Las Puertas del Drama

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Las Puertas del Drama 61

Las Puertas del Drama
LAS VANGUARDIAS EN
EL TEATRO HOY
Nº 61

SUMARIO

Presentación

LAS VANGUARDIAS EN EL TEATRO HOY

Socio de honor

Infancia y juventud

Nuestra dramaturgia

Dramaturgia extranjera

Cuaderno de bitácora

Teatro Exprés

Reseñas

Pedro Montalbán, un francotirador de la farsa

Carlos Ferrer

Pedro Montalbán es un caso anómalo de la escena valenciana, puesto que ni ha estado ligado a compañía alguna, ni ha ejercido las funciones de director de escena, ni se ha subido encima de los escenarios, ni ejerce la docencia, ni se ha formado en ESAD alguna, pero sí primero en talleres de escritura creativa y luego de literatura dramática, sobre todo en el marco de la Muestra de Teatro Español de Autores Contemporáneos de Alicante. Es todo un francotirador, con mayúsculas, puesto que atesora una envidiable trayectoria con numerosos estrenos y publicaciones jalonada con varios premios de literatura dramática. El teatro de Montalbán habla de nosotros, nos interroga sobre lo que somos y lo que queremos ser y su lectura nos da la garantía de participar en algo más grande que nosotros mismos, porque sobrepasa la dimensión de nuestra estricta vida individual. Montalbán recurre a la curiosidad del lector y a su interés en el destino de los protagonistas, porque poco a poco nos damos cuenta de que, detrás de la acción dramática, hay algo que no solo afecta a los personajes, sino también a nosotros, que somos memoria del tiempo fugitivo. Montalbán no solo apela a la razón, sino también a la emoción, un precipicio de emociones que despierta una idea, un largo viaje al interior de nuestra alma con fonda en el insatisfactorio mundo que nos rodea y con parada en las emociones del personaje y así compartir con él las sensaciones subjetivas. Montalbán no ofrece respuestas mayores a nuestras dolorosas preguntas, pero sí que posibilita leer el mundo que nos envuelve y así poder asirlo, poner luces y sombras a nuestros deseos y temores, mirar alrededor, abrazar la realidad y elegir entre el fuego y el vacío.

Amor de madre (Instituto Gil-Albert, 2002) es el debut como dramaturgo de Pedro Montalbán, unos primeros pasos un tanto tardíos, puesto que el autor nace en 1961. Esta pieza bautismal dialoga la historia de un hijo inútil y holgazán y una madre paciente e incapaz de imponer su autoridad, aunque Montalbán siembra la semilla de la incertidumbre, de la duda en el lector, que busca en las páginas datos veraces que ratifiquen sus suposiciones y disipen la ambivalencia. La acción dramática avanza por medio de la alternancia de las cortas escenas (un total de nueve) en la vivienda familiar y las de corte onírico, inspiradas en la figura de Edipo, y espoleada por el rencor, que subyace tras el comportamiento de los protagonistas, convivientes en una misma morada pero a la vez tan lejos entre sí a pesar de los supuestos lazos sanguíneos. Sin embargo, los recelos pasan a un segundo plano conforme prosigue la obra y las distancias entre ambos personajes se estrechan en un ambiente doméstico, donde la música tiene un papel relevante y la figura del padre opresor pulula (excusa recurrente). Todo ello conduce a un sorprendente desenlace, donde Él “vacía el alma” y se queda desnudo, con sus taras psíquicas y su ego, mientras que Ella muestra su verdadera cara, aséptica y calculada, para desconcierto del lector.

Darío Fo, ¿alcalde? (Hiru 2004, Teatres de la Generalitat Valenciana 2008) empieza así: “Soy un actor, un bufón. Nada más. Mis armas son la palabra, el gesto, la capacidad de hacer reír, la capacidad de hacer pensar”. Estamos ante una parodia con un personaje con traslación real, Nobel de literatura, con fines evidentemente satíricos y con ingenio en las situaciones. Una obra con una larga parte central onírica, que despeja la duda de qué pasaría si Fo hubiese sido alcalde de Milán, en una estructura de anillo. Rilke dijo que “la fama es la suma de los malentendidos que se reúnen alrededor de un hombre” y Montalbán le confiere un sentido a la obra para que todo parezca un malentendido, un exceso de una revista sensacionalista, una quimera. Del taller de dramaturgia que imparte Ignacio del Moral en la mencionada Muestra de Teatro de Alicante en noviembre de 2000 surge esta obra. El autor de La mirada del hombre oscuro y La noche del oso pide a los presentes que escriban unos diálogos sobre una de las noticias publicadas en la prensa del día. Montalbán elige aquella en la que los medios de comunicación escritos anuncian que el anarquizante e irreverente Fo se postula como candidato a la Alcaldía de Milán. Una aventura política que queda en agua de borrajas, pero que Montalbán utiliza para componer los diálogos de esta obra. En esos diálogos no sólo emplea frases del propio Fo extraídas bien de su manifiesto, bien de su página de opinión dominical en Internet, a la que Montalbán se suscribe durante un año, sino que también rompe en ocasiones la cuarta pared como el propio Fo en sus textos e introduce referencias a las obras de Fo Aquí no paga nadie y Muerte accidental de un anarquista, que suponen un simpático guiño al lector.

