal estrenó Enrique IV en este popular teatro. La traducción y adaptación del texto fue efectuada por Tomás Borrás. Aunque no hemos logrado encontrar un programa anunciador, creemos que se trataría de la misma versión y adaptación que más tarde se anunció en la prensa.5

Interior del Teatro Ruzafa (1868-1973)
Interior del Teatro Ruzafa (1868-1973).

A finales de 1940, Rambal viajó a Sevilla donde permaneció hasta bien entrado el año siguiente, para continuar, después, su trayectoria dramática por Zaragoza, Madrid, Barcelona, Córdoba, Málaga, Las Palmas, Badajoz, Salamanca, etc. No regresó a Valencia hasta 1942 cuando relanzó su carrera con un repertorio de melodramas truculentos, llenos de trucos escénicos y también con adaptaciones cinematográficas.

En 1945 volvió a triunfar con la puesta en escena de Rebeca, adaptación de la película de Alfred Hitchcock quien, a su vez también había adaptado de la novela de Daphne Du Maurier y entre su repertorio volvió a incluir Enrique IV. Rambal continuó combinando sus campañas por América con largas temporadas en los teatros españoles, pero, su forma de hacer teatro decaía debido al avance de las nuevas tendencias y, sobre todo, por el cine que comenzaba a convertirse en un espectáculo de masas. En 1956, a consecuencia de un accidente fortuito, falleció en la ciudad de Valencia.

¿VOLVER A LA NORMALIDAD?

El 29 de marzo de 1939 las tropas franquistas tomaron posesión de la ciudad de Valencia. Todos los estamentos gubernamentales recayeron en los falangistas y adeptos al franquismo. Con la entrada de los vencedores a la ciudad, la represión se extendió a todos los estamentos. Algunos de los que habían ostentado un cargo huyeron en dirección a las playas de Gandía y Alicante, pero no todos lo lograron, los detenidos fueron recluidos en espacios como la Plaza de Toros, el Monasterio de San Miguel de Los Reyes, la Cárcel Modelo, Las Torres de Quart o el Campo de concentración de Portaceli. Se aplicaron penas de muerte con consejos de guerra sumarísimos de ejecución casi inmediata.6 El miedo a las delaciones y represalias se extendió a todos los ámbitos. Una de las primeras medidas tomadas fue la de nombrar un alcalde provisional para la ciudad que en este caso fue Francisco Londres Alfonso, un hombre de negocios y político valenciano que había ya ejercido este cargo durante la dictadura de Primo de Rivera, no obstante, sólo permaneció dos días en el cargo y fue relevado por Joaquín Manglano y Cucaló de Montull, barón de Cárcer y de Llaurí nombrado directamente por Franco.7

Respecto a los teatros, desde agosto de 1936 habían sido dirigidos por el Comité Ejecutivo de Espectáculos Públicos (CEEP) y, con la entrada de los vencedores, automáticamente, pasaron al control absoluto de los falangistas. El CEEP lo formaban gran parte de los trabajadores. Entre las primeras medidas que tomaron estuvo la incautación de los teatros y salones de la ciudad. Uno de sus principales fines era conseguir el pleno empleo en el sector teatral, el cual, desde décadas, arrastraba una gran precariedad. La reordenación del sector fue complicada. El CEEP intentó crear una Compañía Dramática Experimental, aunque dicho proyecto fracasó al poco tiempo de su puesta en marcha.8

No se sabe casi nada de lo que ocurrió en esos primeros momentos en los teatros y salones valencianos. Cabe la posibilidad de que una de las primeras medidas fuese la de devolverlos a sus antiguos propietarios y, en el caso del teatro Principal a la Diputación.9 En medio de ese caos y represión reapareció Enrique Rambal que, a pesar de haber formado parte de las directrices republicanas de los teatros, volvió a los escenarios, ahora falangistas, sin ningún aparente problema por su implicación con el gobierno anterior. Como si de una nueva temporada normal se tratase, retomó parte de su antiguo repertorio de antes de la guerra, con títulos de melodramas policíacos y de gran espectáculo como Raffles, el ladrón del gran mundo y El jorobado o el caballero Enrique Lagardere y también incluyó Enrique IV de Pirandello. Esta obra ya la había estrenado en el teatro Principal de Zaragoza el 27 de noviembre de 1935.10  El 22 de junio de 1939, la representó en el teatro Ruzafa de Valencia. Sólo se ha podido encontrar una crítica que se publicó en Las Provincias, periódico valenciano fundado en 1866 de tendencia regionalista y conservador. La reproducimos en su integridad dado su interés documental.

Las Provincias

«Las Provincias 23/06/1939 p.15
Teatros Ruzafa.
Estreno de «Enrique IV», de Pirandello

Era verdaderamente extraordinario ver cómo en el repertorio de Rambal, junto a dramas policíacos, obras de espectáculo, funciones sacras, comedias históricas, aparece el teatro modernísimo de Pirandello. Y es que el talento escénico de Rambal aparece en constante inquietud y sabe, quiere y puede dedicar sus actividades a los más opuestos géneros, siendo el resultado palmario en las más variadas ocasiones.