Darío Fo. ¿Alcalde?

Un dramaturgo en lugar de un “candidato serio y tradicional”. En un momento de la obra, Fo, desde un atril, pronuncia un breve discurso a modo de mitin en el que dice “yo soy un juglar, hasta un bufón si quieren, pero no un político. Y yo no hago como ellos”, porque no es como ellos, los políticos habituales, que dicen “sin hablar claramente”, algo que nunca hace un bufón. Fo sufre las protestas de la oposición, el ímpetu de su jefe de policía, las insistencias de su jefa de prensa, la candidez de su secretario, pero sin dejar de ser nunca Fo, porque esa es la mejor creación de Montalbán, que el candidato, el alcalde se convierta en Fo a los ojos del lector gracias a sus ocurrencias en la radio, su comportamiento en el programa de televisión y su manera de responder a las preguntas de la prensa, sin perder de vista su ideario político, pero también sin olvidar al cómico que lleva dentro, porque “aspiro a ser un fraile rebelde y subversivo como san Francisco, juglar de Dios”. Esta obra es una crítica a la manipulación de la opinión pública, pero sin pervertir el discurso de Fo y es precisamente ese contraste, un ácrata azote del capitalismo en el manipulador mundo de la política, la mayor virtud de esta pieza.

La fascinación de Gil-Albert (Institut Alfons el Magnànim, 2006) es una creación dramática que incluye versos y prosas del escritor alcoyano Juan Gil-Albert, así como algunos relatos contenidos en su primera obra, La fascinación de lo irreal. Aunque algunos diálogos están compuestos por versos de Gil-Albert, esta obra no es en sí un recital poético, sino un trabajo dramático que ha empleado dichos versos para lograr emanar un perfume con suficientes reminiscencias del autor de Crónica general. Noes, por tanto, una disertación o un tratado sobre la literatura de Gil-Albert, no, es simplemente teatro, pero no teatro de tesis, sino una hora de magia teatral, de complicidad escénica a partir de los textos de Gil-Albert. La pieza dramática de Montalbán, al contrario de lo que parece por su extenso dramatis personae, es en realidad un monólogo en el que el propio Gil-Albert, en su senectud, sueña, y en ese ensueño, producto de su imaginación, crea una ilusión protagonizada por el Centauro Quirón y por un Gil-Albert adolescente, ávido de nuevos conocimientos, de enseñanzas, de experiencia vital, que requiere de su docencia. Un joven Gil-Albert que quiere bailar, volar, anidar en el cielo y vivir entre las nubes, un hombre de gusto refinado, con gran sentido de la belleza y un sentido innato de la elegancia; un Gil-Albert en diálogo consigo mismo, que nos cuenta los avatares de un Gil-Albert joven, ávido de conocimientos y enseñanzas. El autor de Breviarium vitae, en su senectud, sueña, y en ese sueño crea una ilusión protagonizada por él mismo en su juventud y por el centauro Quirón, que no es otro que el mismo Gil-Albert adulto. Se inicia entre ellos un juego, un debate, una lucha, que es la espina central de esta pieza, en la que los temas de la felicidad, el valor, la duda y la pasión son llevados a escena. Respecto al más ilustre de los centauros, Quirón, el libro Homenajes e in promptus (Diputación de León, 1976) contiene un poema titulado “La ambición” en donde el poeta responde con el nombre de este mito clásico a la interrogación de “qué otra cosa hubieras deseado ser tú mismo”.

Las diferentes escenas oníricas alternan el diálogo del Gil-Albert joven con Quirón y la dramatización de las historias de La fascinación de lo irreal, concretamente la de los cuentos “Historia de un príncipe feliz”, “El juglar que logró ser feliz”, “Isogai” y “Carnavalesca”. De todos ellos, Montalbán aprovecha la máxima que subyace, como la de la necesidad de tener un ideal en la vida, aunque haya que morir por él. Por ejemplo, en “Carnavalesca”, el más extenso y ambicioso de los cuentos, Montalbán emplea únicamente su parte final, el juego de seducción entre Fantasía y el “mezquino” Mundo Gris, del que finalmente sale vencedor este último ante un Pierrot vencido por la vulgar realidad. Es decir, lo que le interesa al dramaturgo, y también lo único que podría realmente llevar a la escena, es el aforismo, el breviarium vitae que se oculta entre sus palabras, consistente en el desprecio por lo vulgar y el gusto por la fantasía, una constante en la obra gil-albertiana que ya se encuentra en tan tempranas páginas. De esta manera se salva la considerable dificultad para adaptar dichas narraciones a un espacio escénico, puesto que son demasiados personajes, lugares y acciones los que tendría que comprender la acción dramática, si se pretendiera escenificar la fábula de los cuentos.

La fascinación de Gil Albert

En los diálogos de la obra encontramos al Gil-Albert escritor como razón de ser, su búsqueda del silencio y de la paz interior, el encumbramiento de la belleza como “nivel supremo del amor”, la salvaguarda de la pureza del alma y el evitar que “el asco de la gente que me rodea pervierta mi virtud”. El proceso formativo imaginado del joven poeta concluye con la desaparición de Quirón y el encuentro del autor, ya maduro, buscando su propio reflejo adolescente en un estanque en un momento en el que la música también asume protagonismo, ese final de la obra en el que el personaje de Quirón-Gil-Albert adulto recita, al son de una envolvente música de jazz, el poema “Animae dimitium meae”, la única composición poética completa que tiene cabida en el texto dramático de Montalbán: “Solos, / solos los dos y juntos cada uno. / Pareja no, un espejo / que copia como el agua al solitario / reflejado en un pozo: / Estoy contigo”. Unos versos que rememoran el sueño de un Gil-Albert adulto y que coinciden con su transformación en Quirón, ese centauro que siempre quiso ser. Formar belleza y dar luz al mundo. Gil-Albert, siempre fiel a sí mismo, siempre escribiendo con su pluma y manteniendo intacto ese aroma al dandi que fue, contempla el mundo y procura entenderse para que los demás, al entenderle, se entiendan también a sí mismos, que es en el fondo lo que ofrece la prosa de Gil-Albert, a ser nosotros mismos sin fisuras. Una fortaleza de ánimo, la capacidad para sentirse contento y gozar de las delicias de la vida cotidiana y un nihilismo optimista marcan la figura de Gil-Albert, escritor que razona, profundo y grácil, ético y estético, decadente y vital, exquisito y coloquial, un hombre solitario y solidario que escribía desde el entusiasmo, cuya exquisitez en plena juventud era apenas un pecado venial y su vanidad un homenaje a la vida, como homenaje es esta pieza a la figura de Gil-Albert.

En Larga noche de silencio (Diputación de Málaga, 2011), Premio Enrique Llovet, más allá de los maniqueísmos al uso de la Guerra Civil, Montalbán aborda las dificultades que surgen en la convivencia de dos familias durante los últimos meses de la contienda bélica española y constata los meandros del ser. Una coexistencia dura y difícil a causa de la precariedad de la vida cotidiana y de unos hechos desalentadores, como el fatídico consejo de guerra a Frederic Xifré, último alcalde republicano de Badalona. España baldea con sangre sus calles. Seis personas de dos familias distintas y de ideología dispar y confrontada huyen camino a Francia, camino a la hipotética libertad, pero la niebla les retiene en un sendero y se desatan las especulaciones sobre el mañana. Antonio, un padre de familia católico que tiene a su cargo a Berta y Carlos; la joven vecina y ave solitaria Dora, la prima de Antonio, Elisa, y su hija atea Fina integran esa expedición que protagoniza la pieza teatral y que, finalmente, tiene que regresar a Badalona y seguir a la espera de una oportunidad; oportunidad personificada en la juventud de Carlos, cuyas palabras abren una senda hacia la esperanza y la ilusión. Esa actitud (y la optimista de la joven Fina) chocan con la de Elisa, a quien el temor de la incertidumbre ha atenazado sus sentidos. La situación inestable, de peligro y temores constantes, genera desconfianza y nerviosismo en Berta, algo que Carlos es incapaz de aplacar, como tampoco es capaz de mediar entre Dora y Berta, cuya distancia, basada en el rencor, es insalvable, porque Dora intuye que Berta quiere reemplazar en el seno familiar a la madre fallecida. Montalbán dosifica la información al lector con precisión quirúrgica, manteniendo la tensión dramática y empleando una serie de personajes muy bien perfilados, porque Montalbán es un escritor de ritmo elegante en los diálogos y de sencillez sintáctica en su praxis.