Es un artista proteico (poliédrico, decía un admirador de las alturas al salir del teatro y comentar la excelente labor del artista) y su teatro aparece con las más variadas orientaciones que darse pueda en un solo autor.

Ayer se verificaba el beneficio de Rambal. Hubiera este podido llevar a la escena una de las obras características que al público de nuestro artista tanto gustan. Pero ha querido Rambal dar la nota de gran arte, y por eso puso en escena dicha obra el día de su función de honor. Y aún ha conseguido más Rambal: ha conseguido que la difícil obra de Pirandello haya sido recibida con atención, interesando luego y acabando por ser aplaudida por el auditorio.

Nos complace trasladar que la «Nota importante» que el programa presentare. Dice así: «La dirección artística considera un deber advertir al público que la tragedia de Pirandello, «Enrique IV», es una obra rara y desconcertante, de forma y conceptos completamente distintos al repertorio que habitualmente representa esta compañía.»

Acaso mucha modestia. La interpretación de esta obra de locura, no se diferenciaba en calidad externa de las muchas que con tanta fortuna pone en escena Rambal con sus artistas.

«Enrique IV». Tragedia de locura. Muchos espectadores querían recordar a «Hamlet». No tiene de contacto sino una fingida locura, que acaba siendo real.

El pensamiento de Pirandello, realizado con una técnica teatral verdaderamente admirable, tiene otro alcance. «Enrique IV» es un señor de los actuales tiempos, que a consecuencia de una caída de caballo tuvo una lesión en la cabeza y quedó loco. Pero cuando curó la herida curó la locura; sin embargo, el protagonista siguió fingiendo su locura, para saber cómo pensaba cada cual y… para descubrir y castigar al que realmente fue causante de su enfermedad mental. Y la locura es la de actuar como si fuese el Rey Enrique IV de Alemania. Ello da pie para presentar a amigos, parientes, médicos, sirvientes, y su situación curiosísima frente al caso de locura que creen real, y cuando la creen fingida. La obra está conducida con un interés escénico sentimental, verdaderamente magistral. La manera como los muñecos humanos «cuerdos» son juguete de la fingida locura, delata la gran técnica de su autor.

Interpretación muy singular, y desde luego meritoria, ante el género habitual de esta compañía.

Enrique Rambal ha puesto al servicio de su papel de «Enrique IV» todo su talento de autor, su gran voluntad para interpretar una tan complicada obra; complicada por su estilo, por su dicción, por la gradación de situaciones paralelas y divergentes en lo que se refiere a la distinta psicología de los personajes.

Rambal fue aplaudidísimo, y a fe que lo merece su constante manera de renovar el repertorio y presentar al público tantos y tan distintos géneros escénicos. Hubo, pues, ovaciones a granel y todo lo que un artista puede apetecer de su público.

Con Rambal se distinguieron sobremanera Luisa Gorostegui, Pilarín Ruste y los actores Robles, Soriano, Ruste, Ibáñez, Domínguez, Piquer, Navarro, Domínguez (hijo) y Bosch.

La escena, muy bien presentada.

El teatro, un lleno.»

Enrique Rambal la tomó como la obra que serviría para la función en su beneficio como primer actor y director. La temporada terminó en junio de ese mismo año. La compañía se marchó a San Sebastián donde la volvió a representar en el teatro Victoria Eugenia.11 En 1940 volvió a Valencia, otra vez al teatro Ruzafa, entre los meses de agosto y septiembre, con un repertorio muy semejante al que había llevado el año anterior. Rambal volvió a incluir la obra de Pirandello para su función de beneficio y homenaje, pero, sin embargo, en la prensa no se ha podido localizar ninguna crónica, reseña o crítica sobre dicha representación. La compañía salió de la ciudad y no regresó a Valencia hasta agosto de 1942 donde actuó en el teatro Principal con sus melodramas policíacos. La obra pirandelliana desapareció de su repertorio.

CONCLUSIONES

El argumento de Enrique IV se basa en una demencia temporal como la excusa perfecta para que el protagonista, víctima de un accidente circunstancial, pueda descubrir, desde el pasado, los engaños de su presente. Nada mejor que poner en boca de un enajenado la verdad y así revelar la mentira. Ese es el hilo conductor de un texto que, desde su estreno, en 1922, no ha dejado de representarse en múltiples escenarios. En este artículo se analiza su repercusión y puesta en escena en los teatros valencianos al poco tiempo de haber terminado la guerra civil española de 1936-1939.

El 29 de marzo de 1939, las tropas franquistas entraron en la ciudad de Valencia la cual había permanecido fiel al gobierno de la República hasta el punto de haber asumido la capitalidad del estado entre noviembre de 1936 hasta el octubre de 1937. Tal como indican las crónicas, así como los testimonios orales que se han podido recopilar, la represión de los vencedores comenzó desde el primer momento. Por lo que concernía a la vida espectacular, los teatros se adaptaron a los nuevos tiempos con una aparente normalidad. Las compañías que habían estado actuando no dejaron de hacerlo y para ello rescataron otras obras, que no fuesen comprometidas ante los vencedores.