La guerra civil, ese “ácido que corroe incluso los recuerdos” al decir de Elisa, acabará pronto y los franquistas ya están en Badalona para preocupación de nuestros protagonistas, porque sus valores, sus modos de vida y sus actuaciones están en las antípodas de los de Antonio. Es él quien sostiene que “primero la familia y después el trabajo, honrando siempre al Señor… A Franco hemos llegado por obligación. Nos han echado en sus brazos los que no nos permitían honrar a Dios y vivir según los principios de Cristo”. Como parece que Franco ha llegado para quedarse por mucho tiempo, hay que seguir viviendo y reemprender el negocio de los salazones es la única alternativa económica. Sin embargo, Berta no entra en los planes laborales de Antonio por su condición de mujer; a ella se le veta el estudio y su único objetivo en la vida es casarse y formar una familia, porque “es ley de vida”. Un retrato de época desde la tensión del estilo, el pulso estético, la riqueza verbal y la pulsión de las pasiones. El valor de una pieza radica en su intensidad y en su capacidad para transmitir experiencia y enriquecer con ella al lector y este es un teatro que se construye no solo desde la acción, sino también desde la emoción, porque la trivialidad cotidiana contiene secretos que se alejan del didactismo brechtiano, que solo concibe lo explícito en la conducta de los personajes. Lo interesante de estos personajes no es tanto lo que hacen sino por qué lo hacen. La tensión e incluso la discrepancia entre las causas y las acciones suelen producir buenas historias, como es la de esta pieza dramática.

Uno de los momentos de tensión se debe a que Antonio alberga en su casa a dos familiares de signo político rojo. Sin embargo, Antonio no cesa en su empeño de hacer justicia, de ayudar a un hombre bueno aunque sea de ideología contraria o equivocada (el alcalde Xifré), a pesar de que el propio Antonio sufrió torturas en una checa por su condición de católico. Antonio también emprende una particular cruzada para evitar el estraperlo en el mercado de abastos, haciendo caso omiso a las razonables palabras de Elisa: “la ética en la que tú crees no es la que rige ahí fuera”. Y es que Antonio vive engañándose a sí mismo, porque esperaba como el que más que la nueva “paz” iba a ser justa con los honrados, pero la realidad va por otros itinerarios, más sinuosos y escarpados de lo previsto. El texto dramático es como un tejido de múltiples circunstancias concretas, hilos diversos que configuran su inextricable trama, hilos surgidos por impulsos del azar y de la necesidad desde la espesa prosa de la vida, que segregan la sustancia dramática que el dramaturgo organiza y dispone con acierto, como buen conocedor de la carpintería teatral, porque la creatividad sin técnica es mera ocurrencia.

Entre tanto, la convivencia despierta un interés amoroso de Carlos por la generosa y sacrificada Fina, no correspondido de forma plena; un interés que se acrecienta cuando Carlos comprueba el alto grado de frustración que le genera su trabajo al lado de su padre. No obstante, Fina se encuentra con el problema de que Berta también la pretende en silencio y es que “me lanzo al fuego de la pasión de Carlos y a la vez me entrego al sentimiento con Berta”. A este triángulo amoroso (el vigor de los sentimientos), cruce de destinos, hay que añadir las brasas amorosas existentes entre Antonio y Elisa, la madre de Fina. Fueron novios y son primos. Por mucho que pinten bastos, los seres humanos hacen planes de futuro y se preguntan por lo que traerá el día de mañana, por los pasos a dar, por la oportunidad de fortuna que me depara tal o cual lugar (“en algún momento seremos libres de vivir como queremos”). A esos pensamientos sucumben los habitantes de la casa y alrededor de ellos se teje una red de relaciones, en la que los apoyos mutuos y los distanciamientos son inevitables (espléndida escena decimotercera). En la penúltima escena, los apoyos se vuelven unánimes cuando Xifré es fusilado y Carlos le confiesa a su padre que “hemos perdido la cuenta de los fusilados al amanecer, de los detenidos, de las prohibiciones… No quiero vivir rodeado de un oscuro temor que me robe la tranquilidad”. Una huida y unos protagonistas que luchan para que el presente deje respirar al futuro.

En el prólogo de En esta crisis, no saltaremos por la ventana (Primer Acto, 2011), Montalbán sostiene que la pieza, con influjos de David Mamet, fue un encargo de la compañía Dársena Producciones y una “oportunidad para utilizar el cuchillo de la reflexión y aplicarlo al mundo que me rodea”. La define como “una comedia financiera de enredo amoroso sobre la crisis de Lehman”. Tres personajes (las obras de Montalbán suelen tener pocos personajes), llamados García, Pérez y Martínez, “que viven y piensan en el vacío humano del mundo financiero” en palabras del añorado José Monleón, y una “obra brechtiana, didáctica, centrada en unos supuestos ejecutivos de Lehman Brothers” según Nel Diago. Martínez, el recién llegado, es como un delfín entre tiburones en un mar de dinero y ambición, donde la mentira y el engaño son el habitual recurso para la consecución de los objetivos sin importar a costa de qué o de quién, “porque la avaricia es mucho más poderosa que la ética”. Este nuevo trabajador titubea ante esa ausencia de ética (“lo único que importa es cerrar operaciones. El cómo es lo de menos”) y la voraz codicia sin contemplaciones, pero involuciona para convertirse en uno más, hasta en las relaciones íntimas lo imperante es el mercado libre sin ataduras, una jauría de egoísmos con una jerarquía intocable. García, la directora de la oficina, dice: “Convertirnos a todos en esclavos de la deuda”. Y es que hay una crítica constante, no solo en esta obra, al comportamiento “en rebaño”, a que una única opinión o actitud sea la que marque la tendencia a seguir en una sociedad libre, pero “narcotizada”. El final deja un sabor a hiel en la boca, porque nada se ha corregido y todo puede volver a pasar. La crisis solo ha sido un punto y seguido, no hay expiación, ni redención, solo sumisión.

Textos bizarros, de Pedro Montalbán-Kroebel

El volumen Textos bizarros (Literaturas.com Libros, 2019) incluye la premiada pieza A cara o cruz y los textos breves Kalderón, Die (authentischen) Tabak Werke y Kalderón 2.0. A cara o cruz es una espléndida obra de ritmo trepidante y diálogos frenéticos, con tensión y emoción en cinco escenas que pueden intercambiar su orden sin alterar nada, con unos vasos comunicantes entre ellas sobre los que asienta la ambigüedad y (una vez más) el juego con el lector y con un fraseo como relámpago, que potencia tanto la sombra como el resplandor de los personajes.

La primera escena, “En la casa…”, esta construida sobre un acertado equilibrio apoyado en la diáfana arquitectura del diálogo y la impronta de un desvelador instante, la soledad en compañía, la familia monoparental, una decisión crucial, un conflicto y todo puede cambiar cuando una hija decide emanciparse y la Abuela vive azotada por la melancolía de la pérdida y la adversa geografía del momento; en “El despacho del instituto…” un padre es capaz de cualquier cosa con tal de lograr el aprobado de su hijo por parte de una docente intransigente; “En la cámara…” descubrimos cómo un pasado traumático puede condicionar el presente; “En el locutorio…” una hija intenta rescatar (para un futuro con ella) a una madre anclada en un pasado estéril; y “En la habitación…” el azar “es la única salida que nos queda” para un hija y las “sombras que giran sin descanso en lo más oscuro de la noche”, su familia. Montalbán articulada una teatralizada pintura de la realidad y la verbaliza con talento mediante la acertada concatenación de los acontecimientos al libre albedrío del lector, entre maravillado y perplejo por la feliz decisión del dramaturgo. Una obra que, sin perder dinamismo, no es más (ni menos) que el coincidente flujo magmático de la caleidoscópica realidad y en la que cada escena es leída como una parte imprescindible del todo, donde anida la sorpresa argumental sin fugas de sentido hasta el punto de un toque frívolo en los personajes, que toman decisiones a golpe de puro azar.