A finales del mes de mayo de 1939, Enrique Rambal, un conocido actor y director valenciano del momento, retomó sus estrenos en el teatro Ruzafa (1868-1973), uno de los más populares de la vida escénica valenciana. De su antiguo repertorio tomó varios títulos entre los que se encontraba la obra de Pirandello, Enrique IV   obra que ya había estrenado en 1935. La prensa indicó que la obra era «rara y desconcertante». A pesar de la complejidad del momento, tal como indicaba la única crítica que se ha podido localizar, no tuvo ningún problema al ser admitida por los vencedores. Desde el inicio de la guerra, Rambal había sido un miembro destacado de la junta directiva de los teatros valencianos leales al gobierno legítimo republicano. Fue director del teatro de la Libertad, es decir, de la Princesa (1832-2003) y de allí dio el salto al teatro Principal, el más importante de la ciudad. No obstante, según se destacó en la prensa, tuvo desavenencias con el comité organizador (CEEP) y, en 1938, fue apartado de la dirección.12 Su nombre no volvió a reaparecer hasta que entraron y tomaron posesión de la ciudad las tropas franquistas.

La elección de la obra de Pirandello podría sorprender a algunos, quizás por lo atrevida de la apuesta, sin embargo, creemos que cabía la posibilidad de que obedeciese a algún movimiento táctico del actor, puesto que el autor italiano, fallecido en 1936, era considerado como uno de los mayores exponentes de Italia y, al fin y al cabo, los vencedores, habían conseguido parte de su triunfo por la ayuda que le había prestado la Italia fascista. También estaba el factor de que el autor había recibido el Premio Nobel lo que le encumbraba hasta el nivel más alto de la intelectualidad.

La obra fue la elegida para su función a beneficio, es decir, aquella en la que la recaudación se destinaba a su favor. Según señalaba el crítico del periódico Las Provincias, habría resultado más convincente que hubiese interpretado a uno de los personajes que lo había popularizado entre su público, como era el caso de Enrique Lagardere o bien a alguno de los mosqueteros de la obra de Dumas, entre otros, sin embargo, en esta ocasión, Rambal tomó a un personaje enajenado que buscaba la verdad entre la farsa lo que podía crear cierto desconcierto entre los espectadores. Esa locura, que se confundía con una extravagancia, hacía que su personaje enajenado tuviese la libertad de expresar sus ideas sin ser censurado.

El crítico de la prensa mostraba su sorpresa ante tal elección y, por ello, destacamos el comentario que se debió insertar en el programa donde resaltaba el siguiente párrafo:

«La dirección artística considera un deber advertir al público que la tragedia de Pirandello, «Enrique IV», es una obra rara y desconcertante, de forma y conceptos completamente distintos al repertorio que habitualmente representa esta compañía».»

Desde el punto de vista actual, cabe la posibilidad de considerar que el hecho de recuperar esta obra sólo fuese algo puntual y no premeditado por el actor. Quedan muchas incógnitas por descubrir, sobre todo si se tiene en cuenta que Rambal, durante el período de 1940 a 1942 no regresó a Valencia. Durante esos dos años hay un vacío de información sobre lo que hizo el actor y el resto de su compañía. Cabe la posibilidad de que tuviese que someterse a algún control judicial del nuevo gobierno, pero tampoco se ha podido localizar ningún documento que lo justifique. A partir de 1942, después de la publicación de un libro entrevista sobre sí mismo que firmaba un desconocido Luis Ureña y prologaba Jacinto Benavente, Rambal relanzó su carrera. Regresó a los escenarios valencianos con su habitual repertorio de melodramas policíacos y de gran espectáculo en los que ya no volvió a incluir la obra Enrique IV de Luigi Pirandello. El actor siempre reivindicó que él sólo se dedicaba a hacer teatro.

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Notas

  1. Fragmento del segundo Acto de Enrique IV, p.182.
  2. Fragmento de Enrique IV. Segundo Acto, p.198.
  3. Starkie, Walter (1946): Pirandello. Barcelona, Editorial Juventud, pp. 35-36.
  4. Era el teatro de La Princesa (1853-2009) cuyo nombre cambió durante la II República y la Guerra Civil española.
  5. La Vanguardia 16/01/1945 p. 12.
  6. MARCO, Lucas (2019) “Así cayó Valencia en manos de Franco” en Diario.es en línea
  7. PÉREZ PUCHE, F. (1979): 50 alcaldes del ayuntamiento de Valencia en el siglo XX. Valencia, Editorial Prometeo.
  8. Para más información sobre este tema pueden consultar el artículo de FERRER GIMENO, Francisca (2023): “Política teatral valenciana durante la Guerra Civil española: La Compañía Dramática Experimental (1936-1937)” en Don Galán: Revista de investigación teatral, no.12, pp.1-15, en línea

  9. SIRERA TURÓ, Josep Lluís (1979): El Principal: 1808-1945, dades per a una historia. València, Diputació de València.
  10. ABC (Madrid) 28/11/1935, p.48.
  11. ABC (Madrid) 30/06/1936, p.48.
  12. La Voz Valenciana, 05/03/1938, p.02.