Un inocente decir sí (Ediciones Invasoras, 2019), mención especial del II Premio Internacional Dramaturgia Invasora, comienza en forma de monólogos paralelos, el de la triunfadora despeñada Emma Hernández y el de la atleta frustrada Victoria Ruiz, dos personajes atenazados por un presente insatisfactorio, cuyas pinceladas vitales están suspensas en el vacío y no consiguen espantar las sombras de la vida ni emerger de sus profundidades. Los hermanos David y Alex de Arenas completan el dramatis personae de una pieza de hiperplasia connotativa que activa el resorte del pensamiento, estimula la reflexión propia y es una herramienta para la indagación personal, además de escrutar la complejidad de las relaciones, porque todos los personajes están entrelazados pero a su vez distanciados, con sus claroscuros, ausentes entre sí en ocasiones, con disímiles sentidos del deber y del querer. Alex afirma que “nos liberamos de una vida absurda, sí, conseguimos evadirnos de la celda, pero solo para alcanzar el patio de la cárcel”, aunque es David quien sacude nuestro interior al sostener “no temas excluirte del rebaño. Solo tú eres dueña de tu propio poder. No te engañes pretendiendo ser lo que no eres y que solo te esclaviza”. La cita que encabeza cada una de las tres partes resulta más anticipatoria de lo que parece y el genial final resulta redondo, porque cierra el círculo y da una sensación de juego, de ilusión escénica a una historia que posee una radical capacidad significativa y un vigoroso lenguaje de aguzada plenitud sin gangas expresivas de simple impacto dérmico y es que Montalbán esparce semillas de sentido en los diálogos.

Nunca he tenido mejor foto que la de las Azores

En Nunca he tenido mejor foto que la de las Azores (Ediciones Invasoras, 2021) la realidad es persistente. Si bien la obra se inspira claramente en la figura del expresidente Aznar (el título de la pieza es una frase literal del político popular) y en aquel momento de fatídico protagonismo internacional previo a la invasión de Iraq, tiene la suficiente amplitud de miras como para poder ser una critica al poder ejercido desde la caprichosa sinrazón del mero interés personal, una farsa que no deja títere (de cachiporra) con cabeza. Esta pieza, mediante unos diálogos depurados que recuerdan la concepción poética de Pound, nos enseña a leer la realidad tanto como a nosotros mismos y pone su punto de mira en la rígida y lacerante jerarquía política y la obediencia ciega derivada de ella. Salvador Pániker afirmó que “hundir más firmemente los pies es el origen para no perder el equilibrio”, algo que el protagonista, el enteco Jose, no logra a pesar de las advertencias de su mujer, Ana. Nuestro protagonista, cincelado por Bush y el embriagador perfume del poder, mantiene su posición política firme, aunque sea a costa de la demolición del presente ajeno y de un distanciamiento con su mujer. “Ana: Mal vamos si la política importa más que la moral”. Ana adquiere conciencia y supone el contrapunto a un obcecado Jose. Montalbán traza unos personajes que ofrecen lo que se espera de ellos, salvo precisamente Ana, cuya devoción se frena cuando detecta la atrocidad, porque “por mil veces que repitas una mentira, no la convierte en verdad”. La relevancia política a toda costa, un irrefrenable anhelo de transcendencia amparado en una fiel lealtad hacia el amigo norteamericano con tal de alcanzar “la cima del mundo… poniendo los pies en la mesa junto a los poderosos”, el mejor destino para el “mequetrefe insignificante”, para el rey desnudo. Los personajes, unidos por el cordón umbilical de la ostentación del poder y engullidos por las sólidas aguas de sus egos, imponen su orden jerárquico entre ellos para que impere el agusanado imperio de la nada. Un final de los que encogen el corazón y sacuden nuestro interior, un golpe directo a la mandíbula que logra que la obra no se disipe al tiempo que se acaba la lectura de las últimas líneas. El teatro como una forma de conocimiento y de interpretación de un mundo mediante el lenguaje teatral, como un ejercicio de conocimiento del ser humano, porque Montalbán es un hábil cirujano que sabe bien donde encajar el bisturí dramático sin emplear ínfimos efectos, que se diluyen al instante, puesto que el dramaturgo elude la banalidad y posee una macerada mirada que desencuaderna lo que nos rodea y afecta, en lo que es una atractiva propuesta más allá de las estéticas conservadoras o comerciales habituales en la escena actual.

En definitiva, los rasgos de estilo de este autor consolidado en la escena valenciana y en estado de gracia son una tendencia a la experimentación formal, un dramatis personae reducido para facilitar la puesta en escena del texto, un gusto por la farsa como género vehicular, unos diálogos concisos que le confieren a la acción dramática un ritmo intenso, un dominio de la carpintería teatral, la sorpresa argumental como recurso intrigante y un final abierto. Quedamos a la espera de poder disfrutar de su próxima obra, una tragicomedia que a buen seguro no dejará indiferente.